Llegó con prisa. La ropa ancha y el pelo alborotado, apretando con fuerza el móvil en la mano. Atravesó el vestíbulo del cine sin mirar la cartelera, sabiendo con exactitud hacia dónde iba. Casi llega tarde. La sala ya estaba completamente a oscuras cuando subió hasta la última fila, murmurando disculpas, obligando a levantarse de sus asientos a una pareja de personas mayores y a un chico solitario hasta alcanzar su butaca. Se acomodó dejando atrás la velocidad de la calle y las luces de la pantalla iluminaron la sala 1 del Cine Paz. Entonces dejó de tener prisa. Era la segunda vez en una semana; un intervalo muy corto para haber olvidado nada, pero suficiente para volver a una historia que ya conocía. Esta joven no veía una película en 35 mm, veía un reflejo.
La primera vez, La bola negra entra por los ojos como un golpe seco. Como si de acero se tratase. El arranque es un impacto directo: la tranquilidad de un pequeño pueblo, el ataque de los italianos, humo, un caballo, un músico obligado a convertirse en soldado trepando desesperado los escombros y ayudándose de la escultura de San Sebastián. Figura con la que comparte nombre y que no deja indiferente a nadie.

Es el año 1937, y en ese hospital militar Sebastián custodia el cuerpo y el secreto de Rafael. De la misma manera, la película muestra las dos aristas faltantes de la historia: Carlos en 1932 sufriendo el rechazo de la élite del Casino mediante el voto en el que la mayoría saca bola negra, y el presente de 2017. Cuatro protagonistas, cuatro maneras distintas de vivir el deseo, el miedo, la memoria y la identidad. Una oda a la vida, transmitiendo valentía en un intento de marcharnos de este mundo con la conciencia tranquila, de sentir que el tiempo nos pertenece.
El espectador primerizo se queda ahí: la emoción, la calidad de la imagen, la trama, el magnetismo de la escena del baile de Carlos. Pero la misma película te exige volver, volver al mismo plano, a las mismas historias. Es como un espejo. Sin la urgencia de un desenlace, cada elemento escénico contiene más de un mensaje. Los silencios cobran un sentido diferente. Un segundo visionado no convierte la experiencia en algo totalmente distinto, sino que muestra que las horas no nos pertenecen si no aprendemos a mirar el detalle en cada parpadeo. Quien mira dos veces, sucumbe a la trama del tiempo.
En esa segunda mirada, las frases recuperadas en la libreta golpean con la precisión de un bisturí. “Este país tiene muchas historias de amor enterradas en los campos. Hay que arañar la tierra para que salgan a la luz”, dice un Loca fácil de reconocer y que llega a todos los rincones de la sala. La película avanza hacia la nieve, esa nieve densa y también simbólica que evoca las palabras que Federico García Lorca dejó escritas: “los esquiadores, la nieve”. No es solo el texto inacabado del poeta y la investigación teatral de Alberto Conejero. Todo se tiñe de un blanco fúnebre mientras Penélope Cruz seduce desde la pantalla y la canción del artista nos acerca al poema El amor duerme en el pecho del poeta.
“El travestismo es la fantasía de la posibilidad; la guerra todo lo contrario”. También queda el rastro de los que estuvieron, en un intento de alentar tranquilidad: “No voy a desaparecer del todo. Nadie desaparece del todo”. De la misma manera, queda el reproche del que siente que nunca ha vivido porque las horas no le han pertenecido. Salvar unos escritos puede salvar a muchas personas, a los más chiquitos como dice Lorca frente a un hombre que le admira; “a que no acaben como tú y como yo”.

No hay luego, es ahora. “A mi me da igual lo que seas Carlos. Si te quieres enamorar de un cocodrilo, te enamoras”, se escucha en un intento de susurrar libertad. Hay que vivir siempre. La bola negra trata de lo que nos perdemos si no nos dejamos ser, nos perdemos la vida. Por eso hay que sentarse de nuevo frente a la pantalla.


