Jesús Alonso, el cura de la parroquia Nuestra Señora de Las Rosas habla sobre las misiones que hizo en varios países de Latinoamérica
Desde la verja de metal que rodea a la parroquia se puede ver llegar a Jesús Alonso, el cura, agitado porque tiene misa a las siete y media y el reloj viene marcando las seis y veinte. Tiene una hora para completar la entrevista que ha pactado. El olor a churros se cuela por las ventanas y se mezcla con el aroma de las flores del altar en la pequeña parroquia de Nuestra Señora de Las Rosas en San Blas-Canillejas. Miquel, el otro sacerdote, barre la entrada de la parroquia y Jesús llega directo a la sala de reuniones repleta de libros con el nombre de Jesús puesto en todas partes, como si supieran las contraportadas quién está llegando.
El pasado tres de octubre, Jesús cumplió 30 años de servicio como cura acompañado por su comunidad de las Rosas. Pero su sacerdocio no empezó en Madrid. De los 30 años que lleva ejerciendo, 15 de ellos han sido en misiones en Ecuador, Bolivia y Argentina.
Respuesta: “Yo me ordené con el deseo de ser misionero, iba con esa intención (…) Veía que donde más necesidades había era en ese tipo de sitios, donde era más necesaria de alguna forma anunciar el evangelio, no solamente con palabras si no con gestos, con acciones de servicio”.
Su único acercamiento previo a la ayuda social fue en Madrid, hablando con las personas que consumían drogas en los bancos del parque paraiso. El sentimiento misionero es una apuesta muy generosa porque el coste de oportunidad es muy grande.
R: “Hoy hay también gente que hace eso pero menos de lo que sería necesario. Yo digo siempre que hay mucha gente que se queja de que hay muchos inmigrantes y que parece que es una invasión. O gente que se preocupa de qué personas tienen que arreglar su vida y venir aquí en una patera. Pero muy pocos son los que hay dispuestos a ir ahí, a esos sitios, a ayudar a esa gente y que no tengan que venir para acá”.
El sociólogo madrileño llegó a un pueblo ecuatoriano al oeste de Portoviejo, una provincia muy pobre. Uno de los pueblos más cercanos, Sanalejo, se construyó alrededor de una fosa séptica. En la ciudadela llegaron a vivir tantas personas en sus pequeñas casas de caña que el ayuntamiento decidió quitar la fosa séptica y mandarla a otro lado.
R: “La gente que no tenía dónde vivir, encontró un sitio alrededor de una fosa séptica donde iban los orines, los residuos de la gran ciudad. La gente construía su casita de caña, no tenían para comprar ladrillos. Podías ver a los bichos, a los gusanos, de todo (…) En el centro de esa fosa séptica cuando se secó, nosotros construimos una iglesia.”
Durante la entrevista, la gente entra a la parroquia saludando porque la puerta siempre está abierta. Mientras hablaba sobre sus historias en Ecuador, interrumpía su discurso para saludar a las personas que entraban a la siguiente misa, siempre amable.
En Bolivia Jesús estuvo en la ciudad de El Alto, a 4100 m de altura. La parroquia en la que estaba tenía veinticuatro iglesias, doce en la ciudad del Alto y otras doce en los pueblos de alrededor. Vivió con los indígenas Aymara, aprendió el idioma y vivió con ellos también en comunidad.
Las condiciones en Bolivia eran excepcionales. Producían vegetales en invernaderos sin pesticidas porque los bichos no sobrevivían en tanta altura y criaban cuyes en las granjas de la montaña.
R: “De hecho nosotros organizamos la primera feria de degustación de cuyes. Era espectacular ver a todo un barrio lleno de tiendas para degustar cuyes”, cuenta Jesús entre risas.
La siguiente escala en las misiones fue en un barrio obrero de migrantes en Buenos Aires, Argentina.
R: “Con los jóvenes, igual, que hacían actividades de lo más variadas. Desde vestirse de payaso para visitar a los niños que estaban enfermos hasta campañas de solidaridad con los indígenas, incluso fuimos con ellos a donde vivían y conocimos la realidad tan fuerte de pobreza que estaban viviendo ahí”
En estos barrios se vivió mucha violencia. Recuerda haber sido apuntado con pistolas en la cabeza mientras le robaban.
La constante en estos países era la necesidad de apoyar a los jóvenes, su motor como sacerdote.
R: “Yo creo que los jóvenes son la esperanza de la sociedad. Vosotros tenéis el futuro. A mi poco me queda que hacer pero a vosotros os queda todo y tenéis esperanza, ilusión”.
El retorno a España de Jesús se ve marcado por la necesidad de estar cerca de sus padres ya mayores. Vivió unos años antes en Santa Marta de Tormes, en Salamanca para después instalarse en Madrid, en la parroquia de Nuestras Señora de las Rosas sobre el año 2018, encargándose del proyecto de postcomunión enfocado, como no, a los jóvenes del barrio.
Jesús apostó por la vida del misionero y cuenta que en esta vida fue sumamente feliz a pesar de los obstáculos que le pudieron presentar las misiones. Actualmente, esta devoción se ve muy poco.
R: “Ahora también hay espíritu misionero pero quizás de forma distinta. Yo creo que la diferencia es que en aquel tiempo había jóvenes como yo que con treinta años nos fuimos a vivir ahí y ahora hay jóvenes también pero no tantos que estén dispuestos a hacer eso”.
Asocia estas pocas ganas de entender y de movilizarse con que la sociedad se ha vuelto mucho más cómoda, no podemos vivir sin algunas cosas y la diferencia cultural por ejemplo entre Europa y África se ha hecho mucho más grande.
Jesús hace reflexionar sobre qué le falta a la sociedad para tener el impulso de ayudar al otro. Independientemente de la fé y de las creencias de cada uno, últimamente falta salir de esa comodidad y sentir más empatía.
No hace falta coger el primer vuelo a Ecuador e irse de misión cuatro años para sentir empatía por el otro, a veces solo hace falta sentarse a hablar con gente de tu mismo barrio en el banco de un parque.


