5.9 C
Madrid
domingo, 22 febrero, 2026
5.9 C
Madrid
domingo, 22 febrero, 2026

Aleksandr Lukashenko, el último dictador de Europa

El mandatario bielorruso, Aleksandr Lukashenko, máximo apoyo europeo de la invasión rusa

República Socialista Soviética de Bielorrusia, diciembre de 1991. Sólo uno de los 360 diputados del Sóviet Supremo vota en contra de la disolución de la Unión Soviética y la ratificación de los acuerdos de Belavezha. Sólo uno se opone al fin del sistema y a la independencia de Bielorrusia. Se trata del camarada Aleksandr Lukashenko, un hombre que ha desarrollado su vida al calor del sistema político del Estado, ocupando puestos como el de comisario político o el de director de una granja estatal.

La historia de Lukashenko debe contarse teniendo en cuenta este apego por un orden que se desvaneció justo cuando él mismo entraba en el mundo de la política. Nacido en la década de los 50 en el óblast de Vitebsk, limítrofe con la República Socialista de Rusia, el mandatario bielorruso, cuyo país se ha encargado de acoger las primeras negociaciones de paz entre rusos y ucranianos, ha sido definido como el último dictador de Europa. Un hombre que mantiene el sillón presidencial de la exrepública soviética desde hace más de 20 años y que se ha erigido como el apoyo más enérgico a la intentona imperialista de Putin.

A finales de febrero, el presidente Lukashenko comparecía ante los medios para asegurar que no existía razón alguna para que su país se involucrara en la ofensiva rusa. Señalaba de manera enérgica a los periodistas que estaban incurriendo en un error estúpido. ¿Para qué atacar, si Rusia ya tenía controlada totalmente la situación? Su apariencia y su actitud, más propias de un sargento que la de un político, sazonan un estilo que, curiosamente, se complementa bastante bien con el de su homólogo ruso. Mientras que, en el Kremlin, el presidente de la Federación Rusa parece haber heredado la actitud taimada de los servicios secretos, el mandatario bielorruso muestra una idiosincrasia propia del ejército de tierra.

El «Batka» de Bielorrusia

No son pocas las ocasiones en las que se presenta ataviado con su uniforme militar. Complementado con su sempiterno bigote, que ha ido clareando a lo largo de los más de 25 años de legislatura, Lukashenko recuerda a esos dictadores del siglo pasado, más amigos de la disciplina militar que de los consensos democráticos. No en vano, en la web de la Presidencia bielorrusa, página confeccionada a su medida, se le atribuye, entre otros apodos “populares”, el nombre de “Batka”. Padre.

Este progenitor de la patria bielorrusa fue elegido presidente de la joven república en los primeros comicios libres que disfrutó Belarús. Aupado por su fama como nervudo combatiente contra una corrupción que parasitaba el país, lo primero que hizo fue recuperar el modelo económico socialista ante el fracaso de la súbita entrada del capitalismo y organizar un referéndum que marcaría su línea de gobierno. Gracias a su aprobación, los símbolos nacionales pasaron a los que conocemos hoy en día, extremadamente similares a los de la época soviética.

Comenzó una era de progresiva integración con Rusia, reconociendo la cooficialidad del ruso y colaborando estrechamente en materia económica y, además, el presidente fue investido con unos poderes inusitados, acentuando desde el principio el carácter autocrático. Como el mismo Lukashenko ha señalado: “Me caracteriza un estilo de gobernar autoritario, y siempre lo he admitido (…) necesitas controlar el país, y lo principal es no perjudicar la vida de las personas”.

Elecciones dudosas y persecución de la oposición

A partir de ese momento, el poder en Bielorrusia permanece inmóvil en sus manos. Ya desde el 2001 numerosas organizaciones internacionales y ONGs se han alarmado ante las señales de fraude electoral en las elecciones bielorrusas, que suelen saldarse con un fortísimo apoyo popular a la figura del presidente, al menos en apariencia. Los opositores y disidentes que han denunciado la situación en numerosas ocasiones han acabado encarcelados o exiliados.

En los últimos comicios, el malestar popular ante los obvios abusos del presidente se manifestó claramente. Pese a la aparente victoria con más del 80% de los votos, los bielorrusos salieron a la calle para protestar contra los resultados, en unas jornadas que dejaron, según diversas organizaciones, decenas de heridos, un muerto y más de cien detenidos. Svetlana Tijanovskaya, líder de la oposición, se negó a reconocer una nueva mayoría absoluta del presidente y huyó a Lituania, donde ha sido reconocida por numerosos países del entorno como la presidenta electa del país.

¿Cómo ha respondido Aleksandr Lukashenko en el momento más crítico? Ha achacado todo a un complot occidental para desgajar Bielorrusia del buen camino y convertirla en un Estado al servicio de sus intereses. Ha jugado la carta del enemigo exterior que pretende desestabilizar y destruir. Y, mientras tanto, se ha guardado las espaldas con un decreto promulgado el pasado mayo, con el que se asegura que, en caso de que su integridad personal se vea menoscabada, será un Comité de Seguridad presidido por su propio hijo Viktor el que asumiría la dirección del Estado.

Su papel en la guerra de Ucrania

El 27 de febrero puso la guinda sobre el pastel. Un nuevo referéndum, ratificado con más del 70% de los votos, le permitirá extender su mandato hasta 2035 y abrirá la puerta al desarrollo y almacenamiento de armas nucleares, lo que se ha visto como un salvoconducto para que Putin pueda emplazar sus “armas de disuasión” más hacia el oeste. El control que Lukashenko ejerce sobre su tierra llega hasta extremos tan delirantes como condenar a un hombre que, en su papeleta, anotó que las personas calvas y con bigote, en clara referencia al dictador, no deberían poder ocupar cargos públicos. 4 años de cárcel es la pena a la que se enfrenta. Dejando esto a un lado, el analista político Andrey Yahorau ha alertado que este nuevo plebiscito puede ser un primer paso hacia la asimilación del país a Rusia.

Esta vez que Lukashenko parece haberse asegurado el gobierno de Bielorrusia y no encuentra disidencias demasiado amenazadoras a su poder, ha tomado ahora un nuevo protagonismo en la guerra con Ucrania. Su fuerte apoyo a la intervención rusa no ha evitado que Bielorrusia se haya convertido en el escenario de unas negociaciones de paz en las que los ucranianos se están encontrando condiciones poco menos que inaceptables, pero que, al menos, pueden parar la guerra. La esencia de estos requisitos, que consisten en la deposición de Zelensky y en la elección de un nuevo gobierno bajo la supervisión rusa, es la conversión de Ucrania en una nueva Bielorrusia: un Estado tapón.

Un lacayo inofensivo para los rusos, un estado donde poder ampliar su esfera de influencia geopolítica. Lukashenko, como nostálgico de la tutela rusa y autócrata dispuesto a imponer una dirección a todo el país, parece el modelo de gobernante que Rusia podría apadrinar en Ucrania.

Actualidad y Noticias

+ Noticias de tu interés

El City apea al Atleti de la Champions

El Atlético cede ante el City y no habrá pleno español en semifinales Desgraciadamente para los aficionados atléticos, todo no siempre es suficiente. A pesar de echar el resto sobre el césped del Metropolitano. A pesar de volar apoyado por...

Descubre más desde El Generacional

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo