Después de la primera entrega de la nueva franquicia de Ryan Murphy, Love Story: John Kennedy Jr. y Carolyn Bessette, una nueva generación descubre a la mujer que nunca quiso ser princesa
Con un legado en la moda y la cultura audiovisual, Carolyn Bessette ya daba el nombre al minimalismo y al lujo silencioso. El lanzamiento de la serie documental sobre la historia de amor entre el desafortunado hijo del presidente y una publicista de Calvin Klein, ha sido fundamental para reescribir su historia.
Tras la serie, la iconografía elegante y precursora de una estética quiet luxury viene para quedarse y para recordar como hubo un antes y un después de una redefinición del uniforme urbano de los años 90. Tras un análisis sobre la realidad del espectador y su conexión tras el revival de la serie, hay un sentimiento nostálgico que quiere no desligarse de lo contemporáneo.
La mujer antes del peso del apellido
A pesar de una determinante etapa en Calvin Klein sobre el estilo definitorio de su imagen pública que se convertiría en icono, Carolyn ya era consciente de la obsesión pública con la figura de los Kennedy y la construcción mediática que la hacia reflexionar sobre si encajaban los mundos de ambos.
Antes de esa vigilancia mediática, antes del apellido, su talento e intuición le permitieron llegar al departamento de relaciones públicas de Calvin Klein, gestionando cuentas VIP. Mientras, en 1992, conoció a John F. Kennedy Jr. En ese momento de exponencial futuro profesional mostró su pensamiento sobre la depuración de la moda minimalista como estilo de vida.
El regreso cultural del minimalismo
Algo que ella llevaba integrado, las siluetas limpias, sin artificiosidad y una paleta de colores prácticamente neutra no era solo estética si no que era su identidad. Muestra como la personalidad audiovisual consolidó su narrativa, con un abrigo negro estructurado, melena suelta e imperfecta y un armario cápsula. Estos son conceptos que hoy en día vuelven a aparecer como una salvación al complejo fast fashion que inunda la sociedad contemporánea.
El resto de su historia, sigue esa línea editorial, sin excesos. Una boda casi secreta y sin espectacularidad. Una década marcada por líneas puras frente a excesos, del maximalismo ochentero. Junto con Carolyn, otras celebridades y firmas eligieron la contención estética que demostraba elecciones del todo modernas. Estas eran Kate Moss, Gwyneth Paltrow, Jennifer Aniston, Prada o Donna Karan.
La serie abre una conversación sobre la humanización de su figura y la fascinación por Carolyn. En este, el relato de su misterio en un mundo saturado de información vuelve como motivación e inspiración. Hablar de ella no es solo hablar de moda, sino también de estilo de vida y postura.
Una postura coherente donde la elegancia coge poder porque no necesita explicación. Tal y como también demostraba con sus nulas apariciones públicas y declaraciones a la prensa. Una sofisticación que no grita.
La trágica historia a manos de Connor Hines
Ryan Murphy, director y productor estadounidense de American Horror Story y de tantas buenas producciones, ya había probado la estrategia de dejar la dirección en manos de gente joven, y en este proyecto no iba a ser menos. La persona que llega a dirigir esta serie como adaptación de Once Upon a Time: The Captivating Life of Carolyn Bessette-Kennedy de Elizabeth Beller, es realmente Connor Hines.
Se trata esencialmente de una biografía de la relación y su reflejo mediático. Aún así, Hines consigue una representación poderosa de un estilo conjunto entre la familiaridad de las producciones de Murphy y el objetivo principal de la producción de esta serie.
Con una banda sonora sensible y genuina, compatible con la historia. Una elección por parte del equipo de MockUP y mezcladores en postproducción. Estos consiguen acompañar con la música al tono melodramático de la visión del director. La imagen es limpia y acompaña el tema y el tono central de la serie. Muestra así como la edición y equipo técnico es simplemente esencial. Así conseguir que lo que ocurre dentro de la cabeza del equipo directivo el espectador así lo consuma.
Aunque sufre de clichés dentro de su guion o salidas de conversación que no parecen coherentes con la época, la representación de los papeles es una operación de nivel. Contando son Naomi Watts, Sarah Pidgeon, Paul Anthony Kelly y Grace Gummer, que consiguen hacer de algo sobrenatural a un parecido del todo real.


