El amor es un OVNI
Hay títulos que funcionan como un «pasen y vean», como una invitación a entrar en la obra. Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos es uno de ellos. Esta propuesta, escrita y dirigida por María Velasco, ha vuelto esta temporada a Nave 10 Matadero en Madrid.
El reconocimiento de la obra en los principales premios teatrales ha confirmado su impacto en la escena española. En los Premios Godot 2025, obtuvo el premio a Mejor Actriz y fue además nominado en las categorías de Mejor Espectáculo, Mejor Dirección y Mejor Autoría. En los Premios Talía 2026, el reconocimiento volvió a hacerse visible con tres nominaciones: Mejor Espectáculo de Teatro, Mejor Dirección de Escena para María Velasco y Mejor Actriz Protagonista para Maricel Álvarez.
Si bien esta obra cuenta con un gran currículum, hay cosas que solo se pueden entender cuando se apagan las luces. En este caso, sin embargo, la función empieza a explicarse mucho antes.
Un viaje a lo desconocido (o no tanto)
Desde que se cruza la puerta de la sala, algo cambia. El espacio introduce al espectador en una atmósfera donde lo extraño y lo cercano se entrelazan. La ciencia ficción y la realidad van de la mano. Y es precisamente en ese territorio, a medio camino entre lo insólito y lo cotidiano, donde se instala la obra.
Se apagan las luces y aparece Maricel Álvarez. Todavía no lo sabemos, pero durante la próxima hora y media, será ella quien nos atrape. Será quien nos haga entender que «hay acontecimientos cuya probabilidad es tan pequeña que parecen ciencia ficción». Acontecimientos que, en ocasiones, reciben un nombre que todos conocemos: amor, enamoramiento.
La protagonista cumple los cuarenta y, después de una ruptura, contra todo pronóstico, vuelve a enamorarse. María Velasco lo asemeja a una abducción, a un evento sobrenatural. La llegada de lo desconocido irrumpe en su vida y es una forma de mirarse a sí misma. Una forma de enfrentarse al miedo de perder esa distancia de seguridad que nos separa y nos protege de los otros. De esos otros que percibimos como objetos no identificados.

Una presencia que lo ocupa todo
Maricel hace suyo el sublime texto de la directora, marcado por una gran riqueza poética y un humor que lo atraviesa y aparece en los lugares más inesperados. En sus manos, los silencios se convierten en palabras y las palabras, en silencios. Durante una hora y media, el escenario le pertenece. Solo existe ella. Y nada más que ella.
Pero Maricel no está sola. Carlos Beluga aparece como un segundo cuerpo sobre el escenario, actor, músico y bailarín, que acompaña y completa a la protagonista. Ambos, se miran, bailan e interactúan desde planos que parecen distantes, pero que acaban por colisionar.

La obra se reviste de irreverencia, pero bajo ella se esconde una profunda crítica social. El ghosting, el stalkeo, el zombing, parecen haberse convertido en parte de las dinámicas que rodean al amor contemporáneo. Por eso, cuando finalmente «el otro» aparece, su presencia adquiere la magnitud de un avistamiento, de un acontecimiento absolutamente extraordinario.
Si bien el amor es el eje central, la obra aborda otros temas que inundan nuestro presente: una inteligencia artificial que reproduce nuestra psicopatía humana, la desafección, la precariedad, nuestra forma de mirar y relacionarnos con el otro.
Escenografía, diseño sonoro e iluminación
En esta propuesta todo encaja con precisión. La escenografía apuesta por la sencillez, una cama, una terraza/invernadero y un escenario. No se necesita más. Cada elemento se dispone para dejar espacio a lo verdaderamente importante: la historia.

El texto dialoga con otros lenguajes como la danza, coreografiada por Josefina Gorostiza. Ambos protagonistas, a través de sus movimientos y de su presencia escénica, parecen bailar algo difícil de nombrar: el vértigo, el deseo, el descubrimiento del otro. A ello se suma un cuidadoso trabajo de luces y sonido. Diseñado por Pilar Valdelvira y Tagore González respectivamente, te hace sumergirte en el relato y alcanzar ese estado de suspensión en el que parecen habitar los que acaban de descubrirse enamorados.
Especial protagonismo adquiere sobre todo el diseño sonoro, con David Bowie como particular capitán de este viaje y la música en directo interpretada por Carlos Beluga. Todo funciona como un conjunto, sin fisuras, de una belleza peculiar y magnética.
Esta obra es una oda a la intensidad. Es un recordatorio de que, en ocasiones, es necesario saltar al vacío. Se trata de una función que podría ser la definición de teatro. Es, en sí misma, una abducción que te acaba devolviendo tu propia mirada y a la que, como ocurre con aquello que realmente te conmueve, querrás volver una y otra vez.
El verdadero evento extraordinario no es enamorarse, sino atreverse a que lo desconocido se convierta en conocido.
Una segunda oportunidad
Como la dramaturga Pilar G. Almansa reza «quienes se quedaron sin verla hace dos temporadas tienen ante ellos también un acontecimiento poco frecuente: una reposición». Una oportunidad que conviene aprovechar porque quedan pocos días. Estará en Madrid hasta el 20 de septiembre.
Las funciones restantes estarán protagonizadas por María Jáimez, pero la materia prima permanece: un texto de enorme riqueza, lleno de humor y sensibilidad, que merece ser escuchado, sentido y vivido. Porque hay obras que encuentran en cada intérprete una nueva forma de llegar al público.


