Las plantas recuerdan, aprenden y usan a los insectos para su propio beneficio
A pesar de que las plantas han demostrado una y otra vez ser de gran utilidad para la humanidad, muchas veces son menospreciadas. Comparadas con el reino animal, lleno de especies que corren y luchan, alguno podría creer que las plantas carecen de inteligencia y son aburridas. Nada más lejos de la realidad, las plantas son seres llenos de astucia y muy fascinantes.
Forman más del 99% de la vida en la Tierra y las primeras terrestres aparecieron en el Ordovícico medio, hace unos 485 millones de años. Muy tontas no pueden ser si se convirtieron en las conquistadoras por excelencia del medio terrestre y han sobrevivido hasta ahora. Que no tengan un sistema nervioso como tal no significa que carezcan de la capacidad de transmitir y procesar señales eléctricas. De hecho, se ha demostrado que las plantas pueden aprender, tener memoria y comunicarse.
Un ejemplo de esto es Dionaea muscipula, comúnmente conocida como venus atrapamoscas. Esta es una planta carnívora capaz de atrapar insectos o arañas cuando los nutrientes del suelo escasean. La trampa se encuentra al final de las hojas, formada por dos lóbulos que constan de tricomas (pelos sensoriales) en el interior y unos «dientes» que permiten un cierre hermético de la hoja en los bordes.

Como buena cazadora, es capaz de atraer a su presa. Cuando está hambrienta, desarrolla trampas con un color rojo intenso en el interior y emite compuestos orgánicos volátiles al medio. Estos compuestos tienen el aroma típico de frutos y flores de otras plantas, lo cual llama a muchos insectos pensando que encontrarán néctar o alguna otra recompensa.
¿Cómo sabe la planta cuándo debe cerrarse?
Cuando un insecto se posa en la trampa, al moverse se choca con alguno de los tricomas, lo estimula y estos generan una señal eléctrica que actúa como un potencial de acción. Si otro tricoma no es estimulado en menos de 20 segundos, la trampa no se cierra. La venus atrapamoscas tiene la habilidad de acumular pequeños cambios en el voltaje de su membrana celular por debajo del umbral, hasta que este es alcanzado y se dispara el potencial de acción cerrando la trampa. La acumulación de los estímulos demuestra que tiene una memoria a corto plazo.
Se necesita mucha energía para cerrar la trampa. Con este mecanismo, evita malgastarla al no cerrarse ante estímulos como la lluvia u objetos inanimados.
Pero esto no termina aquí. Otra planta excepcionalmente inteligente es la Mimosa pudica, originaria de la selva tropical de América y perteneciente a la familia de las leguminosas. Ha llegado a ganarse fama de dormilona debido a que cierra sus hojas por la noche y ante ciertos estímulos como el roce, ruidos fuerte o desplazamientos.

Mónica Gagliano, una investigadora italiana, se propuso realizar un experimento para esclarecer si la Mimosa pudica era capaz de aprender y habituarse. El experimento era muy sencillo: consistía en dejar caer a una Mimosa desde una altura de 15 centímetros e ir viendo la evolución de su reacción. Para esto, construyeron una estructura con raíles que controlara la caída.

En las primeras tiradas, la Mimosa cerraba sus hojas debido a la perturbación, pero después de cuatro o seis caídas, la planta dejaba de cerrar las hojas. ¿Había aprendido que ese estímulo no era dañino y no necesitaba cerrar sus hojas? ¿O se estaba fatigando?
Para descartar que pudiera ser por fatiga, sometían a la planta a un nuevo estímulo, la agitaban y… ¡Sorpresa! Cerraba sus hojas. La Mimosa no estaba fatigada; de haberlo estado, no habría podido responder ante ese nuevo estímulo.
Justo después de ser sacudida, la Mimosa era tirada de nuevo y, como en las anteriores veces, no cerraba sus hojas. Era capaz de reconocer y recordar el anterior estímulo y diferenciarlo del nuevo (ser agitada), el cual podría ser dañino.
¿Y cuánto tiempo dura esta memoria?
Para averiguarlo, iban dejando caer regularmente a las Mimosas ya adaptadas para comprobar si seguían recordando que el estímulo era inofensivo. Los resultados fueron sorprendentes: la planta era capaz de recordarlo durante más de 40 días.
Seguramente, en algún momento de vuestra vida os habréis preguntado cómo es posible que una planta se defienda de sus depredadores si no pueden salir corriendo. Pues bien, algunas acacias se han agenciado con un ejército de hormigas que le hagan el trabajo sucio y las protejan.
La Acacia drepanolobium tiene una relación muy especial con la hormiga Crematogaster mimosae. El árbol le ofrece néctar y refugio dentro de sus grandes espinas que están huecas y, a cambio, la hormiga le protege de otros herbívoros, desde insectos a jirafas, o incluso otras plantas como las enredaderas. Esto es lo que se conoce como una relación simbiótica, pues ambos se benefician de la interacción.

Sin embargo, la relación con estas hormigas no siempre fue así de bonita. Científicos de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos descubrieron que las hormigas al principio depredaban a la Acacia. En cambio, la planta, en vez de combatirlas, optó por una evolución más amigable para tenerlas como aliadas. Todavía es un misterio si fue la acción de las hormigas la que dio lugar al desarrollo de las espinas bulbosas o si fueron estas espinas las que, en un principio, atrajeron a las hormigas.
Esto es apenas la punta del iceberg: todo el reino vegetal está repleto de ejemplos que demuestran inteligencia. Recuerdan, aprenden y usan a insectos para su propio beneficio. Entonces, la pregunta sería: ¿qué no pueden hacer?


