Caminar por las calles del Madrid castizo se ha convertido en un ejercicio de memoria
Cada calle es una pequeña ruina del pasado reciente, una sucesión de escaparates que dicen haber olvidado lo que fueron. Donde antes olía a pan recién hecho, hoy brilla el cartel “Madrid y olé”, con souvenirs fabricados en algún país lejano. La ciudad se está vaciando de sí misma.
Aunque, realmente, no hace falta irse a la gran ciudad. Solo pasear por tu barrio y ver locales con el cierre echado te hace darte cuenta de lo aterrador que es ver cómo, día a día, la esencia del barrio se diluye. En este caso, no cierran porque sean sustituidos por tiendas de souvenirs, sino porque los servicios que ofertan ya están cubiertos por grandes superficies comerciales, o quizá también porque la cultura de arreglar aquello estropeado se ha sustituido por tirar lo que está roto y comprar algo nuevo.
La foto de portada tiene mucho que ver con este artículo. Es una foto de mi familia. En un primer plano está mi abuela con un señor de su barrio, Villa de Vallecas. Graciano les enseñó paso a paso cómo montar un negocio, sin competencias, sin pisarse los unos a los otros. Los del fondo son mi abuelo y mi padre.
No existía en ellos ninguna experiencia, abrieron el negocio con ganas de sumar a la esencia del barrio, pero tampoco sin grandes esperanzas, como cualquier persona que abre un negocio. La ilusión te come por dentro, pero la ansiedad de que pueda caer te devora. El mercado de Vallecas se mantiene firme ante la devastación de las tiendas locales, y menos mal. Pero en los alrededores y en las cloacas de la capital nada permanece.
La mercería cerró, la tienda de discos se convirtió en un bazar efímero, y el quiosco de prensa, en una casa de apuestas. Los locales duran menos que las estaciones, abren con entusiasmo y desaparecen sin dejar rastro.
“El alquiler es imposible”, es la frase que más se repite entre los comerciantes. Las multinacionales degustan con cuchillo y tenedor a las antiguas librerías, hueverias (¿Cuándo fue la última vez que alguien vió una en pie?, si es que la pudo presenciar alguna vez) o relojerías, que no estén metidas con calzador en el centro de un kilométrico pasillo de un reconocido centro comercial.
Las pescaderías a pie de calle son casi una estampa que se podría considerar, vulgarmente, vintage. Ideal para que los guías turísticos planeen una ruta por aquellas tiendas que aún siguen en pie, y lo titulen como “el barrio antiguo”, ya que el “el barrio nuevo” es un espacio reservado para las tiendas de bubble tea con luces de neón y música electrónica. Los jóvenes entran, se hacen fotos con sus vasos de colores, y salen riendo. Nadie los culpa, pero algo en la escena duele.
Aun así, hay pequeños gestos de resistencia. Una cafetería artesanal sobrevive entre tanto cambio, como una isla en medio de un mar de tiendas idénticas. Caminar por mi barrio ya no es volver a casa, sino recorrer una ciudad que se disfraza cada dos años. Sin embargo, entre los letreros nuevos y las fachadas impersonales, a veces escucho las voces de antes, las de quienes daban vida al barrio cuando todavía era nuestro. Y entonces entiendo que la memoria, aunque no pague alquiler, sigue siendo el negocio más duradero que tenemos.

