Versos para los que se rinden,
para los enamorados y los salvajes,
para los que vagan solos y sufren en silencio.

El mar náufrago ¡Ay marinero!, acariciabas mi espalda con tu barco de vela imperturbable, sobreviviste a las mil tempestades de mi frágil juventud y volviste a navegar profundo en mis aguas sin temor al desastre. Las líneas que dibujaste en mi cuerpo son ahora islas a la deriva, y en ellas las olas rompen contra peñascos afilados, grandes por tu ausencia y desamparo. Tras de ti dejaste una estela verdosa y en ella los barcos navegan sin perderse. Para mi son como cadenas celestes que amarran mi voluntad anchurosa. ¡Ay marinero!, mi voluntad siempre fue contigo, Allí donde el océano se elevaba hacia el cielo y tras las nubes se hallaba el futuro que más anhelo. ¡Ay marinero!, que difícil fue dejarte… al abrigo de la soledad y el desconsuelo.
Insólitos recuerdos Un día vi una mariposa volando en el metro, se posó en mi hombro y dijo: Recuerda que fuiste el primero, aquel diminuto hogar donde hacíamos vida entre la comisura de tus labios y mi nariz. Y mi hombro recordó lo que era abrazar mientras no tenía a nadie con quien hacerlo. Otro día vi una mariposa volando en el metro, se posó en mi frente y dijo: ¿Recuerdas aquellos besos, esos que ahogaban tus locuras y hacían realidad las mías? Y mi frente recordó lo que era volverse loco cuando no tenía a nadie con quien hacerlo. Volví a ver una mariposa volando en el metro, se posó en mi pecho y dijo: : ¿Me recuerdas? Soy aquel pinchazo que te inflamaba hasta llegar al cielo, y ese bálsamo que te derrotaba hasta quedarte dormido. y mi pecho recordó lo que era sufrir cuando no tenía a nadie con quien hacerlo.
El viaje perfecto He ido dando tumbos por el recuerdo de un amor pasado. Uno que olía a flor de lis y que sabía amargo. Me enseñó a volver a ser un niño, a deslizarme en el tiempo sin pedir permiso y a corretear por los sueños sin rimas ni versos. Fue en aquella playa rosada y en esa cala cenicienta como la luna, donde me enseñó el valor de un beso, de un te quiero sin precio, y el para siempre más imposible, y sin duda, el más cierto.
Animales nocturnos Luna vieja y enferma que derramas tu brillo tembloroso en la noche. Reclamaste de nuestro cuerpo tu credo y el sacrificio más impío, y mis ojos invidentes comenzaron a seguirte embrujados. Anduvimos por el bosque estridulando tu canción taciturna y tu voz embaucadora maldecía nuestros huesos transformándose. Dejábamos de ser humanos para volvernos animales. Entre los árboles la hierba seca jadeaba y dos figuras alargadas se retorcían en espirales de humo. Se devoraron con sus dientes y rasgaron la carne con sus garras. Escuchamos el quejido de su piel maldita y la expiación de su alma. El alba asoma y crece en un ambiente polvoriento. La luz aqueja nuestros ojos sangrientos y la pena vuelve. Aquella a la rezamos esta noche más vacía que la muerte.
Déjà vu Te siento a mi lado al caminar, tu voz transparente y tu piel de aurora. Contemplo las huellas que vas dejando, son pequeñas lucecitas que se encienden como farolas. Nuestra cama aquí deshecha muestra tu silueta desdibujada, porque allí estábamos presentes, en el reino más olvidado, que como Psique y Cupido por la noche se enamoraron Te siento a mi lado al caminar, tu presencia espectral y el futuro que más anhelo. Querría vivir toda esa vida de ensueño y que al morir si no te encuentro, vivir despierto no quiero.
Marcos Domínguez Oliveros


