La artista argentina cerró su gira española con un show arrollador: 28 canciones, tres cambios de look y un público que convirtió La Riviera en una fiesta colectiva
A estas alturas, Lali Espósito no necesita presentación, aunque su recorrido merece recordarse. De aquella chica que creció frente a las cámaras en Casi Ángeles a la mujer que hoy arrastra multitudes por Europa y América Latina.
Su historia es la de una artista que nunca dejó de moverse, ni en el escenario ni en la vida. Nació en Buenos Aires en 1991, y creció destacando tanto en la interpretación como en la música. Pero su salto al pop fue más que una transición: fue una reinvención.
En 2013 lanzó su primer álbum, A Bailar, que la colocó en la escena como una figura juvenil, explosiva, carismática. Le siguieron Soy (2016), Brava (2018), Libra (2020) y LALI (2023), con los que consolidó un sonido propio entre el pop, lo urbano y la electrónica.
Su último trabajo, No Vayas a Atender Cuando el Demonio Llama (2025), marca un punto de inflexión: un disco más oscuro, más audaz, donde se mezclan guitarras, sintetizadores y letras que hablan de deseo, contradicción y poder.
Lali ya no es la estrella adolescente que todos conocieron, sino una artista total, con discurso, dirección artística y una identidad clara. Y esa nueva versión de Lali fue la que se plantó este lunes en La Riviera, en el cierre de su gira por España, y lo que allí sucedió fue más que un concierto: fue una consagración.
El estallido inicial
A las nueve en punto, las luces se apagaron. Un murmullo recorrió la sala, el beat empezó a sonar y el grito colectivo rompió el silencio.
Ahí fue cuando apareció Lali sobre el escenario. Vestida de negro, con un gran sombrero y rodeada de bailarines. Fue ahí interpretando Lokura, cuando todo empezó.
Desde el primer segundo, la conexión fue eléctrica. La Riviera, con su estructura semicircular y su techo bajo, retumbó.
En los primeros quince minutos, Lali encadenó Sexy, 2 Son 3, Tu Novia II y N5 sin descanso. El cuerpo de baile acompañó cada movimiento con precisión; la artista no se detuvo ni para respirar y ahí se evidenció por qué el fenómeno Lali trasciende la música: su show no es solo una sucesión de canciones, sino una coreografía emocional en la que el público participa activamente.
Cuatro looks, una misma energía
El primer cambio de vestuario llegó casi sin aviso: Lali apareció vestida de blanco, más luminoso y elegante, para un bloque del show más teatral. En esta sección interpretó temas como Obsesión, Diva y KO, con una intensidad renovada.
El segundo cambio consistió en un conjunto brillante, que retomó la energía inicial del pop explosivo, y finalmente, cerró con un look deportivo, reconocible por la camiseta de la selección argentina que lleva con orgullo, para los últimos temas del show.
Y aunque el espectáculo estaba calculado al milímetro, hubo espacio para la espontaneidad: risas, miradas cómplices con el público y frases improvisadas que rompieron con todo. Entre cada tema, se sucedieron aplausos, cánticos y gritos de agradecimiento
El corazón del show: amor, libertad y comunidad
Uno de los momentos más potentes llegó con Soy. La base retumbó, las luces cambiaron, la bandera LGTBIQ+ apareció en las pantallas y Lali invitó al escenario a dos fans, quienes bailaron junto a su ídola mientras la sala entera vibraba.

La escena fue simbólica: Lali, consolidada como una figura central de la visibilidad y el amor, tanto en su país natal, Argentina, como también en España, demostró que su influencia trasciende fronteras. Ocupó su espacio como un acto de representación política natural y, en esa canción se celebró la libertad en todas sus formas, el respeto y la diversidad.
Un viaje emocional en los conciertos de Lali por España
El show avanzó entre luces y canciones. En Boomerang, Ego e Incondicional la intensidad bajó para mostrar otra faceta: la de una artista capaz de sostener la emoción sin artificios y la que es capaz de despertar la nostalgia entre los fans que la siguen desde sus inicios.
El último bloque fue pura adrenalina. Entre visuales y luces rojas sonaron Plástico, Fanático y Pendeja. Lali se desató, al igual que el público. Los saltos fueron coreografiados y los coros se mezclaron con gritos liberadores.
Para el final, Lali regresó con No Me Importa, un tema irreverente, empoderado y lleno de energía . La canción estalló en la sala, y cuando terminó, el silencio duró apenas un segundo antes de que todos aplaudieran. Lali se llevó las manos al corazón, respiró y dijo: “Esto fue una locura. Gracias por tanto amor, Madrid”.
Un final apoteósico
Más que un concierto, lo ocurrido en La Riviera sintetizó el fenómeno Lali: energía, entrega e identidad.
La artista, que comenzó como rostro televisivo, se consolidó como figura central del pop latino, capaz de llenar salas en Europa con un espectáculo impecable.
Lo más importante no estuvo en las luces ni en los beats, sino en la sensación de comunidad que dejó en el aire. Lali no solo cantó para su público; cantó con él. Esa noche, La Riviera se transformó en un templo del pop y de la libertad. Cuando el último acorde se desvaneció, el demonio del título dejó de ser una amenaza: se convirtió en un compañero de baile.

