¿Qué relación guarda Martín Fierro de José Hernández con las campañas que llevaron al exterminio del pueblo Mapuche?
Esta pieza fundamental para la literatura argentina, compuesta por los libros El gaucho Martín Fierro y La vuelta de Martín Fierro esconde una intención ideológica. Situados en su contexto histórico y teniendo en cuenta la importancia política de su autor, se erigieron como una herramienta literaria que secundaría los abusos sobre los pueblos originarios de la Patagonia. El gaucho es símbolo de la argentinidad. El «indio», como los denomina Hernández, sinónimo de la barbarie.
Adrián Moyano, licenciado en Ciencias Políticas, periodista y activista en favor de los derechos del Pueblo Mapuche, declaró en una entrevista en el año 2017 que este pueblo «perdió su libertad en el siglo XIX, cuando se constituyeron Chile y Argentina como Estados». Entre las acciones político-militares que llevaron a la extensión de ambos países del modo en el que los conocemos hoy en día, destacan aquellas que se dedicaron a arrebatar Puelmapu, los territorios ancestrales de los mapuches situados al este de la Cordillera de los Andes.
Pues bien, nos gustaría conocer qué relación tienen estos sucesos con la escritura de las obras que posibilitaron la fundación del sentimiento nacional argentino en esos años: la literatura gauchesca. Por motivos de facilidad de escritura y comprensión, durante todo el artículo utilizaremos indistintamente los términos «Pueblos originarios» o «Pueblo Mapuche», por ser este el más numeroso, sin olvidar el debido respeto, importancia y derecho de otros como Ranqueles, Huarpes, Puelches o Tahuelches, también víctimas de estos abusos.
El autor del Martín Fierro
Se puede considerar a José Hernández como uno de los padres de la literatura argentina. Incluso, uno de los padres de la nación americana tal y como se la conoce. Además de un virtuoso poeta, gozó de una importante carrera periodística, en la que discurría acerca de los problemas sociales del nuevo estado argentino. También fue un político muy activo, partidario de la federalización, en oposición al centralismo bonaerense. Ocupó cargos como diputado y senador provincial.

El gaucho Martín Fierro y la pertinencia del mito argentino
Como apunta Thora Vinther en su ensayo Barbarie y civilización en «Martín Fierro», el libro es publicado en el año 1872, durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento. Tiene toda la lógica porque, El gaucho Martín Fierro, constituye una crítica a las acciones del gobierno, centradas en favorecer la llegada de inmigración europea y engrandecer la zona portuaria de Buenos Aires, olvidando las regiones de interior y, con ellas, a los gauchos, figuras indisolublemente argentinas.
Para quien no esté familiarizado con estos temas, el gaucho es un habitante tradicional de las zonas rurales argentinas. Hombres esforzados dedicados al cuidado del ganado. Eran habilidosos jinetes y símbolos de libertad y autonomía. Ante el avance del cosmopolitismo capitalino y la industrialización del país, estos hombres fueron desdeñados y caricaturizados y, ya en tiempos de Hernández, se podría decir que estaban en peligro de extinción. Pero, la recién formada nación argentina estaba hambrienta de dos cosas: una literatura que la reivindicase y un mito de sentido nacional.
El país del Plata, caracterizado por su éxodo rural y por la cantidad de trasfondos culturales diversos, necesitaba un símbolo autóctono, el testimonio de su contacto con la tierra. Es aquí cuando encuentra su sentido Martín Fierro. Un mito es la representación alegórica de la historia de un pueblo. El personaje de Hernández pasa de ser un hombre para convertirse en un concepto: el gaucho, representante del espíritu y la nación argentina. En el primero de los dos libros representa el orgullo, la rebeldía, la independencia romántica. Buenos principios sobre los que basar el sentido de pertenencia a un país.
La vuelta de Martín Fierro, legitimación de las campañas represivas
Lo que no deja de parecer curioso es el cambio ideológico que se aprecia en los valores de Martín fierro entre la primera obra y la segunda, publicada en 1878. Todo queda mucho más claro cuando reconocemos que, en ese momento, el presidente de Argentina era Nicolás Avellaneda y que, tan solo dos años después, le sucedería el político y militar Julio Argentino Roca, ambos del Partido Autonomista Nacional como Hernández. La figura mítica del gaucho ya había calado en la sociedad argentina y, para la segunda parte, era preciso tener una dirección moral acorde con los tiempos.
En La vuelta de Martín Fierro, se establecen una serie de mandatos éticos. Sentimiento cristiano, respeto ante la familia tradicional, el cariño entre los esposos… Un contenido parcialmente comparable a los diez mandamientos que recibió Moisés. Todo ello, mientras se dedica contundentemente a realizar un retrato grotesco y deshumanizador de los «indios». Antes de entrar a analizar la retahíla de barbaridades que José Hernández le dedica a los pueblos originarios, démonos cuenta de otra cosa. Si en la primera obra el gaucho era pura libertad, valentía y autonomía, ¿por qué cambia de este modo?: «Obedezca el que obedece y será güeno el que manda?».

Hay que encontrar un enemigo
Una vez que el gaucho ha sido naturalizado como icono nacional, Hernández decide que, ya que los ciudadanos se sienten identificados con él, debe de establecer una serie de «comportamientos patrióticos» para el buen argentino. Todo esto, unido con los intereses políticos de un gobierno que ahora sí le convence, confluye en la idea de crear un enemigo: el indio. Lo que trasluce la obra, además de un fuerte contenido racista, es el interés de promover y justificar un exterminio del pueblo Mapuche.
Destaquemos algunas de las terribles estrofas que le dedica al pueblo mapuche: «El indio es indio y no quiere apiar de su condición, ha nacido indio ladrón y como indio ladrón muere.», «El indio pasa la vida robando o echao de panza.» e, incluso, «Besé esta tierra bendita que ya no pisa el salvaje». El objetivo está claro: hay que hacerse con esos territorios y eliminar a sus pobladores.
Las campañas de sometimiento
Entre los años 1878 y 1885, se dio en Argentina la Conquista del desierto, el equivalente de lo que en Chile fue la Ocupación de la Araucanía (1861-1883). Se trata de operaciones militares al mando del que sería presidente de la república, Julio Argentino Roca. En ellas, se conquistaron los territorios pertenecientes a los pueblos originarios y se les dominó, deportó y asesinó. Estas acciones no podrían obtener otros calificativos que no fueran «etnocidio», «invasión ilegítima» o «crímenes de lesa humanidad».
El Informe Oficial de la Comisión Científica que acompañaba al ejercito argentino es clara en sus objetivos. «Era necesario conquistar real y eficazmente esas 15.000 leguas, limpiarlas de indios de un modo tan absoluto, tan incuestionable, […] y sellar la toma de posesión por el hombre civilizado de tan dilatadas comarcas.». El único propósito de dicha campaña fue el exterminio, la conquista y el sometimiento de los pueblos originarios. El mismo informe reconoce, a falta de mayor precisión, que cerca de 14.000 personas resultaron muertas o fueron tomadas como prisioneros. Aunque, según el Proyecto de Ley de la comisión Anti-Monumento a Julio A. Roca, la cifra de muertes ascendería a las 20.000 personas.

La política de la infamia
Ni siquiera se planteó formar, como se había hecho en EEUU o Canadá, reservas para indígenas en las que, dentro de los excesos cometidos, pudieran vivir a sus aires. Por el contrario, fueron diseminados y destinados a trabajos forzados. Cerca de 3000 personas fueron enviadas a la capital y separadas por sexos, en una operación de características eugenésicas, para evitar su procreación. Como delata en su libro, Los mitos de la historia argentina, Felipe Pigna: «Un grupo selecto de hombres, mujeres y niños prisioneros fue obligado a desfilar encadenado por las calles de Buenos Aires rumbo al puerto». Puro sadismo.
El gobierno dio órdenes expresas para aprovechar a las mujeres y los niños como servicio doméstico para familias acomodadas. El diario El Nacional se hizo eco y publicó, en su número del 31 de diciembre de 1878, lo siguiente: «Entrega de indios: Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia». Según afirma el historiador, la campaña sirvió para que se regalasen o malvendiesen «41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes vinculados estrechamente por lazos económicos y/o familiares a los diferentes gobiernos».
Una gran justificación
Como con todos los procesos genocidas, había que encontrar argumentos que lo justificasen. Lo que, a menudo, se olvida es que los más efectivos son los que se cuelan por medio de la cultura y se asimilan en el imaginario colectivo. La mejor carta al alcance de estos bárbaros – los que lo son de verdad y no los pueblos inocentes – es la otredad. Se establece una distancia y un relato plagado de horrores para hacer que la población asuma que «el otro» es, en efecto, parte de la barbarie.
El objetivo de este texto no es desacreditar artísticamente los libros de José Hernández. Su calidad literaria es sublime e innegable. Pero, la obra tiene un papel ideológico, político y social. Para bien o para mal, forma parte del inconsciente colectivo y tiene un impacto en la sociedad. Si la campaña de conquista y exterminación del pueblo Mapuche necesitaba una justificación, ahí estaba el papel del Martín Fierro para dársela. Su obra contribuyó de un modo determinante a la deshumanización de los pueblos originarios.
La responsabilidad literaria
«El indio no se ablanda ni siquiera en el amor. No tiene cariño a naides ni sabe lo que es amar». «los indios sanguinarios». «Allá no hay misericordia ni esperanza que tener. El indio es de parecer que siempre matarse debe. Pues la sangre que no bebe le gusta verla correr«. El único propósito de estas frases es retratar a los pueblos originarios como animales brutales y sedientos de sangre. El objetivo era que el argentino promedio asimilase estas máximas y, así, justificase la política represiva de su propio partido.
Nuevamente, sin interés de desacreditar artísticamente a un poeta, La vuelta del Martín Fierro llegó a constituir uno de los ingredientes que el gobierno de Julio Argentino Roca necesitaba para llevar a cabo su plan macabro. Hay momentos en los que la literatura, en manos de los poderosos, llega a funcionar como una herramienta para el mal. Su poder de penetración psicológica es tan potente que, en demasiadas ocasiones, ha terminado siendo cómplice de las peores atrozidades. Así, Martín Fierro y todo lo que representa como estandarte de la temprana argentinidad, se convierte en «Huinca», la palabra en idioma mapudungún, usada para nombrar a los sanguinarios conquistadores europeos.


