El Atlético cede ante el City y no habrá pleno español en semifinales
Desgraciadamente para los aficionados atléticos, todo no siempre es suficiente. A pesar de echar el resto sobre el césped del Metropolitano. A pesar de volar apoyado por el aliento de la inigualable hinchada colchonera. El Atlético muere en la orilla con la cabeza bien alta, poniendo en serios apuros a uno de los conjuntos más brillantes y arrolladores del último lustro. El Manchester City logra el pase a las semifinales, donde se encontrará con el rey de la competición, el Real Madrid, al que ya eliminó en el año de la pandemia.
Una primera parte controlada por el City

Comenzó el partido con algo que no habíamos visto en la ida: presión atlética. Una táctica que osciló entre la timidez general y el arrojo, a veces desmedido, de algunos jugadores. Uno de ellos, como acostumbra esta temporada, más desmedido que sus compañeros. Felipe infringe una de esas reglas que se escuchan ya en los campos de fútbol base: Si no sabes pegar, no pegues. Que se lo pregunten a Phil Foden, gran agitador de Manchester, tras probar la dura diplomacia que aplica el central brasileño. A los pocos minutos, el inglés se vio literalmente arrollado y tuvo que portar una aparatosa venda el resto de la tarde. No sería la última de Felipe. Así se cortó la buena salida del conjunto del Cholo y volvieron las tornas a una situación parecida a la que se vivió en el primer envite.
Recuperó el City el balón, comenzó a moverla sin demasiado peligro, mientras que el Atleti replegó de una manera que, últimamente, solo recuerda en las mejores ocasiones. De nuevo, se encomendó a las salidas rápidas, lanzadas por Koke y Lemar De gestionarlas se ocupó Joao Felix, que no se cansó de sortear camisas rivales y de tirar desmarques.
Figuras ofensivas y defensivas
En esa tesitura se movía el partido cuando, al llegar a la media hora, Riyad Mahrez supo bajar a la base de la jugada y sacarse un pase de genio, raso y tocadito, que superó al enorme Reinildo Mandava y puso el corazón en un puño a los rojiblancos. Vieron como su equipo se salvaba gracias a la madera y a la gran cantidad de cuerpos que, con disciplina, se interpusieron entre la línea de tiro y el objetivo. Se vivió entonces el intervalo de mayor dominio de los mancunianos, que comenzaron a apretar con fuerza y a hundir al conjunto rojiblanco.
Entre las vertiginosas combinaciones inglesas y los pasos atrás madrileños, emergieron las figuras de Stefan Savic y Geoffrey Kondogbia, que lograron encontrar la escapatoria a la emboscada que suponía cada presión alta. Capítulo aparte merece lo del zaguero montenegrino. El bueno de Stefan ata cabos sueltos, resuelve asuntos y lo hace todo con una sobriedad que contrasta poderosamente con el desparrame defensivo que ofrece su compañero brasileño, cuyas anticipaciones parecen buscar el bulto más que el esférico. Ante el recital defensivo de Savic, Mandava y Kondogbia, Guardiola dio los mandos del ataque a Bernardo Silva. El portugués bajo dos escalones su posición y, junto al canterano colchonero Rodrigo Hernández, tomó el timón de la nave citizen. Las aproximaciones a la meta de Jan Oblak se sucedieron, una tras otra, pero el Atlético consiguió resistir y alcanzó el descanso como el agua en el desierto, exhausto y acalorado.
Salida en tromba del Atlético
En la segunda parte se revolucionó el partido y los del Cholo lograron, por primera vez en toda la eliminatoria, dominar. Cortaron las líneas de salida de los ingleses, crearon superioridades por la banda y por el centro, se acercaron con peligro al balcón del área rival… Se sobrepuso al City en casi todas las facetas del juego menos en la más importante: el marcador, el que otorga la razón. Llámese como quiera: mala leche, veneno, cabeza fría o suerte. Lo cierto es que algo, no sé sabe muy bien el qué, no hizo acto de aparición en el plan colchonero, cuyos intentos acababan todos en el limbo
Mientras tanto, el cronómetro no paraba de correr. Se le estaba acabando el tiempo a los de Simeone. Decidió mover el banquillo e introducir al máximo goleador y al máximo asistente de lo que va de temporada: Ángel Correa y Yannick Carrasco. Junto con Rodrigo de Paul, formaron un triple cambio que venía a sacudir un poco más el partido. De hecho, casi logran el empate después de una notable combinación con Joao que acabó con De Paul chutando fuera. Pep dio entrada a Fernandinho, en un afán por asegurar la zona central y blindar su portería de los incesantes acercamientos. Por su parte, Diego jugó la doble carta de Matheus Cunha y Luis Suárez, poniendo toda la carne en el asador. A punto estuvo el delantero brasileño de dar el tanto de la igualada a la afición.
Todo acaba en tangana
Las ocasiones se sucedían una tras otra, el gol atlético parecía estar al caer, los ingleses no sabían como romper el asedio y, de repente, todo se acaba en una acción protagonizada, de nuevo, por Felipe y su falta de templanza. Fue Phil Foden, misma víctima, el que recibió una inexplicable patada por parte del central, quien había rebañado el balón de manera sorprendentemente limpia. Al levantarse, soltó la pierna contra el joven de Stockport. Cayó al suelo y rodó dentro del campo para arrancarle unos segundos al reloj. Savic, encendido por la estratagema del rival, agarró a Foden cual saco de patatas e hizo que saliera del campo. Y se armó. Para resumir, Felipe fue expulsado, se repartieron unas cuantas amarillas y se dejaron varias cuentas pendientes para el túnel.

Gozó de un par de ocasiones más el Atlético, que atacaba a golpes de riñón, impulsado por su fe y su gente. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Pese al cansancio del City, las interrupciones constantes, la inferioridad numérica y la falta de claridad en metros finales alejaron al conjunto del Cholo del ansiado tanto. Tras 10 minutos de descuento que parecieron tres, acabó el partido entre despejes apresurados y cabalgadas de un heroico Reinildo.
Éxtasis en la derrota
Una vez finalizó el encuentro, comenzó el homenaje que la afición quiso brindar a los jugadores y al escudo. La catarsis colectiva de la parroquia rojiblanca eclipsó las celebraciones del vencedor y recordó a propios y extraños que lo importante no es la belleza con la que despliegues tu juego o la cantidad de copas que adornen tus vitrinas, sino que, cada día de partido, 66.000 personas acudan a un campo a disfrutar de este juego llamado fútbol.
La Champions se ganará o no, la Liga se revalidará o no y todo el sistema de competiciones será sustituido por una nueva Superliga europea. Lo único que permanecerá serán los himnos cantados a viva voz, las cervezas antes del partido, las vueltas alegres o alicaídas, la reunión con amigos, familiares y compañeros. En las gradas colchoneras, afortunadamente, se ha entendido que eso tiene poco o nada que ver con lo ocurre sobre el verde.

