Dos siglos después, el amor que nos enseñaron a desear
He llegado tarde a Cumbres Borrascosas, pero he llegado. Nunca me he considerado una romántica empedernida, pero me encanta el amor y las películas de amor.
De niña, Grease fue mi referencia: ese romance veraniego entre el líder chuleta de los T-Birds Danny Zuko (John Travolta) y la estudiante inocente y rubia Sandy Olsson (Olivia Newton-John). Me volvía loca. Es, posiblemente, la película que más veces he visto. Lejos de igualar tal «macarreo», Emerald Fennell, directora y productora de Cumbres Borrascosas (2026), ya se encargó de elegir a dos guaperas irresistibles como Margot Robbie y Jacob Elordi para que las salas se sigan llenando un mes después de su estreno.
No es mi intención entrar a debatir si la adaptación de la novela que escribió Emily Brontë en 1847 es adecuada o mediocre, pues mi interés está en la gente (rara vez no sucede así). Es el drama romántico menos romántico que te pueden echar a la cara y, de hecho, es violento lo mires por donde lo mires. Me abruma ver a chicas llorando tras la película por reconocer a un héroe romántico atormentado (Jacob Elordi) y no porque «qué rabia que un chico guapo no pueda ser el novio de una chica guapa y estén condenados a hacerse daño». Mi amiga Ivet dice que si los personajes hubieran sido Silvia Abril y Arturo Valls no hubiera llorado nadie. Y no porque ellos sean feos, entendedme.
El tema del amor romántico es una cruz. Andamos con el muerto a cuestas sin saber lo que pesa el muerto ni lo empinada que es la cuesta. Nos vemos anhelando y añorando un amor propio del siglo en el que se escribió la novela de Cumbres Borrascosas, un amor que suministraba una especie de plenitud validada en la que la mujer se casaba con el caballero y podía salir de casa. Quedan resquicios de ese hueco que solo puede llenar la pareja romántica y, aunque escondidos, pueden ser reconocibles. Ciertamente, me volví a sentir apelada. Siempre seremos fieles herederas.
La feroz dependencia emocional que tienen los protagonistas es alarmante desde el minuto dos del filme. La obsesión, el resentimiento, la posesión y las dinámicas de poder que aparecen plasmadas son inimaginables para con tu actual pareja. Lo perturbador y destructivo no lo quieres ni para tu peor enemigo.
Entonces, la película es para mearse de la risa. De lo identificable y explícito, de esas charlas de feminismo en la ESO, de los consejos de tu abuela según su amor —tradicional y convencional—, es la ocasión perfecta para reconocer la toxicidad, asignatura de primero de conversación con tus amigas. Nada de esto existía hace dos siglos y, aún así, se ha tomado enserio y vigente el relato. «La historia es bonita y tierna», juraba una usuaria por TikTok.
Ya no vivimos esa realidad. Ya no tenemos la necesidad de ser productores de ese tipo de amor. Ya no vestimos con esos vestidos estilo lechera alemana ni nos ponemos cruces góticas para pasear por el monte. No es de extrañar, entonces, que tampoco busquemos ni concibamos ese amor romántico salvador, incapaz, dramático, sacrificado, sufridor. Eso funcionaba en un contexto social donde el destino de ese amor estaba muy alejado del refugio de hoy. Y, sin embargo, sigue siendo cómodo pensar que el amor verdadero es el que arrasa. La calma se vende mucho peor. La calma que se quite de en medio cuando la pasión, la rabia, los celos y la humillación se sirven con una intensidad agitadora y atractiva para el espectador.
Sigue siendo la mujer a quien más le llama la atención este tipo de películas. Y los novios correspondientes ejecutarán el papel de acompañantes haciéndoles el favor, como cuando los maridos entran a las tiendas de ropa creyéndose que van a picar piedra.
Sin embargo, paradójicamente, las niñas se quejan de que «ya no quedan hombres como los de antes», un buen gentleman, resulta una lástima que «se haya perdido el amor de toda la vida». Quizá Jacob Elordi sea el gran representante de la masculinidad hegemónica, esa a la que se refieren. La película cumplió con lo que esperaba ver y, genuinamente,me divertí viéndola. Supongo que eso también es hacerse mayor.


