El hombre que engañó a Hitler y cambió el destino del Día D
Joan Pujol García pasó a la historia como uno de los espías más importantes de la Segunda Guerra Mundial. El 6 de junio de 1944, mientras 200.000 soldados aliados desembarcaban en las playas de Normandía, el Alto Mando alemán seguía convencido de algo que no era cierto: que aquello era una maniobra de distracción y que el verdadero ataque llegaría después, por el Paso de Calais. Esa convicción, que retrasó la respuesta defensiva nazi en las horas más decisivas de la guerra, no fue fruto del azar. Detrás de ella había un único hombre, sin formación militar, sin medios técnicos y sin apenas dinero propio: un catalán llamado Joan Pujol García.
Joan Pujol García: de granjero de gallinas a enemigo del totalitarismo
Pujol nació en Barcelona en 1912, en el seno de una familia acomodada de ideas liberales. Nada en su juventud anticipaba lo que estaba por venir: estudió avicultura, pasó por el servicio militar sin entusiasmo y, al estallar la Guerra Civil en 1936, hizo todo lo posible por no combatir. Se escondió, fue detenido, escapó y terminó siendo reclutado a la fuerza, primero por el bando republicano y más tarde por el franquista, sin llegar a disparar un solo tiro en ningún frente.

Esa experiencia, lejos de ser anecdótica, resultó determinante. Pujol salió de la contienda con un rechazo profundo hacia cualquier forma de totalitarismo, tanto el fascista como el comunista. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, esa convicción se transformó en una idea fija: tenía que hacer algo, según sus propias palabras, «por el bien de la humanidad». Y decidió que ese algo pasaba por espiar contra la Alemania nazi a favor de Gran Bretaña.
Tres rechazos y una idea audaz
El problema fue que nadie quería contar con él. En 1941, Pujol intentó ofrecerse como agente a la inteligencia británica en Madrid y Lisboa hasta en tres ocasiones, y las tres veces fue ignorado. No tenía contactos, ni formación, ni nada que demostrara su valía a ojos de unos servicios secretos que recibían decenas de ofrecimientos similares cada semana.
Lejos de rendirse, Pujol decidió cambiar de estrategia: si los británicos no lo querían, se presentaría directamente ante los alemanes como un fanático simpatizante nazi dispuesto a espiar para el Führer desde Londres. Consiguió un pasaporte falso y, valiéndose de una guía turística, un diccionario de términos militares y mapas comprados en librerías de Lisboa, construyó la ficción de que viajaba e informaba desde territorio británico. En realidad, nunca salió de Portugal. La Abwehr, el servicio de inteligencia alemán, mordió el anzuelo: le entregó dinero, claves de radio secretas y la misión de montar una red de espionaje en Inglaterra.
Una red de agentes que solo existían en su imaginación
Durante meses, Pujol alimentó a los alemanes con informes inventados sobre movimientos de tropas y barcos, extraídos de noticiarios de cine y publicaciones que encontraba en bibliotecas. La argucia funcionó tan bien que terminó convirtiéndose en la vía de entrada que necesitaba ante los propios británicos: en 1942, gracias a la intervención de su mujer, Araceli González, ante la embajada estadounidense, el MI5 comprendió el potencial de aquel espía improvisado y lo reclutó. Le pusieron un nombre en clave que resumía su talento: Garbo, en honor a la actriz Greta Garbo, porque sus superiores lo consideraban «el mejor actor del mundo».
Con el respaldo británico y bajo la tutela de su oficial de control, Thomas Harris, la red ficticia de Pujol creció hasta sumar 27 agentes que nunca existieron, repartidos por toda Gran Bretaña, cada uno con su propia biografía, motivaciones y estilo de redacción. Los alemanes pagaban religiosamente por mantener aquel entramado, sin sospechar que financiaban con su propio dinero el engaño que terminaría volviéndose en su contra.
Joan Pujol García y la Operación Fortitude
El verdadero examen de Garbo llegó con la preparación del desembarco de Normandía. Como parte de la Operación Fortitude, el plan aliado para ocultar el lugar real de la invasión, Pujol y su falsa red bombardearon a la Abwehr con informes que apuntaban insistentemente hacia el Paso de Calais como objetivo principal. Entre enero de 1944 y el Día D, llegó a enviar más de 500 mensajes de radio para sostener esa mentira a gran escala, en paralelo a otros elementos del engaño como los ejércitos falsos y los tanques inflables que los aviones de reconocimiento alemanes fotografiaban desde el aire.
El resultado superó cualquier expectativa. Cuando las tropas aliadas ya estaban desembarcando en las playas normandas, el Alto Mando alemán seguía convencido de que aquello era solo una distracción y mantuvo divisiones acorazadas e infantería retenidas en Calais, esperando un ataque que nunca llegaría. Para cuando Hitler comprendió el engaño, los aliados ya habían consolidado la cabeza de playa. Aquellas horas de indecisión, ganadas gracias a la credibilidad construida por un catalán desde una mesa en Lisboa, resultaron determinantes para que el desembarco se convirtiera en un éxito y no en una masacre.
El espía condecorado por los dos bandos
La historia de Pujol guarda una ironía final que pocos espías pueden presumir: se convirtió en la única persona de toda la Segunda Guerra Mundial condecorada por ambos bandos enfrentados. Los británicos lo nombraron Miembro de la Orden del Imperio Británico (MBE), mientras que los alemanes, sin saber que llevaban meses financiando a un agente doble, le concedieron la Cruz de Hierro por sus «servicios extraordinarios» al Reich.
Terminada la guerra, Pujol temió represalias y, con la ayuda del MI5, simuló su propia muerte por malaria en Angola. Vivió en el anonimato en Venezuela durante más de tres décadas, hasta que en 1984 el escritor e historiador Nigel West lo localizó con vida y ayudó a sacar a la luz su historia. Pujol regresó entonces a Inglaterra, donde fue recibido con honores, y pudo reencontrarse con los hijos de su primer matrimonio, que durante años lo habían creído muerto. Falleció en Caracas en 1988.
Una historia que merece más memoria
Pese a que algunos historiadores consideran que su labor de inteligencia fue tan decisiva como el desciframiento de la máquina Enigma a la hora de inclinar la balanza de la guerra, Joan Pujol sigue siendo un desconocido para la mayoría. Quizás porque su arma no fue la fuerza ni la tecnología, sino la imaginación; quizás porque España, ajena oficialmente al conflicto, nunca lo reivindicó como héroe propio. Sea como sea, su historia demuestra que, a veces, el destino de continentes enteros puede depender de la astucia de un solo hombre dispuesto a engañar a quien fuera necesario por una causa en la que creía.


