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‘La bola negra’: amar también es luchar

Una película que convierte el amor en resistencia y la memoria en una forma de lucha

Los Javis convierten el amor, la memoria y la libertad en una historia tan íntima como política que deja huella mucho después de salir del cine.

Hay películas que entretienen. Otras que emocionan. Y después están aquellas que consiguen algo mucho más difícil: que uno salga de la sala con la sensación de que necesita hacer algo con todo aquello que acaba de sentir. La bola negra, la nueva película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, pertenece a esta última categoría.

Después de verla, tengo pocas dudas: es la mejor película que he visto este año. Y no lo digo únicamente por la historia que cuenta, sino por la manera en la que está construida. La bola negra es cine en el sentido más amplio de la palabra: una película en la que fotografía, iluminación, escenografía, vestuario, música e interpretación trabajan en la misma dirección para construir algo que va mucho más allá de la suma de sus partes.

La historia parte de una obra inacabada de Federico García Lorca y conecta las vidas de tres hombres en tres épocas diferentes. Tres historias separadas por décadas, pero unidas por algo que permanece: el deseo, la identidad, el miedo a no poder vivir libremente y las consecuencias de aquello que una sociedad decide que debe permanecer oculto.

Y precisamente ahí está uno de los grandes aciertos de la película. La bola negra no necesita explicar constantemente lo que quiere decir. Lo muestra. Lo hace a través de miradas, silencios, gestos y pequeños momentos que terminan teniendo un peso enorme.

Una película que se mira

Es imposible hablar de La bola negra sin detenerse en su apartado visual. La película está rodada en 35 mm y cuenta con Gris Jordana como directora de fotografía y Roger Bellés al frente de la dirección de arte. El resultado es una película extraordinariamente cuidada.

La iluminación tiene una importancia especial porque no se limita a embellecer cada escena. También cuenta. Hay momentos en los que la luz parece proteger a los personajes y otros en los que parece encerrarlos. Los espacios, los colores y las sombras construyen una sensación constante de intimidad, pero también de peligro.

La escenografía consigue algo parecido. Cada época tiene su propia personalidad y, al mismo tiempo, existe una conexión visual entre ellas. La película consigue que el paso de una historia a otra no se sienta como un simple salto temporal, sino como distintas formas de enfrentarse a un mismo conflicto.

Y hay algo especialmente poderoso en comprobar cómo lo que cambia es el mundo que rodea a los personajes, pero no aquello que sienten.

El deseo sigue siendo deseo. El miedo sigue siendo miedo. Y la necesidad de querer y ser querido sigue siendo la misma.

Tres historias para hablar de una misma herida

La estructura de la película podría haber sido uno de sus mayores riesgos. Tres hombres, tres épocas y tres historias conectadas por una obra inacabada de Lorca. Sin embargo, los Javis consiguen que esa estructura tenga sentido porque no utilizan las diferentes épocas como un simple recurso narrativo. Las utilizan para hablar de la memoria.

Para mostrar cómo determinadas heridas pueden atravesar generaciones y cómo aquello que una persona no pudo vivir puede terminar condicionando la vida de quienes vienen después.

La presencia de Lorca tampoco funciona como un simple homenaje. Su obra inacabada sirve como punto de partida para hablar de aquello que queda pendiente. De las historias que no pudieron contarse. De las vidas que tuvieron que esconderse. De los amores que no pudieron vivirse como deberían.

Y quizá esa sea una de las ideas que más fuerza tienen en la película: qué ocurre cuando una vida se construye alrededor de todo aquello que no se ha podido decir.

Porque hay cosas que no desaparecen por el simple hecho de silenciarlas. Permanecen en la memoria, en las familias, en los gestos y en las decisiones de quienes vienen después. A veces, incluso, permanecen en forma de preguntas que nadie se atreve a formular.

El reparto: cuando los personajes dejan de parecer personajes

Otro de los grandes motivos por los que La bola negra funciona es su reparto.

Guitarricadelafuente debuta como actor y comparte película con intérpretes como Miguel Bernardeau, Carlos González, Milo Quifes, Lola Dueñas, Penélope Cruz y Glenn Close, además de un amplio reparto secundario.

Pero más allá de los nombres, lo importante es lo que ocurre delante de la cámara.

Hay interpretaciones en las que uno puede llegar a notar al actor detrás del personaje. Aquí, en cambio, hay momentos en los que esa distancia desaparece. Las miradas, los silencios y las conversaciones adquieren una naturalidad que hace que el espectador deje de observar una película para empezar a acompañar a sus personajes.

Hay que destacar los momentos en los que los personajes no necesitan decir aquello que están sintiendo. Una mirada puede contener una historia entera. Un gesto puede explicar años de miedo. Un silencio puede ser más doloroso que cualquier diálogo.

Y eso es algo que la película entiende muy bien: no todo tiene que decirse para que pueda sentirse.

Sebastian y Rafael juntan sus frentes en una escena emotiva.
Sebastián y Rafael en una escena emotiva/ Fuente: Diario AS

Una película política sin necesidad de ser un panfleto

Quizá uno de los aspectos que más me han impactado de La bola negra es su capacidad para hablar del presente sin necesidad de convertir la película en un discurso político.

Vivimos en un momento en el que los derechos LGTBIQ+ vuelven a formar parte del debate político y social. El auge de discursos de extrema derecha y las discusiones sobre la memoria, la identidad y las libertades individuales hacen que una historia como esta tenga una relevancia que va mucho más allá de la pantalla.

Pero La bola negra no necesita señalar con el dedo al espectador. Simplemente recuerda. Recuerda que hubo personas que tuvieron que esconderse. Que hubo personas que no pudieron vivir su sexualidad libremente. Que hubo amores que tuvieron que desarrollarse en secreto. Y que muchos de los derechos que hoy consideramos evidentes son el resultado de luchas que no ocurrieron hace tanto tiempo.

Por eso resulta tan importante que una película así llegue al cine precisamente ahora. No porque haya que utilizar el cine para dar lecciones políticas, sino porque el cine también sirve para recordar aquello que no deberíamos permitirnos olvidar.

Y hay una frase atribuida a La bola negra que resume de una manera especialmente dolorosa esta idea: «Este país tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos».

Hay frases que duelen por lo que dicen y otras que duelen por todo lo que esconden. Esta pertenece a las dos categorías. Porque esas historias de amor enterradas no representan solamente a quienes no pudieron vivir libremente su sexualidad, sino también a todas aquellas personas que tuvieron que renunciar a una parte de sí mismas para sobrevivir en una sociedad que no estaba preparada para aceptarlas.

Son los amores que no pudieron hacerse públicos, las parejas que tuvieron que fingir ser otra cosa, las vidas que se construyeron sobre el silencio y las personas que se marcharon sin poder contar quiénes eran realmente ni a quién habían querido.

Y lo más doloroso es pensar que, cuando una historia de amor tiene que permanecer oculta, no solo se les arrebata algo a quienes la viven. También se les arrebata a quienes vienen después la posibilidad de conocerla. Porque aquello que no se cuenta corre el riesgo de desaparecer, como si nunca hubiera existido.

Por eso la frase tiene tanta fuerza: entierra el amor y, con él, una parte de la memoria de quienes fuimos.

Y quizá ahí esté una de las ideas más importantes de la película. Recordar estas historias no es únicamente mirar al pasado con tristeza. Es devolverles el lugar que merecen y comprender que ninguna persona debería tener que esconder a quién ama para poder vivir en paz.

Porque una sociedad también se construye con las historias que decide contar y con aquellas que prefiere olvidar. Y recuperar las que fueron silenciadas es una forma de justicia, pero también una manera de evitar que vuelvan a repetirse.

Salir del cine con ganas de amar

Pero, sobre todo, es una película sobre el amor. Sobre querer a alguien incluso cuando hacerlo puede tener consecuencias. Sobre el deseo de vivir una vida propia. Sobre la necesidad de encontrar a alguien con quien poder ser uno mismo sin miedo.

Y después de pensar en todas esas historias de amor enterradas, hay algo que adquiere todavía más significado: el amor no debería necesitar valentía para existir, aunque durante demasiado tiempo haya habido personas que hayan tenido que ser valientes simplemente para poder amar.

Quizá sea precisamente eso lo que hace que la película resulte tan conmovedora. Que nos obliga a pensar en el amor no como algo que damos por hecho, sino como algo que durante generaciones ha tenido que conquistarse. Algo tan íntimo y tan cotidiano como querer a otra persona ha podido convertirse, para muchos, en un riesgo, una renuncia o incluso una condena.

Y, sin embargo, el amor sigue ahí.

Sobrevive a los silencios, a los prejuicios, al miedo y al paso del tiempo. Sobrevive incluso cuando quienes lo sintieron ya no están para contarlo. Y quizá por eso necesitamos tanto historias como esta: porque nos recuerdan que detrás de cada lucha por los derechos y las libertades hay algo profundamente humano. Personas que solo querían vivir, querer y ser queridas.

Y lo más bonito es que, pese a todo el dolor que atraviesa la historia, la película no termina instalada en la desesperanza. Hace algo mucho más difícil. Te devuelve las ganas. Ganas de querer. Ganas de vivir. Ganas de decir lo que sentimos. Ganas de defender aquello que consideramos justo.

Porque si hay algo que La bola negra parece recordarnos es que no basta con lamentar los amores que no pudieron vivirse. También tenemos la responsabilidad de defender que los que existen hoy puedan hacerlo libremente. Que nadie tenga que volver a esconderse. Que ninguna persona sienta que su manera de amar es algo que deba justificar.

Hay películas que te hacen llorar y después desaparecen cuando sales del cine. La bola negra consigue que sus emociones te acompañen hasta la calle. Sales en silencio pensando en sus personajes, en sus historias y en todo aquello que todavía queda por conquistar.

Y, sobre todo, sales con una sensación difícil de explicar: quieres amar y quieres luchar.

Quizá ese sea el mayor triunfo de la película de Javier Calvo y Javier Ambrossi. No solo contar una historia sobre personas que lucharon por poder amar libremente, sino conseguir que quienes la vemos recordemos por qué merece la pena seguir haciéndolo.

Porque recordar a quienes no pudieron vivir su amor también es una forma de darles voz. Porque cada historia recuperada impide que el silencio tenga la última palabra. Y porque, frente a todas esas vidas que tuvieron que construirse a escondidas, poder querer a alguien sin miedo sigue siendo una de las formas más sencillas y más importantes de libertad.

Quizá no podamos cambiar lo que tuvieron que vivir quienes vinieron antes. Pero sí podemos decidir qué hacemos con su memoria. Podemos escuchar sus historias, reconocer su dolor y defender un presente en el que nadie tenga que renunciar a quien es para ser aceptado.

Y, sobre todo, podemos entender que el amor nunca debería ser una historia que alguien tenga que enterrar.

La bola negra no es solo una película que merece ser vista.

Es una película que merece ser sentida.

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