Se pregunte a quien se pregunte, la respuesta parece siempre la misma: en España cada vez se lee menos. También se suele decir que ya casi no se lee o que, directamente, no se lee. Sin embargo, estamos muy equivocados. Como defiende Pablo Bonet, secretario del Gremio de Librerías de Madrid, “hay una serie de mitos sobre la lectura establecidos hace mucho tiempo”. Y no es hablar por hablar. Así lo sostiene el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España en 2022: “Los índices de lectura españoles aumentaron 5,7 puntos en los últimos diez años”.
Este informe, publicado el pasado mes de febrero por el Ministerio de Cultura y Deporte, muestra el constante aumento de lectores en España en la última década. La gráfica no solo no cae, sino que nunca deja de crecer. Un 64,8% de los españoles mayores de 14 años lee en su tiempo libre. Y aunque pueda parecer una cifra relativamente baja, traducido en habitantes, en España leen por ocio más de 32 millones de personas.
A nivel autonómico, donde más se lee es en la Comunidad de Madrid. Su 74,2% de lectores está relativamente lejos de las comunidades estadísticamente más inmediatas: Cataluña, Navarra, País Vasco, La Rioja y Aragón. Las cinco, por encima de la media española registrada en 2022. “Tenemos una red de librerías y bibliotecas muy potente en toda la Comunidad de Madrid”, reconoce Bonet. “También de librerías escolares, que por desgracia están un poco abandonadas por Educación en determinados momentos. En Madrid confluye mucha gente lectora: madrileños y gente que es de fuera que viene a estudiar o a trabajar en el mundo de la cultura”.
Pero no todo es pura lógica poblacional. El porcentaje de lectores en La Rioja es de los más altos pese a tener una población y extensión muy inferior a Andalucía, cuyo índice de lectores, en cambio, es el cuarto por la cola. El producto interior bruto per cápita da pistas. Según el INE, Andalucía es cada año una de las comunidades autónomas más pobres. Así lo reconoce Irene Flichy, empleada de La Casa Tomada, librería sevillana especializada en feminismo, relato corto y cuento. “Es por el nivel socioeconómico. Todo tiene que ver: educación, acceso a bibliotecas, mucho pueblo pequeño sin librería y con poco mercado”, dice.
Aun así, la mayoría de los libreros están de acuerdo en que cada día tienen más compradores, independientemente de la comunidad autónoma en la que se encuentran. La mirada pesimista, esa que cada vez ve menos lectores, suele estar reservada casi en exclusiva a los libreros más veteranos. “No veo que cada vez se lea más, sino todo lo contrario. Ojalá esas cifras sean verdad”, dice Ana Serrano, propietaria durante toda una vida de la librería Pérgamo, la más antigua de Madrid. Debido a la pandemia y tras un año sin actividad estuvieron a punto de cerrar, pero un anónimo inversor mexicano salvó el negocio. Al frente puso a su compatriota, el escritor Jorge F. Hernández, capaz de bromear con sobornarte con tal de que te quedes un rato. “Escuchamos mucho eso y es un mito que intentamos combatir. La gente joven sigue leyendo mucho”, dice Pablo Cerezo, segundo de a bordo de la pequeña librería madrileña.
El barómetro refleja un aumento en el índice de lectura en menores de edad, fundamentalmente entre 15 y 18 años. Desde Los Pequeños Seres, librería madrileña, no cejan en su empeño de captar a los más jóvenes. “Ponemos libros infantiles fuera, en la puerta. Nos parece una posibilidad de que un niño se tropiece con ellos. Que sientan que la puerta está abierta”, dice Patricia Heredia. Su caso es muy particular. Junto a Leonardo Maita abrieron su librería en plena pandemia. Dejaron un primer local en el que se encontraban para reabrir en la Ribera de Curtidores, epicentro cada domingo de El Rastro madrileño. “Tenemos cierto entrenamiento de crisis, porque crecimos en Venezuela”, bromea Patricia. Aunque el suyo sea un caso excepcional, la pandemia también afectó mucho a las librerías. “En el gremio tuvimos mucho miedo, primero como personas y después como comercios, pero nos dimos cuenta en seguida de que la gente respondía fenomenalmente”, recuerda Pablo Bonet.
Pelearle el sitio a redes sociales como TikTok o Instagram parece misión imposible. Para Patricia, “hay que convivir con ellos”. Fenómenos como los booktubers o los bookstagrammers, aquellos que recomiendan libros en redes, dice, ayudan a que los jóvenes lean más. “Es un fenómeno que existe y hay que respetarlo”, opina Paco Goyanes, propietario de la librería Cálamo, una de las más importantes de Zaragoza. Durante el tramo más duro de la pandemia, continuaron con la actividad de manera online con presentaciones de libros, conferencias o la celebración del Día del Libro. Algo parecido a lo que hicieron en On the Road, librería barcelonesa que celebró Sant Jordi en pleno confinamiento. “Es el día más importante para nosotros. En un solo día vendemos lo mismo que en seis meses”, cuenta Mercè Mar. “No atendíamos a la gente, pero seguíamos haciendo paquetes y los enviábamos”. Sobre el uso de redes sociales de los jóvenes en lugar de leer, cree que en las escuelas el abanico de lecturas debería abrirse más. Paco Goyanes también encuentra problemas en la educación lectora. “Se están dejando de leer cosas muy importantes de nuestro corpus literario. En Francia, por ejemplo, hay unas lecturas escogidas que todos los escolares deben leer”, reflexiona.
Hay dos estadísticas cuyo consenso es unánime. El primero es que hay más lectoras que lectores. Un 69,9% de las españolas lee habitualmente, por un 59,5% de los hombres. Patricia y Leonardo reconocen que esto viene pasando hace mucho tiempo. “Nosotros estudiamos literatura y el 90% de nuestros compañeros eran mujeres”, recuerdan. No parece tratarse de una cuestión demográfica. Da igual Madrid, Sevilla o Barcelona, en todos los clubes o talleres de lectura, hay muchas más mujeres que hombres. En los organizados en Los Pequeños Seres en Madrid y en La Casa Tomada en Sevilla los números han sido siempre iguales.
El segundo punto es acerca de los libros electrónicos: según el barómetro, un 29,5% de los lectores reconoce hacerlo en e-book. La librería Tipos Infames, en el barrio madrileño de Malasaña, abrió en 2010, momento en que el libro electrónico era la gran pesadilla para el papel. “Nosotros pensábamos que iba a ser compatible porque hay gente que lee en e-book libros que le pueden interesar menos, y los que más les gusta vienen a comprarlos”, cuenta Gonzalo Queipo, uno de los libreros y propietarios. Con el tiempo, las librerías independientes han visto cómo se trata de otro mercado que no está reñido con el papel.
En definitiva, los resultados del barómetro y las impresiones de los libreros dejan atrás las opiniones más agoreras. Tanto la compra de libros como su lectura aumenta cada año, aunque haya quien bromee, como Gonzalo, sobre que “la gente compra libros, luego ya que los lea es otra cosa”. También deja patente que no hay tal lucha entre formatos, porque leer es siempre bueno, ya sea en papel o en e-book, y que la lectura entre los jóvenes, aún con mucho margen de mejora, va viento en popa.

