El crítico cinematográfico Nicolas Rapold explora en este libro ilustrado las influencias literarias, culturales y personales que dieron forma al universo creativo del cineasta japonés
Pocas filmografías han conseguido establecer una conexión emocional tan profunda con su público como la de Hayao Miyazaki. Sus películas han acompañado a generaciones enteras que han encontrado en ellas mucho más que entretenimiento: un refugio, un lugar seguro al que regresar y, en ocasiones, una forma de reconciliarse con el mundo.
Como el propio Nicolas Rapold plantea desde el título de su libro, las películas de Miyazaki son mundos dentro de nuestro mundo, con sus propias reglas, verdades y coherencia interna. Esa extraordinaria capacidad de dar vida a universos que parecen existir más allá de la pantalla es una de las razones por las que el público queda completamente prendado de ellos.
Los bosques de Mi vecino Totoro, la casa de baños de El viaje de Chihiro, los cielos de Porco Rosso, la naturaleza herida de La princesa Mononoke o el duelo íntimo de El chico y la garza forman parte de un imaginario cinematográfico que millones de personas sienten como suyo.
Los mundos de Miyazaki también están atravesados por la guerra, la pérdida, la soledad y las contradicciones humanas. Sus personajes sufren, tienen miedo y se enfrentan a una realidad que no siempre comprenden. Pero incluso en los momentos más oscuros encuentran espacio para la belleza, la amistad y la esperanza.
Con Los mundos de Hayao Miyazaki, publicado en España por Lunwerg, Nicolas Rapold invita a los amantes de Studio Ghibli a regresar a esos escenarios con una nueva mirada, explorando las influencias literarias, artísticas, culturales y personales que han contribuido a dar forma a una de las filmografías más reconocibles de la historia de la animación.
La literatura, fuente de inspiración
¿Qué comparten Mi vecino Totoro y Alicia en el país de las maravillas? ¿Cómo ha influido la infancia del propio Miyazaki en sus historias? ¿Qué tienen en común Mi vecino Totoro, El chico y la garza y El viento se levanta?
Rapold encuentra en la literatura infantil una de las puertas de entrada más reveladoras al universo creativo del director. La relación entre Alicia en el país de las maravillas y Mi vecino Totoro resulta especialmente sugerente. Al igual que Alicia persigue al conejo blanco hasta descubrir un universo desconocido, la pequeña Mei sigue a unas misteriosas criaturas por el bosque hasta encontrarse con Totoro. Ambas historias comparten la curiosidad infantil como motor del descubrimiento.

El vínculo con El jardín secreto, de Frances Hodgson Burnett, permite profundizar en otra de las constantes de su cine: la relación entre infancia, naturaleza y superación del dolor. También aparecen las Crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, como un interesante punto de comparación entre autores que construyen territorios imaginarios marcados por sus experiencias personales.
Las conexiones se extienden a la obra de Diana Wynne Jones, autora de la novela en la que se basa El castillo ambulante, o a la fascinación por el vuelo y la aventura que puede rastrearse en escritores como Saint-Exupéry. Referencias literarias que Miyazaki transforma hasta hacerlas completamente suyas.
Con este libro, Rapold evita que su investigación se convierta en una simple enumeración de curiosidades y propone leer las películas como el resultado de un diálogo constante entre la imaginación del cineasta y las obras, experiencias e ideas que han acompañado su vida.
Una vida transformada en ficción
Pero no todas las claves para comprender a Miyazaki se encuentran en los libros que leyó. Algunas nacen de sus propios recuerdos. Su infancia estuvo marcada por la Segunda Guerra Mundial, la relación de su familia con la industria aeronáutica y la larga enfermedad de su madre. Experiencias que reaparecen transformadas en distintas etapas de su trayectoria cinematográfica.

La preocupación de Satsuki y Mei por su madre enferma en Mi vecino Totoro, la pérdida materna que condiciona el viaje de Mahito en El chico y la garza o la fragilidad de la vida que atraviesa El viento se levanta adquieren otra dimensión al observarlas desde esa perspectiva.
Lo mismo ocurre con la fascinación de Miyazaki por la aviación, presente en buena parte de sus películas. El vuelo representa la libertad, la aventura y la posibilidad de escapar de las limitaciones del mundo terrestre. Pero también está relacionado con una maquinaria bélica cuya capacidad destructiva el director nunca ha ignorado. La belleza y el horror conviven en una contradicción que recorre su obra.
La belleza de la naturaleza
La naturaleza constituye otro de los pilares de ese universo. En Nausicaä del Valle del Viento y La princesa Mononoke, los bosques, los animales y los espíritus dejan de ser simples elementos decorativos para convertirse en protagonistas de conflictos que cuestionan la relación del ser humano con su entorno.
Rapold conecta estas preocupaciones con las tradiciones espirituales japonesas, el pensamiento ecologista y las influencias artísticas que han marcado al director. La investigación también se detiene en escenarios reales, técnicas de animación y referentes cinematográficos, desde el cine clásico japonés hasta algunas de las grandes figuras internacionales del séptimo arte.
Su mayor virtud es hacer visible la complejidad que se esconde detrás de películas que, a primera vista, pueden parecer sencillas. Miyazaki ha construido historias accesibles para los niños sin renunciar a plantear cuestiones que adquieren nuevos significados conforme sus espectadores crecen.
Un ensayo rico en detalles
Rapold, antiguo director de la revista cinematográfica Film Comment y colaborador de publicaciones como The New York Times y Sight & Sound, estructura su investigación en diez capítulos temáticos que permiten recorrer las distintas dimensiones del imaginario de Miyazaki.
A lo largo de sus páginas, la obra relaciona disciplinas y contextualiza referencias sin perder de vista a los personajes y las películas. En España, la prosa de Rapold nos llega traducida por Cristina Zuil. Su prosa es clara, precisa y alejada de tecnicismos cinematográficos que en ocasiones pueden dificultar la lectura de este tipo de ensayos entre los menos cinéfilos.
Un potente diseño visual
El ensayo, además, confía en la curiosidad del lector. En lugar de imponer una interpretación única del universo de Miyazaki, abre diferentes caminos para explorarlo. Una libertad resulta especialmente coherente con una filmografía que ha hecho de la ambigüedad, la observación y el misterio algunas de sus principales señas de identidad.
Precisamente por esa vocación panorámica, el libro resulta más convincente como cartografía de un universo creativo que como interpretación definitiva de la obra de Miyazaki. Su ambición consiste en señalar caminos, no en recorrerlos todos hasta el final.

Tampoco estamos ante una investigación biográfica construida a partir de nuevas entrevistas o revelaciones inéditas. Rapold trabaja principalmente sobre un territorio artístico y documental ya explorado, aunque su capacidad para reunirlo, relacionarlo y presentarlo desde diferentes perspectivas aporta valor al conjunto.
Pero lo que, sin duda, más refuerza la propuesta es el diseño visual. Sus 224 páginas incluyen más de doscientas imágenes entre fotogramas, ilustraciones, fotografías y referencias artísticas, integradas en una edición cuidada y de gran atractivo. El resultado es un volumen que se disfruta tanto por lo que cuenta como por la posibilidad de detenerse en sus páginas. Poder observar cada uno de los detalles, y volver a él una y otra vez después de ver alguna de las películas.
El legado de Miyazaki
La publicación de Los mundos de Hayao Miyazaki llega, además, en un momento de especial reconocimiento para Studio Ghibli, galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026. Un reconocimiento que confirma la dimensión cultural de un estudio cuyas películas han trascendido generaciones y fronteras.
Pero la verdadera importancia del legado de Miyazaki se mide en quienes crecieron acompañados por Totoro o en quienes encontraron consuelo en las aventuras de Chihiro. Pero también en todos los que descubrieron, a través de sus historias, que la animación podía hablar de la guerra, la muerte, el amor o la soledad con una sensibilidad difícil de encontrar en otros lenguajes cinematográficos.
Regresar a las películas de Miyazaki puede resultar tan reconfortante como volver a casa después de un largo viaje. Y ese es, probablemente, el mayor atractivo del libro de Nicolas Rapold.
Su lectura permite comprender mejor de dónde proceden esos mundos sin arrebatarles su misterio. Cada referencia literaria, cada episodio biográfico y cada influencia artística añade una nueva perspectiva a estas historias.
Los mundos de Hayao Miyazaki constituye una aproximación inteligente, visualmente cuidada y especialmente disfrutable para quienes desean ir más allá de la fascinación que provocan sus películas.


