Pongamos que hablo de Madrid

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Estamos hablando de un clásico de la cultura musical y social de la vida de Madrid y creo bien traído porque en estas elecciones del 4 de mayo a la Comunidad de Madrid entramos de lleno en un clásico. Un clásico porque al igual que la canción de Sabina, viene a representar todos los estereotipos, de un modo de hacer política cada vez menos disimulado que vendría a profundizar en el período pospolítico. Pero ahora si cabe, con una vuelta de tuerca más, donde no solo se prioriza el modelo de política de mercado sustentado en un Estado liberal, sino que tendríamos que hablar de las formas.

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Formas, apariencias no disimuladas del idiota (poco inteligente, muy simple cognitivamente hablando). Ahí estriba parte y sentido de lo que convengo a aportar, lo pospolítico hoy ya no es solo una cuestión de pensamiento y acción política única como lo popularizó a finales de los 90 Ramonet, sino más bien al hecho de introducir una teatralización, un darse permiso, autodescubrimiento de tus potencialidades como “el político-campechano” recogiendo la máxima de…  una política de aquí para los de aquí (Ad hoc).

Aclarar que entendiendo la política como ese ejercicio de poner sobre el espacio público lo común de todos/as e intereses comunes. Ahora bien… ¿tenemos los mismos intereses? Pregunta retórica que solo hace enfatizar el hecho de que no es así y por ello el modo de entender la necesidad política de lo común ha generado, genera y generará modelos e ideas de organización social distintas, creándose antagónicos discursos por una competencia de poder decidir sobre lo común y sobre prioridades de lo común.

De ahí y retomando al político campechano, algo es innegable, la derecha y sobre-manera el PP en la Comunidad de Madrid ha sabido leer el nuevo papel del político y que estaría representado no tanto por un personaje construido, sino que lo que presentan como personaje es una yo misma y que se nutre de mí, de todo lo que yo tengo. Sería algo así como sacar todo aquello que se es, sin filtro y sobre todo juicio alguno. Lo que convengo, queda perfectamente plasmado en el clown al más puro del término estadounidense y que en algunos aspectos pudo representar Trump. Pero… ¿qué vendría a significar?

En principio, que el político posmoderno es una construcción basada en emociones, energía y sobre todo experiencias… experiencias del tipo que sean. De ahí, la importancia de saber leer, en su justa medida que la figura del político-clown viene a representar a una mayoría que, en lo personal, emocional e incluso porque no, simpleza se siente cómodo/a con esa figura. Podría ser que en inicio ideológicamente hablando no se sientan identificado con ella, pero esa poshumanidad de “digo lo que bien me viene y conviene sin más”, termina mimetizando el aquí y el ahora de una masa con menos sentido de sociedad y más sentido de necesidad.

El modelo clown se encuentra perfectamente representado por el PP en Madrid y la figura ha venido para quedarse en una era “pos-pospolítica”, que insisto, la derecha ha sabido leer. Capaz de reírse de todo aun no teniendo humor alguno y sin miedo alguno a hacer el ridículo. Es más, estimo que la intención en estos casos puede estar perfectamente orquestada en línea a cuanto más simple y ridícula, más piedad por parte de la masa y mayor rentabilidad electoral. La inmediatez de un producto fácil de entender y sobre todo de empatizar. “Es así, natural y habla desde sus emociones e ideas, no esconde nada”. Un producto tomado de la vieja escuela que han sabido reciclar y les está funcionando. El arte de darse permiso en reconocerse en las simples y funcionales emociones, burda realidad de un ciudadano cada vez menos acomplejado de su sin razón y por qué no, desconocimiento y/o ignorancia. Pues lo importante no es el conocimiento en sí, sino la capacidad de creer en mis posibilidades de que conozco al margen de mi formación. El conocimiento no se adquiere, entonces, sino que está en nosotros y dependerá de la fuerza y fe que yo tenga en mí mismo y en defender mis conocimientos, incluso la ciencia podría dejar de tener sentido pues todo está en mí, la verdad soy yo. Y me tengo que ir acercando afiliando con aquellos/as que coinciden en mis premisas cognitivas (ejemplo paradigmático sobremanera sería un Bosé).

Pues bien, una vez más la izquierda ha quedado relegada y no solo esto, sino que ha ido detrás de la Clown. En primer lugar, nos encontramos con una izquierda desubicada ante el nuevo modelo en el que nos desenvolvemos, un indignado que abandona su malestar social y se refugia en un cabreo individualista, inmediato y casi de supervivencia animal y respuesta. Segundo una izquierda confusa con su devenir sin olvidarse de su pasado, pero a la vez teniendo que tomar decisiones rápidas y sobre todo adaptarse a un tiempo que cambió. Pues… ¿cómo explicar la felicidad hegeliana del esclavo, sin ofender?

Y que me hace redundar… ¿Y la izquierda? La izquierda… o no ha sabido o no ha querido entender, para el caso es lo mismo su mismidad. Una dificultad de calado identitario que la cosifica. Como señalé un pasado que genera confusión, junto a un metalenguaje en el que se ha dedicado más tiempo a decir lo que no es, obviando e incluso olvidando lo que es. Consecuencia de haber asumido lo que otros dicen que eres e incluso reportando una auto-adquirida indefensión.

Sin olvidar la cierta obligación intelectual y moral de tener que transmitir su ser y esencia a través del método, la metodología para la izquierda siempre ha sido una necesidad, necesidad que en la inmediatez del aquí y del ahora se ha visto superada, pues, sin entrar en la evidencia de la crítica del Clown, la izquierda debe aprender y sobre todo asumir las fijezas de unas dinámicas de la comunicación que han venido para quedarse. La idea de tener claro el mensaje a lanzar y lanzarlo con la fuerza de la razón precisa y donde sean otros los que tengan que dar explicaciones.  No se ha producido.

Lo que nos dirige a una representatividad otorgada de quien, también, ha venido dudando si sus supuestos representados, quieren ser representados, y que nos pierde ante… ¿cuál sería el sujeto a representar?  Y es que cuando la complejidad se asemeja o percibe como complicado y admites que la simpleza es algo imposible de asumir desde la izquierda, genera cierta desazón, lo que me sugiere ¿el compromiso, la solidaridad o la igualdad no puede ser si no simple, al menos sencillo? Es más…especialmente bello, sencillamente atractivo en su propia mismidad. ¿De eso se trataría?

Evidentemente la transformación de un tiempo que la derecha no solo dispone y ostenta, sino que señala y marca la mirada de una izquierda intentando explicar un devenir escrito por otros mientras, la izquierda espera a Godot. Y es que la política del Clown ha sabido anteponer la práctica a la teoría y desde ese rol viene a representar a todo o casi todo tipo de sujeto. Pero… ¿cabría posibilidad?, ¿todos los Clowns tienen los mismos y comunes intereses? Y sobre todo… ¿hablamos solo de Madrid?

José Turpín Saorín.

Antropólogo, filósofo y profesor asociado de la UMU.

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