Un golpe de mesa necesario para el deporte

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Después de cinco años los Juegos Olímpicos han vuelto a ofrecer su magia. Sin interesarme a un nivel excepcional en otra época del año, esas dos semanas estuve pendiente de todos los deportes que participan en las olimpiadas, desde natación hasta atletismo; pasando por balonmano, gimnasia artística y una lista demasiado extensa como para ponerla por escrito. Como he dicho, en otras ocasiones no suelo seguir estos deportes, pero es que cuando llegan los juegos los disfruto como una niña pequeña.

En las dos semanas de duración se ve un deporte sano, sin rencores, ni malos perdedores. Se ve gratitud, compañerismo e igualdad. Al menos es lo que se ve de la superficie, pero como todos sabemos de un iceberg solo se ve una mínima parte, y yo me pregunto: ¿qué habrá detrás de toda esa gratitud, de toda la magia que desprende el mayor evento deportivo de la historia?

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Los juegos Olímpicos son, para la mayoría de deportes, la meta a alcanzar, la gloria, el éxtasis de la carrera deportiva. Tienen lugar cada cuatro años, tiempo que para los deportistas es una cuenta atrás para ser el más rápido, el más fuerte, el más ágil. Cuatro años preparándose, cuidándose y exigiéndose día tras día, para llegada la hora de la verdad demostrar lo que son capaces de hacer. Cuatro largos años que se resumen, normalmente, en una actuación de menos de un minuto ¿Os imagináis jugaros todo el trabajo de vuestra vida en menos de 60 segundos?

Los deportistas, y aquí me incluyo, estamos acostumbrados a esa presión: el apostar todo a un número y esperar a que salga bien. Obviamente, nada viene del cielo, y los logros y las medallas se cuelgan del cuello de aquellos que no han dejado nada a la suerte y se han asegurado de estar en lo más alto. Sin embargo, hay veces que aun habiendo entrenado, luchado e intentado todo no es suficiente. Lo sabemos, somos conscientes de ello, y por eso la mayoría de las veces llevamos una presión extra. Hablo desde mi experiencia como deportista, pero no puedo ni imaginarme lo que tienen que soportar los deportistas olímpicos.

Ya no es solo la presión que ellos mismos se ponen al querer subir a lo más alto del podio, sino la añadida de su entorno, de sus seguidores y de los medios. Como espectadores nos hemos acostumbrado a ver superar récords mundiales, a excitarnos cuando vemos realizar un salto imposible o disfrutar de la actuación de los velocistas, deseando ser testigos de una proeza deportiva. Se podría llegar a decir que hemos caído en el costumbrismo del éxito y de la exigencia. Hemos llegado al punto que, como en el día a día, demandamos más de lo que podemos afrontar, en este caso, al deporte de élite, exigiendo aún más espectáculo.

Los deportistas lo saben. Son conscientes de la perfección que se les exige. Llevan toda su vida deportiva entrenando para ello. Podría listar a deportistas que lo han hecho, que cada cuatro años superaban las expectativas, llevando el cuerpo humano al límite. Sin embargo, prefiero hablar sobre los que han sabido parar y echarse a un lado. En estos JJ.OO, Simone Biles, la mejor atleta estadounidense (gimnasia artística), dio el golpe en la mesa que el deporte necesitaba. La atleta tras ganar todo lo posible en Río 2016, se retiraba en la final por equipos por su salud mental.

Algunos pensarán que es una decisión débil, sin argumentos y que ella quitó la medalla de oro a Estados Unidos. Sin embargo, creo fervientemente que es una de las decisiones más valientes que se pueden tomar. Estar en boca de todo el mundo, sabiendo que estás en el foco y consciente de que afuera hay miles de personas (o mejor dicho hienas), que están pendientes de todos tus movimientos, y aun así saber decir “no” y echarse a un lado. 

Simone Biles no pudo con la presión externa y tuvo que retirarse para protegerse, ya que su deporte no permite un segundo de duda. A raíz de su decisión, más de un deportista la apoyó e incluso explicaron sus experiencias. La atleta americana no ha sido una excepción, sino que hay muchos atletas con demasiado peso en la espalda.

Exigimos un espectáculo de éxito, sin pararnos a pensar en que detrás del telón hay personas y no superhéroes, que su cuerpo y su mente son igual que los nuestros y que aunque no se rompan récords mundiales ya es una proeza deportiva estar allí. Siempre he pensado que los Juegos Olímpicos tienen su magia. Se ve el deporte sano, pero este año Simone Biles ha dado una lección a todos: hay que saber cuándo parar.

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