Yo sí quiero enamorarme: Heated Rivalry o cómo vencer al cinismo
Hablemos de Heated Rivalry, la serie made in Canada —hecha con 2 dólares, 36 días, mucha fe y una pantalla LED gigante (a falta de exteriores asequibles)—, que desde noviembre ha mandado a medio planeta a una psicosis colectiva. El fenómeno es equiparable en la cultura pop a Justin Bieber, One Direction o la saga Crepúsculo. E infinitamente más sano.
Si alguien todavía no sabe de qué va Heated Rivalry (la serie se acaba de estrenar en Movistar) resumo rápido. Dos capitanes de hockey rivales, Shane Hollander — canadiense y en el espectro autista— (interpretado por Hudson Williams) e Ilya Rozanov —ruso y traumatizado— (interpretado por Connor Storrie), se lían en secreto a lo largo de los años. Lo que comienza como una dinámica de sexo casual evoluciona hasta un amor sólido a lo largo de seis capítulos (entre los que se cuela también la historia de amor entre otro capitán de hockey y un barista). La serie, dirigida (y muy bien dirigida) por Jacob Tierney, adapta uno de los libros de la saga (+18) de Rachel Reid sobre jugadores de hockey gays que reúnen el valor antes o después para salir del armario y vivir su vida, su profesión y su pareja en libertad.

Todo ha pasado en menos de dos meses
Tras el estreno de los dos primeros capítulos en Estados Unidos y Canadá (el presupuesto de marketing brilló por su ausencia) se produjo un efecto bola de nieve. La gente veía los episodios y al acabarlos…, se los volvía a poner. Se corrió la voz: la relación entre Shane e Ilya era diferente a lo que la audiencia acostumbraba. Había mucho sexo, sí, pero no era gratuito (tampoco abusivo ni controlador). La relación entre ambos se construía a través de estos encuentros: con gestos, con miradas, con silencios. El amor se colaba entre los huecos de lo que no se decían. O prestabas atención o te lo perdías. Era una invitación a armar el puzle tú solito, sin un diálogo agotador que te expusiera el conflicto continuamente (como ocurre últimamente en las series de Netflix).
Durante todo noviembre y diciembre clubs gays y deportivos de Estados Unidos y Canadá proyectaron Heated Rivalry cada viernes. La gente reaccionaba al show como hinchas de fútbol. Riadas de montajes se publicaban cada semana en internet con cada nuevo episodio. Amigas se lo recomendaban a amigas. Usuarios de redes sociales compartían emocionados sus fotos como deportistas en sus años de colegio y universidad, todavía en el armario, con el texto “Heated Rivalry va por ellos”. Semanas después del estreno, el estadio de hockey de Montreal proyectó clips de la serie antes del Kiss Cam durante el descanso de un partido. Un DJ de un club de Los Ángeles (Club 90s) creó espontáneamente una rave temática (Heated Rivalrave) cuando una noche proyectó edits de la serie sacados de TikTok (All The Things She Said, Maneater) y el público se volvió loco.
La gente se sentía viva. Tengo ganas de volver a enamorarme, era el comentario más repetido en redes después de ver la serie. Los medios tradicionales se hicieron eco. ¿Qué estaba pasando con Heated Rivalry? Jimmy Fallon entrevistó a Hudson Williams, Seth Meyers a Connor Storrie y de servir mesas —ambos eran camareros en el momento del casting— los protagonistas del fenómeno pasaron a fichar por la CAA —la agencia más mítica de actores de EEUU—, a presentar un Globo de Oro y pasear por la calles de Milán portando la antorcha Olímpicas para los juegos de invierno. La ascensión da vértigo.
Hudson Williams y Connor Storrie se han convertido en estrellas inmediatas. Cómo no. Más allá del impacto de sus personajes, el público no está acostumbrado a ver a dos compañeros de reparto (a dos chicos) quererse de una manera tan abierta, intensa y desacomplejada (se quieren como quieren las mujeres a sus amigas, decía un comentario en TikTok). Hudson Williams (quien tiene novia desde hace varios años) comentaba al respecto:
“Sé que van a especular sobre nuestra relación, pero amo a Connor, y nunca quiero dejar de expresar mi amor por él de una manera física y nunca lo voy a dejar de hacer”.
Que un actor de 25 años (Hudson los cumplió hace un par de días) diga esto, en la era en la que los chavales jóvenes solo tienen de referencia a los bros podcasters, a los hombres de alto valor, a los youtubers de Andorra o los trad husbands que beben leche cruda, es refrescante. Da esperanza. Que añada que sus máximos referentes de estilo son mujeres (Rihanna, Lady Di, Audrey Hepburn), más todavía.
Como prueba, dejo aquí un vídeo de ellos en la fiesta de fin de rodaje haciendo el gamba: Hudson Williams and Connor Storrie at Heated Rivalry Wrap Party | TikTok

Sexo, sexo, sexo
Que no os engañen. Que nadie se deje llevar por el juicio rápido y superficial que provoca la etiqueta smut en la escala del valor cultural de las cosas. En Heated Rivalry hay mucho sexo (cabría preguntarse si es tan explícito como la gente parece creer —desde luego lo es menos que Juego de Tronos— o es solo que como es gay, incomoda más), y lo hay desde los primeros minutos. Pero hablar del éxito de Heated Rivalry como producto exclusivo de las escenas sexuales, es desmerecerla. Porque Heated Rivalry es una serie jodidamente tierna. Y eso, en una era de difícil y escasa intimidad emocional, comunidad y compromiso a largo plazo, que a la vez nos tiene hambrientos de afecto, conexión y vulnerabilidad, ha desatado la psicosis. Porque Heated Rivalry es romántica y no se avergüenza de serlo. No cae en el cinismo actual (¿Da vergüenza ajena tener novio?, se preguntaban en Vogue hace un par de semanas), no se refugia en el sarcasmo ni en la broma fácil, no hace disclaimers.
Heated Rivalry es una serie que defiende que el amor te cambia la vida y no se disculpa por ello. Después de Heated Rivalry, vuelvo a creer en el amor. Heated Rivalry me ha dado esperanza. Me ha cambiado la vida. Son las respuestas más repetidas a por qué la audiencia ha caído rendida a sus pies.“Es terapia correctiva”, decía una psicóloga en redes. Por eso a la gente le provoca una catarsis emocional. Porque experimentan en un entorno controlado y seguro (la ficción) situaciones amenazadoras (pasadas o potencialmente futuras) que, sin embargo, termina bien. Y aprenden que otro final (mejor) es posible. Un final feliz.
Leyendo una sinopsis de tres líneas de la serie —rivales, hockey, chico malo, chico bueno— una puede pensar que va a contener todos los tópicos tóxicos del género (saga Culpa Mía etc) que idealizan, perdonan y romantizan los celos, el abuso y el control. Pero no. En Heated Rivalry el consentimiento es el rey. No hay comunicación emocional (de eso va la serie), pero la comunicación sexual es inmaculada. No hay humillaciones, vejaciones, escenas donde el “no” se pasa por alto. Ilya pregunta constantemente a Shane ¿is it okay? ¿is it okay? ¿is it okay? a cada paso. Un no es un no. Un sí es un sí. Es curioso para lo mucho que la juzgan como una serie manida y formulaica, lo poco que encaja en los estereotipos del género romántico.

¿Y qué opinan los críticos serios, los de verdad?
Lo que cabría esperar. En la crítica de El País titulada “Mucho sexo gay, poca combustión”, el autor cuestiona si la homofobia velada de la serie (nadie muere, no hay palizas, ni bullying) es deliberada o si en verdad —y parecía decantarse por esta opción—, se trata de “una forma de cobardía por parte de una serie que elimina todo lo que podría complicar su conflicto (o lo que es lo mismo, politizarlo)”. El crítico parece querer decir que no hay suficiente sufrimiento. Que siendo una historia gay Ilya y Shane deberían sufrir más. Porque el colectivo LGTBI+ no tiene suficiente con la homofobia que viven en su día a día, que necesitan que cada pieza de ficción que protagonizan, se la recuerde. Y si no, no vale. Porque parece que la felicidad es un fin frívolo. Y las historias que la retratan, carentes de valor. No como el dolor, el dolor sí que cuenta historias de verdad. Añade el autor que, además, la serie transcurre en un mundo “sin apps, promuscuidad o profilaxis”. Ojiplática me deja. Parece que al crítico le hubiera gustado más si hubiera aparecido Grinder y una ETS de vez en cuando.
¿La serie es perfecta? No. La puedes acusar de cursi, de tener un ritmo irregular, demasiados saltos temporales, la puedes echar en cara que el hockey es inexistente o que algunas escenas parecen planteadas como un videoclip. ¿Y? Para mí nada resume mejor la importancia de Heated Rivarly como “maybe the point of Heated Rivalry is the hope of it all”. Heated Rivarly está concebida como un lugar seguro. Un lugar amable. Heated Rivalry asume lo que es. Una historia de amor. Un espacio de felicidad, donde disfrutar de una historia de amor homosexual donde no va a ocurrir una gran desgracia. Jacob Tierney explicaba que su objetivo era queer joy. “Tenemos derecho a existir, a tener sexo, a estar enamorados, tenemos derecho a vivir”. Anda que no hay lugares seguros para las parejas heterosexuales en la ficción. ¿No pueden las parejas homosexuales tener uno, por una vez? Heated Rivalry no va a curar la homofobia, pero no todo tiene que ser Brokeback Mountain. ¿Es eso cínico? ¿Buscar un final feliz? A mí no me lo parece.

Mujeres enamoradas de hombres gays
No podemos hablar de Heated Rivalry sin hablar de las mujeres. Porque son ellas quienes han llevado a Heated Rivalry a la cumbre de la viralidad. Que ellas consumen libros, películas y series de romances gays no es una novedad, que hay gente que lo considera problemático, tampoco. ¿Por qué conectan las mujeres con Heated Rivalry? La opinión generalizada es que la serie representa una forma de masculinidad sana, accesible e interesante. Normalmente los hombres en romances gays tienen más inteligencia emocional que los hombres en romances heterosexuales, porque la labor de abrelatas-sentimental que se le asigna en la ficción a las mujeres (y que en algún momento tiene que ocurrir, porque la trama tiene que avanzar) aquí la hacen ellos solitos. Y eso, engancha. No tener que identificarte con la chica de la pareja (en general, más dócil, sumisa, inexperta, sensible), también. Es la “suspensión del patriarcado” o la “intimidad sin misoginia” lo que atrae al público femenino a los romances gays. De nuevo, la cosa va de espacios seguros.
Esto provoca algunos ceños fruncidos. Siempre que viraliza algún tipo de contenido gay consumido por mujeres surge el debate de si (insertar suspiro) es o no problemático que a las mujeres les guste tanto Heated Rivarly. Los críticos más feroces lo acusan de ser porno para chicas. El tema me harta porque a las mujeres no se les permite disfrutar de nada en paz, sin tacharlas de problemáticas, de enajenadas mentales o de estúpidas. Porque lo peor que le puede pasar a un producto cultural es que su fandom sean mujeres (y si ya son mujeres jóvenes, entonces su prestigio cultural cae a la altura de la línea 6 de metro).
Que se lo digan a Titanic, a las comedias románticas, al color rosa y a Taylor Swift. Que se lo digan a Jane Austen y lo que cuesta encontrar un hombre que la lea, pese a ser una de las mejores escritoras (incluyo a escritores) de la historia. Nadie cuestiona si es problemático o fetichista que los hombres escriban sobre asesinar o violar mujeres, o que Stephen King hable de la regla de una adolescente como catalizador de una masacre en Carrie, porque se entiende incluido en el ejercicio de suspensión de la realidad que necesita la ficción.
Extendamos este beneficio también a las audiencias femeninas, por favor (recordemos que los episodios están dirigidos y escritos por un hombre gay) y dejémoslas disfrutar tranquilas de algo. (Igualmente, para mí la pregunta interesante aquí no es por qué a las mujeres les gusta tanto Heated Rivalry, sino por qué a los hombres heterosexuales les gusta tan poco. Por qué apenas les enganchan las ficciones si no representan su orientación sexual exacta y por qué ese desplazamiento les cuesta tanto).

Heated Rivalry me ha devuelto a la vida
Personalmente, Heated Rivalry ha sido una revelación. Un despertar. Una usuaria en Reddit decía que viendo Heated Rivalry parecía que no existiera Trump. Y sinceramente, vivan los shows que hacen que se te olvide Trump. Porque sí, el mundo y el orden democrático de los últimos 40 años se deshace, pero puestos a creer y ser devotas de algo, seamos devotas de una historia de amor, de Heated Rivalry, por ejemplo.
A mí me ha sacado del insomnio en el que una a veces se da cuenta ha pasado meses. Yendo y viniendo del trabajo. En un estado de sin más permanente, ni muy bien, ni fatal. Viendo los meses pasar. Engullida en un algoritmo u otro. Y entonces bum. Descubres algo que te remueve por dentro, te escarba y te recuerda que estás viva —porque a veces a una se le olvida—. Te desplaza, te transforma. Este es el poder de la ficción. Porque a veces lo ficticio es más verdadero que lo real, y si una serie (una película, un grupo de música, un libro) te ayuda a vivir tu vida (como llevan haciendo los mitos y las leyendas durante siglos), bienvenido sea.
Ved Heated Rivarly. Quizá os cambia la vida.
Escrito por Jimena Garcinuño


