Los Fitzgerald, de la fama al desamparo

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La apasionante pareja literaria conoció el desenfreno y el éxito. No obstante, años después, sus personalidades les pasarían factura

Nick Carraway nos narra la vida de Daisy Buchanan, Jay Gatsby, Tom Buchanan, Jordan Baker… y la suya propia en la obra más conocida de Scott Fitzgerald: El Gran Gatsby (1925). Desde sus ojos, el norteamericano refleja la sociedad de los Felices Años 20, periodo de bonanza económica en el que todo lujo parecía ser posible. No obstante, el escritor no necesitó imaginar una historia para representar la efervescencia de la prosperidad, la fama y el amor; pues basta con el relato de su vida y cómo su esplendor se derrumbó con la misma celeridad que la economía bursátil estadounidense. En el libro de su vida, Scott Fitzgerald contó con una grande coautora: su mujer, Zelda Fitzgerald. Ambos pasaron a la historia como una pareja icónica de la literatura, cuyo final fue incluso más amargo que el que el propio Scott le dio a Jay Gatsby en la ficción.

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La pareja se conoció mientras Scott estaba en el ejército. Zelda Sayre era la estrella que más brillaba en la juventud de Montgomery, y Scott quedó absolutamente prendido de ella. Pero Zelda era una mujer de objetivos claros, y su amor por Scott no superó su amor por lo material. Por ello, rompió su primer compromiso con el escritor ante la sospecha de falta de dinero en sus bolsillos. Fitzgerald, decidido a no rendirse, continuó escribiendo hasta la llegada (insospechada, dados sus fracasos previos) del éxito: el triunfo de A este lado del paraíso (1920) restauró la relación.

No obstante, ya antes del matrimonio, sombras agoreras se cernían sobre ellos. El propio Hemingway consideraba a Zelda una mala influencia, una instigadora del desenfreno incansable, la mejor clienta de cualquier celebración. Tal vez no fuera un pronóstico desacertado, pues era en aquellas celebraciones donde Scott frecuentaba a su peor enemigo: el alcohol.

Recién casados, Scott y Zelda se convirtieron en el paradigma del American dream, pasando a ser ambos unas auténticas celebridades en el mundo de los excesos. Era el lugar idóneo para Scott, coronado portavoz de la Generación Perdida, integrada por otros escritores como el propio Hemingway, John Dos Passos, William Faulkner… También era un lugar idóneo para Zelda, que había crecido bien acostumbrada, incluso consentida. Además, comenzó a apreciarse en ella cierta vena artística, la cual exploraba y desarrollaba en lo literario, en la pintura, y, posteriormente, en la danza.

El idilio de la noche, la fiesta y la prosperidad de la clase alta se vieron reflejados en el célebre Gran Gatsby. Gatsby, rico gracias al mercado negro, organizaba eventos a los que todos anhelaban ser invitados. Un paralelismo se sostiene entre vida y obra. Al igual que su personaje, Fitzgerald decidió entregar gran parte de su dinero a la vida de celebrity por una mujer. Gatsby celebraba con la esperanza de cruzarse a su amada Daisy. Mientras, Scott encontraba en pagar los caprichos de Zelda la única forma de verla completamente feliz.

Cuando en 1921 llegó su primera y única hija, ambos se habían consolidado como el arquetipo del matrimonio americano feliz. Pero tras las fotografías y testimonios públicos, subyacen las discusiones y los celos entre ellos. Una gran tormenta se avecinaba. Lejos de consagrar su tiempo a su hija, contrataron canguros que relevaran los papeles del hogar que ambos se negaban a hacer. Scott, considerado un escritor respetable, se dedicaba a su oficio con frecuencia, dejando a su mujer en un plano totalmente secundario. Zelda, que adoraba estar en el centro de las miradas, no se detuvo por ello: se dedicó concienzudamente a la danza y a otras tantas actividades, sufragadas por su marido. Así, el matrimonio de artistas comenzaba a ver sus primeras grietas. Mientras Scott se cernía sobre el abismo del alcoholismo, Zelda mostraba síntomas de su incipiente esquizofrenia.

Zelda Fitzgerald | Fuente: The Scott & Zelda Fitzgerald Museum
Zelda | Fuente: The Scott & Zelda Fitzgerald Museum

Al igual que sucede con los protagonistas del Gran Gatsby, la historia de Scott y Zelda destapa la tragedia bajo la vida de clase alta acaudalada, y las consecuencias del culto al dinero y a los placeres. En 1930, cuando la depresión económica de Estados Unidos tomó el relevo a la bonanza, el matrimonio Fitzgerald se encaminaba hacia el fracaso de manera más decisiva.

Tras el Crack del 29, en las calles reinaba la pobreza, las empresas caían y parecía desmoronarse todo pilar económico que había sustentado a América. En el hogar de los Fitzgerald, una mujer decide invertir obsesivamente ocho horas diarias en ballet y escribir algunos relatos (aceptados por la crítica como relativamente buenos). Un hombre discrepa, infravalorando su obra y achacando su fama a su vida de celebridades, no al talento de Zelda. La mujer es ingresada una temporada por esquizofrenia. El hombre sufre sus primeras hemorragias causadas por el exceso de alcohol.

Pronto, Zelda tuvo que internarse a largo plazo en un psiquiátrico y Scott quedó desamparado económicamente, teniendo que recurrir a Hollywood y los guiones para recuperar su capacidad adquisitiva anterior. Fue en este periodo donde la intensidad literaria de la pareja colisionó. Mientras estaba internada, Zelda escribió Resérvame un vals, una obra parcialmente autobiográfica. La primera crítica que recibe proviene de su propio marido. Scott llevaba un tiempo trabajando en un proyecto de un carácter similar, e inmediatamente obligó a su mujer a hacer ciertas correcciones y omitir determinados pasajes. Sugirió que la obra de Zelda llegaba a copiar fragmentos de la suya propia. Finalmente, el proyecto de él llega a término en 1934. Suave es la noche comparte dos características con Resérvame un vals: el tono autobiográfico, y una devastadora carencia de éxito.

Estando Zelda internada y él en Hollywood, Scott comenzó una relación con Sheila Graham, una famosa columnista. Vivió unos años con ella, pero el alcohol marcó para él un fin temprano. A los 44 años de edad, murió de un infarto. Zelda falleció ocho años después, cuando el psiquiátrico donde residía se incendió. Posteriormente, el matrimonio ha aparecido retratado en Midnight in Paris (2011) de Woody Allen. El Gran Gatsby se ha llevado a la gran pantalla en varias ocasiones, junto a otras obras de Fitzgerald, como El extraño caso de Benjamin Button (1922). Además, la vida de Zelda inspiró el cómic Superzelda (2011). Su obra, Resérvame un vals, ha ido obteniendo mejores críticas y una buena consideración con el paso del tiempo.

Actualmente Zelda es reivindicada por algunas feministas como una figura femenina icónica, una mujer que buscó la libertad y el escape a los yugos y convencionalismos sociales. Hemingway y otros amigos de él, siempre consideraron a Zelda la causante de la desgracia y perdición de Scott; mientras que hoy en día somos conscientes de que Zelda vivía en un menosprecio constante, edificado en primer y último lugar por su propio marido. Si bien en ocasiones Scott pudo acercarse más al genuino Gatsby, en otras encarnó al prototipo del machismo, Tom Buchanan, que no hacía sino limitar y controlar a su mujer. Así, Zelda estuvo sometida como Daisy, guiada por su papel de niña bonita de Montgomery; salvo en leves ocasiones, en las que pudo disfrutar el lujo y el placer como Gatsby.

Zelda Fitzgerald junto a su esposo y su hija Scottie.
Zelda Fitzgerald junto a su esposo y su hija Scottie. | Fuente: Nuria Luis (El País)

En todo caso, el matrimonio Fitzgerald narra la historia de unas expectativas y aspiraciones que, por dejar de lado lo más básico (el respeto entre ellos y el respeto a sí mismos), quedaron inconclusas, condenadas, fallidas. Junto a Gatsby, abarcaron en sus mentes un universo de oro que solo duró mientras fingían felicidad. Así, siguieron avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado.

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