Bajar la Luna ya no es una metáfora: la misión Artemis II y el rastro de amor que la humanidad ha dejado en el cosmos
Todos, en conjunto. Como humanidad, como seres humanos. Así fue como conseguimos, estar a más de cuatrocientos mil kilómetros del planeta Tierra por primera vez.
Pero quien verdaderamente marcó un antes y un después fue el comandante de la nave Orión de la misión Artemis II: Reid Wiseman. Tras cuarenta minutos incomunicados, explorando la cara oculta de la Luna, la única que no habíamos conseguido ver hasta ahora, los cuatro astronautas de la misión descubrieron nuevos cráteres. Algunos más singulares que otros.
Pero lo importante aquí es que uno de ellos ya lleva el nombre de Carroll. Si aún no os suena la historia —raro sería—, fue la que contó el astronauta canadiense Jeremy Hansen una vez pudieron comunicarse.
Wiseman, apoyado por todos su compañeros, decidió rendir homenaje a su mujer, fallecida hace años a causa de un cáncer. El mismo día que Orión despegó, ya vimos un gesto del comandante que servía de antecedente para «enamorarse» de él y de sus acciones. La famosa despedida en forma de corazón que dedicó ante la cámara a sus hijas, Katie y Ellie.
Un corazón para sus hijas antes de despegar y un cráter del satélite en honor a su mujer. Un acto de amor que hace que ahora, todas, queramos que nos bajen la luna, como Reid hizo con Carroll.
Personalmente, me resulta complicado no involucrarme sentimentalmente en la misión. Como he dicho antes, estamos haciendo historia. Ellos están escribiéndola, ahora mismo, y en parte también es nuestra historia. La de todos.
Solo por lo que significa el proyecto para mí ya supone un hecho relevante. Pero hay algo que la ensalza más aún: el amor. Un amor similar al que pudimos ver reflejado en la película Interestellar (2014). El amor que siente Reid por su mujer, aun estando en mitad de una operación especial.
El amor que sienten los compañeros de Reid, los demás astronautas, cuando predican y escuchan su historia y lo abrazan porque apoyan tal acto de devoción. El amor que mantienen entre ellos, conviviendo diez días juntos por y para todos nosotros. El amor que Víctor y Jeremy sienten hacia sus hijos, o el amor que Christina tiene hacia su marido.
El amor de todos los que están en el peluche que sostenía Christina hace días gracias al trabajo de los demás, para que sus nombres hayan viajado a la luna. Y nuestro amor por la unión que estos cuatro astronautas han generado en toda la humanidad. Pequeños grandes actos de amor que, junto con esta misión, hacen que mantengamos la esperanza. Como mujeres, como hombres, como sociedad.


