Conoce a Eduardo Chillida, uno de los grandes artistas contemporáneos
Centro Cultural Conde Duque ofrece una exposición con 102 obras del artista vasco que podrá visitarse hasta el 21 de junio. A través de esculturas, collages y dibujos, Chillida refleja su filosofía plástica y reflexiona sobre la relación entre materia, vacío y espacio.
“Trabajo para conocer y doy mayor valor al conocer que al conocimiento”, escribió Eduardo Chillida en uno de sus diarios. Esta frase resume la esencia de la obra de uno de los escultores más destacados del siglo XX. La experimentación, el diálogo y la dualidad hicieron del artista vasco una figura fundamental del arte contemporáneo, quien fue capaz de transformar materiales como el hierro en reflexiones poéticas sobre el espacio, el vacío y la existencia humana.
Para conocer su trayectoria y poner en valor su obra en el panorama artístico internacional, el Ayuntamiento de Madrid y la Fundación Ibercaja ofrecen una exposición en el Centro Cultural Conde Duque. A través de 102 piezas, que incluyen collages, dibujos y esculturas, Chillida se muestra al público como un artista que logró convertirse en un símbolo que unió arte y entorno.
A pesar de su reconocimiento, ser artista no estuvo dentro de sus primeros planes. Chillida nació en San Sebastián en 1924 y fue el mayor de tres hermanos. Se dedicó primero al fútbol y fue portero de la Real Sociedad hasta que una gran lesión que le sacó de la portería. A los 19 años comenzó la carrera de Arquitectura en Madrid e hizo varios cursos en el Círculo de Bellas Artes de San Fernando. En 1948, abandonó sus estudios para perseguir su verdadera vocación: ser artista.

Tuvo claro su destino. Se trasladó a París, la capital del arte europeo y donde conoció a Pablo Palazuelo y José Guerrero, entre otros grandes nombres del momento. Absorto en los museos, conoció el arte africano, asiático y americano. En un acercamiento a la Grecia arcaica, creó sus primeras obras en yeso, Forma y Torso. Estas esculturas le llevaron a su primera exposición, y también a su gran salto, en el Salón de Mayo en 1949.
Entre el vacío y el espacio
La década de los 50 fue una época de cambios en la vida de Chillida. Tras casarse con Pilar Belzunce, figura clave en su desarrollo artístico, volvió al País Vasco para dedicarse a la escultura. En 1956 hizo su primera exposición individual en la galería madrileña Clan y dos años más tarde consiguió el Premio Internacional de Escultura en la Bienal de Venecia.
Sus obras escultóricas evolucionaron y maduraron con él. Abandonó el yeso poco a poco y pasó a trabajar con el hierro y otros materiales duros. Para Chillida la escultura era una oportunidad para transformar el espacio y provocar una reflexión sobre la existencia humana.

Es por ello que, a través de los materiales y las formas geométricas, el artista vasco relaciona masa y vacío. Para él, el vacío no es ausencia, sino una parte esencial de la escultura. Sus piezas parecen abrir huecos en el aire, crear límites invisibles o atrapar y eludir el espacio que las rodea. De esta manera, el espectador no contempla únicamente un objeto, sino también la tensión y el equilibrio entre la materia y lo invisible.
A partir de 1960, Chillida comenzó a sentirse atraído por el alabastro de la zona aragonesa. La fascinación por este material venía de la tensión entre la opacidad y la luz, lo que le permitió explorar el concepto de intimidad artística. Estas obras, entre las que destaca Homenaje a Kandinsky (1965) se tiñen de espiritualismo y reflexión.

Experimentación, collages y dibujos
La obra gráfica es una parte esencial del pensamiento plástico de Chillida, aunque durante mucho tiempo fue más desconocida. El artista nunca entendió el dibujo como una mera preparación para la escultura a partir de bocetos, sino como forma autónoma de conocimiento.
Sus dibujos iniciales, inspirados por las vanguardias y la línea matissiana, se caracterizan por los trazos densos, el uso expresivo de la tinta y el contraste entre negro y blanco. Aunque en su obra se observan más patrones geométricos, la representación figurativa también estuvo presente, principalmente a través de retratos y estudios anatómicos del cuerpo como las manos.

Con sus dibujos, donde los materiales preferidos eran la tinta, el carbón o la sanguina, también exploró la relación entre volumen y vacío. Los collages se convirtieron en el espacio ideal para experimentar y jugar con las luces y las sombras. En ellos Chillida utilizó papel artesanal y diferentes texturas para generar sensación de profundidad. Como parte de su obra impresa, también se dedicó al grabado en litografía, serigrafía o aguafuerte, que mezcló en los collages para conseguir formas orgánicas.
Escultura y obra gráfica no pueden separarse en su obra. Un gran ejemplo de esta filosofía es su serie Gravitaciones (1985), grandes relieves de papel suspendidas en hilos. A través del blanco y el negro, el artista juega con el entorno e introduce la musicalidad en su obra, valores que también trasladó a sus grandes esculturas.

Aunque estas técnicas fueron muy comerciales y visuales, a partir de los años 70 el artista se dedicó a la búsqueda de otros materiales. Fue gracias Hans Spinner que descubrió la tierra chamota, un tipo de arcilla que empezó a utilizar en bloques compactos para sus esculturas. Su primera serie, Lurrak (1973), está muy vinculada a sus orígenes vascos y a la conexión con los materiales primigenios.
El recuerdo del siglo XX
Tanto en la escultura como en su obra gráfica los materiales no funcionaron solo como soporte, sino como expresión y voz propia. El hierro conectó con la memoria, la madera con lo orgánico y el alabastro con la luz. Las metáforas visuales de Chillida también se trasladaron a las formas sobrias, contenidas y grandes bloques. Para él, esculpir no fue solo trabajar la materia, sino una manrra de crear un espacio que contenga al ser y al entorno.
Para conseguirlo, se pensaba mucho dónde ubicar sus obras y reflexionaba sobre la relación que estas tendrían en el espacio. Sus grandes esculturas fueron creadas para estar en lugares abiertos y espacios públicos como plazas y paisajes naturales. Muchas de estas obras aún están en sus lugares originales. Entre ellas, Lugar de encuentros III (1972), en el paseo de la Castellana de Madrid, Peines de Viento de San Sebastián (1977) o El Elogio del Horizonte (1990) en Gijón.

Tras décadas dejando huella en ciudades y paisajes a través de sus esculturas monumentales, Chillida se consolidó como una de las figuras más influyentes del arte contemporáneo español. En 1983 compró junto a su mujer el caserío Zabalaga, en Hernani, donde vivió 25 años hasta su muerte el 19 de agosto de 2002. El artista fue enterrado junto a Pilar bajo Cruz del Vacío, su última obra.
Su obra aún continúa desafiando al tiempo y espacio. Sus esculturas dialogan con el mar, la piedra y la naturaleza incluso veinte años después de su muerte. Chillida legó una manera de entender el arte como búsqueda de lo invisible en lo contemplativo. En otro de sus diarios, el artista volvió a resumir su pensamiento: “Gracias al espacio, existen límites en el universo físico y yo puedo ser escultor. ¿Existen acaso límites también para el espíritu?”.


