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Las mujeres sostienen la moda, pero el poder sigue sin ser suyo

Aunque representan la mayoría de la fuerza laboral y del consumo en el sector, las mujeres continúan infrarrepresentadas en los puestos de decisión de la industria de la moda

Aunque las mujeres sostienen gran parte de la industria, el acceso al poder sigue estando marcado por una notable desigualdad. El sector continúa mostrando una brecha entre quienes impulsan la moda y quienes toman las decisiones.

A primera vista, la industria de la moda parece un territorio femenino. Las aulas de diseño y las redacciones de revistas están llenas de mujeres, y las consumidoras son el motor principal del mercado. Sin embargo, cuando se observa quién toma las decisiones, la imagen cambia.

La moda es, paradójicamente, una industria feminizada en la base, pero masculinizada en la cima. Y ahí surge una pregunta clave: cuando las mujeres alcanzan posiciones de poder en este sector, ¿transforman las reglas o simplemente aprenden a actuar dentro de ellas?  

Una industria de mujeres… dirigida por hombres

Los datos reflejan una contradicción estructural. Aunque la mayoría de los trabajadores en el mundo de la moda son mujeres, su presencia disminuye a medida que se asciende en la jerarquía. Estudios sobre industrias creativas muestran que las mujeres siguen estando infrarrepresentadas en puestos de liderazgo, a pesar de su alta participación en niveles iniciales.

En el sector de la moda, esta desigualdad es especialmente visible. Menos del 25% de los puestos de liderazgo están ocupados por mujeres, y en grandes marcas de moda, el porcentaje de directoras creativas es aún menor. Esto desmonta una idea muy extendida: que la moda es “un mundo de mujeres”. En realidad, es un mundo donde las mujeres trabajan… pero no siempre deciden.

El llamado techo de cristal sigue operando con fuerza en la moda. Se trata de una barrera invisible que dificulta el acceso de las mujeres a posiciones de poder, incluso cuando tienen la formación y la experiencia necesarias. A diferencia de sectores más tradicionales donde la desigualdad puede ser más evidente, en las industrias creativas se disfraza bajo la apariencia de meritocracia, talento y creatividad. Sin embargo, los datos cuentan otra historia. Las mujeres acceden en menor medida a roles ejecutivos, tienen menos oportunidades de promoción y enfrentan estereotipos persistentes sobre su capacidad de liderazgo. Además, existe lo que algunos estudios denominan el “broken rung”, el primer escalón hacia puestos de gestión donde muchas mujeres quedan bloqueadas, lo que reduce drásticamente su presencia en niveles superiores.

El documental The September Issue (2009) ofrece una ventana privilegiada a esta realidad. A través de la figura de Anna Wintour, editora jefe de Vogue, se presenta uno de los casos más icónicos de poder femenino en la moda. Wintour es, sin duda, una de las mujeres más influyentes del sector. Su autoridad es incuestionable. Decide tendencias, define estéticas y marca el ritmo de la industria. Pero el documental no la presenta como una figura liberadora, sino como alguien profundamente integrado en el sistema. Como señala la crítica, la película no la idealiza ni la demoniza, sino que muestra las tensiones entre creatividad y lógica comercial.

Poster del documental The September issue | Fuente: Filmaffinity

La relación con Grace Coddington, directora creativa, es especialmente reveladora. Mientras Coddington representa una visión más artística y emocional de la moda, Wintour encarna la lógica del negocio, la disciplina y el control. Este contraste pone de manifiesto una cuestión clave: incluso las mujeres más poderosas operan dentro de estructuras que no han diseñado ellas.

El caso de Anna Wintour ilustra una tensión central en el feminismo contemporáneo: ¿tener poder implica necesariamente transformar el sistema? En muchos casos, las mujeres que alcanzan posiciones de liderazgo lo hacen adaptándose a normas previamente establecidas, muchas de ellas de origen patriarcal. Esto incluye estilos de liderazgo más duros, competitividad extrema y una presión constante por demostrar autoridad. Además, investigaciones recientes señalan que las mujeres líderes suelen ser percibidas como menos “orientadas al negocio” o menos capaces de generar beneficios, lo que limita su acceso a roles estratégicos. En otras palabras, incluso cuando llegan arriba, su legitimidad sigue siendo cuestionada.

La pasarela de cristal: visibilidad sin reconocimiento

En el ámbito específico de la moda, algunos estudios han desarrollado el concepto de glass runway. Este término describe una paradoja: aunque la moda es un sector altamente feminizado, los hombres —especialmente diseñadores— reciben más reconocimiento, premios y visibilidad que las mujeres. Es decir, las mujeres están presentes, pero no son las que ocupan el centro del relato. Esto se refleja también en los grandes nombres de la moda: muchas casas de lujo han estado históricamente dirigidas por hombres, incluso cuando diseñan para un público mayoritariamente femenino.

Cuando el liderazgo llega en tiempos de crisis

Otro concepto clave es el de glass cliff (acantilado de cristal). Se refiere a la tendencia a nombrar a mujeres en posiciones de liderazgo en momentos de crisis, cuando el riesgo de fracaso es mayor. Esto significa que, incluso cuando rompen el techo de cristal, muchas mujeres lo hacen en condiciones más difíciles, con menos margen de error y mayor exposición al fracaso. En la moda, donde las marcas están sometidas a cambios constantes y alta presión comercial, este fenómeno se vuelve especialmente relevante.

Cultura laboral: desigualdad persistente

Más allá de los puestos de liderazgo, las condiciones laborales en las industrias creativas siguen reflejando desigualdades de género. Encuestas recientes indican que casi 7 de cada 10 mujeres en industrias creativas han experimentado acoso o comportamientos tóxicos en el trabajo. Esto revela que el problema no es solo estructural, sino también cultural.

Las dinámicas de poder, la precariedad laboral y la falta de mecanismos de denuncia contribuyen a mantener entornos donde las mujeres siguen siendo más vulnerables. La moda ha sido durante décadas un espacio asociado al empoderamiento femenino: expresión, creatividad, identidad… Sin embargo, cuando se analizan sus estructuras internas, surge una realidad más ambigua. Las mujeres participan, crean, consumen… pero no siempre controlan. Y cuando lo hacen, a menudo deben adaptarse a un sistema que no ha sido diseñado desde una lógica feminista, sino empresarial, jerárquica y, en muchos casos, patriarcal.

Centrar el debate únicamente en figuras individuales, como Anna Wintour, puede ser engañoso. El problema no es si una mujer concreta tiene poder, sino cómo funciona el sistema en su conjunto. Mientras las estructuras de decisión, los criterios de éxito y las dinámicas laborales no cambien, la presencia de mujeres en puestos de liderazgo seguirá siendo limitada.

Un cambio aún pendiente

La industria de la moda se encuentra en un momento de transición. Cada vez hay más conciencia sobre la desigualdad de género, más debates sobre representación y más presión por cambiar. Sin embargo, los avances son lentos. La paradoja persiste: una industria construida sobre el trabajo y la creatividad de las mujeres, pero donde el poder sigue concentrado en manos masculinas o condicionado por normas patriarcales.

Quizá la cuestión no sea si las mujeres tienen poder en la moda, sino qué tipo de poder es ese. Un poder que, en muchos casos, no rompe las reglas, sino que aprende a moverse dentro de ellas. Y ahí es donde surge la verdadera pregunta: ¿Puede la moda transformarse desde dentro, o seguirá siendo un espacio donde las mujeres participan masivamente… pero solo algunas llegan a decidir, y siempre bajo condiciones que no han elegido?

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