Dejémoslo como estaba, segundo trabajo de los madrileños Alcalá Norte, irrumpe en la actualidad musical con la suficiencia de quien no necesita pedir permiso.
Publicado el pasado 4 de noviembre, supone una nueva temporada en la corta pero enérgica trayectoria de esta banda nacida hace siete escasos años en Ciudad Lineal. Fue en torno al centro comercial Alcalá Norte y su icónico monolito donde en 2024 comenzó a configurarse el proyecto con un primer trabajo homónimo.
El fenómeno de La vida cañón, la canción más laureada del disco, contribuyó a situarlos enseguida en el radar de la música nacional. Lo que comenzó como una propuesta desde los márgenes de la escena madrileña fue ganando espacio rápidamente hasta convertirse en uno de los nombres más reconocibles de la nueva hornada del rock alternativo patrio.
Las coordenadas del universo Alcalá Norte
La banda, integrada actualmente por Álvaro Rivas (voz), Jaime Barbosa (batería), Carlos Elías (guitarra), Pablo Prieto, “Admin” (bajo), y Laura de Diego (teclados y sintetizadores), ha vuelto a confiar en Pablo Fergus (productor de La Cafetera Estudios) para dar forma a las once canciones del álbum. El máster, por su parte, fue obra de Rubén Montes.
La identidad del grupo también se plasma en la portada, un óleo firmado por el pintor Carle Naide. En ella, Arturo Soria escala el monolito de Ciudad Lineal ante la mirada de tres ermitaños. La escena parte del dibujo de Goya Esto dejémoslo como estaba, incluido en su Cuaderno C, del que también procede el título del álbum.
Antes de su publicación, tres sencillos fueron desvelando progresivamente las coordenadas de este nuevo trabajo: El Hombre Planeta en primer lugar, Los llamados pitagóricos fue el siguiente y, a la cola, El endemoniao. Tres obras que proyectan gran parte de lo que pudimos escuchar después: un ilustrado cruce de épocas, personajes y mitologías. Espacio donde lo cotidiano se da la mano con lo extraordinario y cada canción parece abrir la puerta a un mundo distinto.

Un desmarque hacia ellos mismos
Aun moviéndose en el marco lírico de lo independiente, la propuesta de Alcalá Norte consigue desmarcarse de esa vaga literalidad y escritura simplista de la que bebe buena parte de la escena alternativa nacional, sobre todo en la capital. Sus versos no buscan la sencillez inmediata ni convertir cualquier escena ordinaria en una revelación poética.
Tampoco necesitan subrayar la belleza de lo ordinario para encontrar algo que contar y ese es uno de los puntos fuertes del disco. En su lugar, apuestan por una escritura más sugerente, poblada de símbolos, referencias y asociaciones inesperadas. Algo que se echaba en falta en buena parte de sus primeras canciones pero que, ahora, completan una evolución.
El propio Álvaro reconocía que una de sus intenciones era crear confusión con las letras. No cabe duda de que ha completado su misión con éxito. Pero entre el desconcierto y ese aparente caos narrativo también asoman algunas certezas.
La narrativa del disco, más allá del propio relato
Narrativamente, el álbum ofrece un retrato de la condición humana y sus contradicciones, cuestiones que parecen despertar un especial interés en el grupo. En esa línea, Dejémoslo como estaba no supone tampoco una ruptura con el imaginario de su debut, sino una exploración mucho más profunda de sus posibilidades.
La historia, la filosofía, la religión y la cultura popular se entremezclan en un repertorio de personajes y escenarios que transitan entre lo reconocible y lo insólito. Cada canción construye su propio relato, aunque todas parecen compartir una misma mirada sobre las complejidades de la experiencia humana.
El principal logro del disco reside en esa combinación orgánica de referencias mitológicas, religiosas y filosóficas con proyección a la vida cotidiana. Alcalá Norte no utiliza estos elementos como simples adornos culturales ni como demostraciones de erudición. Los integra en una escritura evocadora, capaz de construir relatos que transitan entre lo extraordinario y lo reconocible.
Así sucede en El Hombre Planeta, donde el motivo del pacto con el diablo, presente en relatos como el del legendario bluesman Robert Johnson, se traslada al mundo de la industria musical. Satanás adopta la apariencia de un representante y la ambición artística adquiere los contornos de un pacto faustiano.
Lo mitológico se incorpora así a una realidad perfectamente reconocible, sin necesidad de recurrir a explicaciones ni discursos explícitos. Esta forma de actualizar imaginarios y convertirlos en relatos propios atraviesa buena parte del álbum.
También se percibe en Los llamados pitagóricos, que transforma una tradición filosófica en una comunidad casi caricaturesca, y en En Valmy, donde un episodio histórico se reconstruye desde las sensaciones físicas de la guerra.
Desde los infiernos hasta Ciudad Lineal, pasando por la Antigua Grecia
La variedad de referencias no impide que exista una coherencia entre las canciones. Al contrario, todas participan de una misma libertad narrativa, que permite al grupo saltar de la mitología a la historia sin perder su propia voz.
Desde la tragedia teatralizada de Oscar the Tiny One hasta la introspección de El endemoniao, la banda demuestra que su imaginario no depende de una única fórmula narrativa. Sus canciones pueden mirar hacia los grandes relatos de la cultura universal o detenerse en las contradicciones más íntimas del individuo.
Esa misma capacidad para cambiar de escala resulta especialmente valiosa cuando el grupo dirige su mirada hacia el entorno más próximo. Claudia, Arturo Soria y Campos de golf incorporan las relaciones sociales, la ciudad y sus transformaciones a ese universo de referencias.
La especulación urbanística y las desigualdades dejan de ser cuestiones abstractas para adquirir una dimensión concreta. En La Venta Nueva, esa mirada se vuelve todavía más cercana: el barrio, sus personajes y sus conflictos se convierten en materia narrativa. El recorrido que propone el álbum abarca así desde las antiguas escuelas filosóficas y los campos de batalla hasta las escenas más reconocibles de la vida de barrio.
La muerte constituye otra de las grandes preocupaciones que atraviesan este proyecto. En El contador de muertes e Icare (LDFL), versión de Fils de Lucifer del grupo francés de heavy metal Icare, ocupa un lugar central.
La primera convierte la tragedia ajena en objeto de fascinación y cuestiona la facilidad con la que el sufrimiento se transforma en espectáculo. La segunda recurre a Lucifer y a la imagen de una bestia que ya habita entre nosotros para representar una sociedad corrompida por sus propios excesos. Ambas amplían una reflexión sobre la violencia y la degradación que forma parte de la mirada general del disco.
Dejémoslo como estaba, un producto generacional
La riqueza temática de Dejémoslo como estaba no depende únicamente de la variedad de sus referencias, sino de la naturalidad con la que conviven. Alcalá Norte consigue que materiales culturales muy diversos dialoguen con escenas, personajes y preocupaciones reconocibles.
Esa sutileza narrativa, capaz de pasar de una épica batalla a una tarde en el barrio sin perder coherencia, es poco habitual. En la escena nacional, Ángel Stanich es otro exponente de una escritura especialmente nutrida de referencias, pero aquí esa densidad se integra en un universo colectivo con una personalidad muy definida.
Ahí reside también la dimensión generacional del proyecto. No porque sus canciones se limiten a retratar a una generación, sino porque consiguen hablarle de tú a tú. Y, aunque ellos se definan como un grupo de subnormales, hay cosas como estas que han demostrado saber hacer muy bien. Alcanzar semejante nivel de elaboración lírica sin perder esa cercanía es, probablemente, una de las virtudes más difíciles de encontrar.
Ampliar el sonido sin perder el equilibrio
En el terreno sonoro, Alcalá Norte parte de una identidad reconocible, pero ensancha sus límites. El post-punk que define a la banda sigue ocupando el centro de la propuesta, aunque ahora convive con nuevas referencias y texturas.
Además del mencionado estilo característico del grupo, Dejémoslo como estaba se mueve entre el synthwave y matices de un rock tan épico como gótico. Esta combinación amplía su espectro sonoro y demuestra que no hay intención de acomodarse en una única fórmula. El álbum da así un paso adelante en el plano musical.
Buena parte de ese avance se aprecia en la amplitud instrumental y en unos arreglos de vocación casi orquestal. Las nuevas capas enriquecen las composiciones y construyen un sonido denso y envolvente. Sin embargo, esa riqueza convive con cierta reiteración de estructuras y tratamientos sonoros que termina condicionando ciertamente la experiencia de escucha.
Distintas capas de un mismo paisaje sonoro
Esa sonoridad se construye también alrededor de las guitarras y los sintetizadores. Los arpegios abren varias composiciones y establecen una base sobre la que se incorporan progresivamente el resto de instrumentos. Es el caso de El Hombre Planeta, Los llamados pitagóricos o Arturo Soria, tres canciones que comparten una forma de introducir sus melodías. El uso recurrente del efecto chorus y la reverberación aporta a las guitarras una textura envolvente, de resonancias oscuras y cierto aire sesentero.
Se trata de uno de los rasgos más reconocibles del disco funcionando, a su vez, como un arma de doble filo: su presencia constante también hace que algunos cortes compartan un mismo color. Sobre esas guitarras se impone una base rítmica contundente, sostenida por un bajo especialmente presente y unas baterías que marcan buena parte del carácter de las canciones.
Los teclados y sintetizadores desempeñan un papel igualmente importante. No son un mero acompañamiento, sino una pieza fundamental en la construcción de los ambientes del disco. Aportan profundidad a las composiciones, desde las cadencias inquietantes de El endemoniao, cercanas a las bandas sonoras del cine de terror, hasta los órganos de resonancias catedralicias de Icare (LFDL). Esta última es quizá la expresión más ambiciosa de esa vertiente. Sus solos de guitarra evocan el hard rock melódico de Van Halen y el glam metal de Skid Row, mientras que sus teclados y su teatralidad remiten por momentos al universo de Ozzy Osbourne. El resultado es uno de los momentos más épicos del álbum.
Los contrastes del repertorio
Ese cruce de referencias musicales también permite al grupo alejarse de sus coordenadas anteriores. En Valmy endurece las guitarras y se acerca al heavy metal, con una introducción de piano que va cediendo protagonismo a los arpegios distorsionados y a una batería que irrumpe con fuerza.
También El contador de muertes sorprende por su luminosidad. Pese a abordar la muerte, la canción abandona buena parte de la oscuridad que domina el conjunto y apuesta por un sonido más abierto, enérgico y rotundo. En el cierre, La Venta Nueva recupera esa claridad mediante unas guitarras melódicas y unos arreglos que acentúan su carácter nostálgico.

El trabajo de producción termina de consolidar esta propuesta. El tratamiento de las guitarras, la presencia de los sintetizadores y la superposición de distintas capas instrumentales generan una sonoridad densa y reconocible. Esa continuidad contribuye a dar cohesión al álbum, pero también acentúa la uniformidad de algunos títulos.
Dejémoslo como estaba supone una evolución en recursos y ambición musical, aunque no siempre consigue transformar esa amplitud instrumental en contrastes suficientes. Ahí conviven buena parte de su personalidad y uno de sus principales límites.
La personalidad no solo está en las palabras
La interpretación vocal de Álvaro Rivas también contribuye a definir la personalidad del álbum. Su manera de abordar los versos recuerda por momentos a Mark E. Smith (vocalista de The Fall) o Ian Curtis (Joy Division). Tanto por su carácter, en ocasiones, declamatorio como por una dicción muy marcada y una forma particular de imprimir ritmo a las palabras. Rivas parece descomponerlas en sílabas, acentuando unas y prolongando otras para reforzar la intención de cada frase.
A menudo remata los versos con giros ascendentes que mantienen la tensión y evitan que la interpretación pierda impulso. Su voz se mueve así entre el habla y el canto, pero sin renunciar, ni mucho menos, a la melodía ni a la expresión emocional.
El tratamiento vocal, limpio y sin excesos efectistas, deja el espacio necesario a esos matices. La reverberación, por su parte, aporta profundidad y los coros de los estribillos refuerzan la intensidad de algunos de los pasajes más expansivos del disco.
El camino se hace al andar y aún queda mucha senda
En un panorama musical en el que las etiquetas y las fórmulas reconocibles siguen marcando buena parte de las propuestas, Alcalá Norte demuestra que todavía hay espacio para construir un proyecto con voz propia. Dejémoslo como estaba no es un disco perfecto, ni pretende serlo.
Sus irregularidades también forman parte de una obra que prefiere explorar antes que acomodarse. Cualquier reserva que puedan suscitar no empaña, ni mucho menos, la dimensión del conjunto: Dejémoslo como estaba tiene entidad para convertirse en uno de los discos importantes de esta etapa del rock nacional.
Y es que quizá sea donde ahí resida su mayor virtud: la de una banda que, lejos de conformarse con el lugar que ya ha conseguido, sigue buscando hasta dónde puede llegar. Todo apunta a que muy lejos.


