Gaza a través de las palabras de quienes conviven con el horror
Yuval Abraham y Rachel Szor componen un documental tan absorbente como demoledor que reconstruye, a través de los testimonios de miembros del propio ejército israelí, los mecanismos de un sistema de violencia y devastación contra la población palestina.
La representación del horror nos plantea una paradoja difícil de resolver: ¿cómo mostrar aquello que desborda nuestra capacidad de querer comprender? ¿Cómo convertir en relato una realidad que parece resistirse a cualquier forma de narración? Naza se aproxima a esta contradicción desde distintos lugares, aunque encuentra su punto de partida en la cercanía a través del testimonio directo.
El documental se aferra a la realidad, a la necesidad de escuchar a quienes han participado directamente en la matanza de civiles palestinos y, especialmente, presenta la obligación de dar forma a aquello que, por su propia naturaleza, resulta intolerable.
Veinticuatro militares y agentes de la inteligencia israelí reconstruyen sus experiencias sin que sus palabras lleguen a convertirse en una confesión. A lo largo del metraje se describen los actos que han cometido, revelando la dimensión de una violencia que los compromete individualmente y que apunta a una responsabilidad mucho más amplia.
Sus testimonios hablan de las víctimas. Pero también de quienes observan, escuchan y permanecen al margen. La derrota moral que atraviesan sus relatos no pertenece únicamente a quienes aparecen en pantalla, sino que también nos alcanza a nosotros como espectadores.
Naza no es solo una película sobre la imposibilidad de representar el horror. Es una obra sobre el vacío que deja una realidad cuando quienes la protagonizan han aprendido a convivir con ella.
En las imágenes nocturnas en las azoteas de Tel Aviv, las palabras se suceden entre pausas, interrupciones y silencios que parecen contener aquello que los testimonios no consiguen expresar. Se habla de destrucción, de muerte y de sufrimiento. Mientras, la ciudad continúa con su ritmo habitual.
El tráfico, las sirenas y los sonidos de la vida urbana acompañan unas voces que describen lo inimaginable. De esa convivencia entre el relato y lo que queda fuera de él nace un reportaje periodístico llevado a la gran pantalla que encuentra en lo que no muestra una de sus formas más contundentes de expresión.

Una perspectiva única: los responsables
En 2024, No Other Land, dirigida por Basel Adra, Hamdan Ballal, Yuval Abraham y Rachel Szor, consiguió situar ante la mirada internacional la violencia ejercida por el ejército israelí contra la población palestina en Cisjordania. Aquel documental seguía de cerca el acoso, la destrucción de viviendas y el desplazamiento de comunidades enteras, construyendo un testimonio tan preciso como difícil de soportar.
Sin embargo, esta vez la cámara no acompaña a quienes sufren directamente las consecuencias. Naza escucha a quienes han participado en las operaciones militares y de inteligencia. Busca desentrañar el funcionamiento de la maquinaria atroz que opera en los ataques directos a la Franja de Gaza y que matan a civiles palestinos.
Por tanto, si No Other Land mostraba las consecuencias de un sistema sobre la vida cotidiana de la población palestina, Naza se adentra en los mecanismos y los discursos de quienes forman parte de él. La perspectiva cambia, pero la violencia que atraviesa ambos relatos permanece en el centro.
Los testimonios no responden a una misma disposición moral. Algunos de los entrevistados parecen experimentar cierta incomodidad al recordar sus acciones. Otros describen sus intervenciones con una frialdad que convierte lo macabro en una tarea o misión más.
Uno de los episodios expuestos en la película relata cómo una operación dirigida contra un supuesto miembro de una organización terrorista podía acabar provocando la muerte de cientos de personas ajenas al objetivo. No se trata de una excepción aislada dentro del discurso del documental. Es una muestra de la distancia que puede abrirse entre la justificación militar de una operación y sus consecuencias humanas.
El significado del lenguaje
Además, el propio título ‘NAZA’ remite al término utilizado para designar los llamados «daños colaterales». Una expresión burocrática que transforma la muerte de personas en una categoría administrativa.
El lenguaje adquiere así una importancia decisiva. Las palabras no solo describen lo ocurrido, sino que también pueden contribuir a hacerlo tolerable para quienes participan en ello. Mientras las voces reconstruyen las operaciones, el documental retorna una y otra vez a las calles de Tel Aviv. Vuelve a sus edificios iluminados y a la aparente tranquilidad de una ciudad que no detiene su actividad.
La distancia entre esa normalidad y la devastación de Gaza constituye una de las imágenes más inquietantes del documental. Una contradicción que evoca la reflexión de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. Refleja la posibilidad de que actos de una crueldad extrema se integren en la rutina y se ejecuten sin que quienes los llevan a cabo lleguen a cuestionar plenamente su significado moral.
De esta forma, se trata de reconocer la inquietante familiaridad con la que la violencia puede incorporarse a los mecanismos cotidianos de una sociedad. El documental obliga así a preguntarse cómo puede coexistir una rutina aparentemente intacta con la destrucción que se desarrolla a tan solo sesenta kilómetros en la Franja de Gaza.

A medida que avanza el metraje, los testimonios dejan de limitarse a reconstruir operaciones y decisiones concretas. En su lugar, se adentran en el terreno de la responsabilidad individual.
Cada entrevistado afronta de una manera distinta la posibilidad de reconocer las consecuencias de sus actos. Por ejemplo, uno de ellos recuerda la satisfacción que podía producirle su trabajo. De hecho, llega a compararlo con un videojuego, una actividad desarrollada en un espacio confortable y alejado físicamente de las personas que sufrían sus efectos.
Otro se presenta como un funcionario que cumplía con las obligaciones propias de su puesto, como si la pertenencia a una estructura institucional bastara para diluir cualquier responsabilidad personal. En otro momento, un testimonio establece una relación entre la visita a un antiguo campo de exterminio en Polonia y la comprensión de lo que estaba sucediendo en Gaza.
Esta comparación resulta muy interesante. Introduce una fractura en el discurso y obliga a contemplar las consecuencias de trasladar la memoria histórica al presente.
La paradoja de la imagen
El documental no necesita resolver esa contradicción mediante una explicación externa. Le basta con dejar que las palabras se expongan a sus propias implicaciones. En una de las escenas, al fondo, la Cineteca israelí proyecta Shoah, la monumental película de Claude Lanzmann sobre el Holocausto.
La presencia de esa obra dentro del paisaje cotidiano de Tel Aviv abre una relación incómoda entre la memoria de un exterminio pasado y los testimonios que Naza recoge sobre la violencia contemporánea contra la población palestina. El pasado aparece, de este modo, no como una referencia distante, sino como una pregunta que interpela al presente.
La relación con Shoah permite comprender mejor las decisiones formales del documental. Lanzmann defendió que la destrucción de los judíos europeos no podía reducirse a una colección de imágenes. Aunque documentan fragmentos de la atrocidad, son incapaces de abarcar plenamente la experiencia de quienes la padecieron y los mecanismos que la hicieron posible. Representar el horror implica, por tanto, enfrentarse a los límites de la propia representación.
Décadas después, el cineasta británico Jonathan Glazer abordó una tensión similar en La zona de interés. Una película que retrata la vida doméstica de Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, y su familia, cuya cotidianeidad transcurre junto a los muros del campo de concentración. La violencia permanece fuera del encuadre, pero nunca desaparece del relato. Su ausencia visual, lejos de atenuar el horror, lo convierte en una presencia constante que irrumpe en la aparente normalidad de la vida familiar.
Naza encuentra una vía propia para abordar esa misma dificultad. La destrucción de Gaza ha quedado registrada en innumerables fotografías, vídeos y testimonios. Sin embargo, la acumulación de imágenes no garantiza que el sufrimiento llegue a comprenderse en toda su dimensión.
La exposición reiterada a la violencia puede incluso convertirla en una sucesión de escenas que se consumen y se olvidan. Frente a esa saturación visual, el documental opta por los rostros ocultos, las voces y los espacios nocturnos.
No pretende sustituir las imágenes de las víctimas ni establecer que estas carezcan de valor, sino explorar otra forma de acercarse a una realidad cuya magnitud desborda cualquier representación aislada.

El silencio ante la masacre
En Naza, el silencio no constituye una pausa entre dos revelaciones, sino una parte esencial del relato. Los entrevistados hablan durante buena parte de la película, describen procedimientos, recuerdan decisiones y justifican comportamientos, pero sus palabras dejan siempre algo pendiente.
Los silencios que aparecen entre unas declaraciones y otras abren un espacio en el que las explicaciones parecen insuficientes. Es ahí donde la película encuentra buena parte de su potencial, registrado en la distancia entre aquello que los protagonistas son capaces de contar y aquello que sus relatos no consiguen resolver.
La noche de Tel Aviv, con sus calles iluminadas y su circulación constante, prolonga esa contradicción más allá de los testimonios. La ciudad sigue existiendo mientras las voces reconstruyen los acontecimientos de Gaza. La vida continúa, los vehículos avanzan y las luces permanecen encendidas.
Nada de ello demuestra por sí mismo una indiferencia colectiva, pero la yuxtaposición obliga a pensar en las condiciones que permiten que la normalidad persista junto a una violencia de semejante magnitud.
Además, el documental convierte esa convivencia en dos preguntas morales que no termina cuando aparecen los créditos. ¿Qué sucede cuando la destrucción de otras vidas deja de alterar el ritmo de la propia? ¿Qué responsabilidad existe en las instituciones, en los individuos y en las sociedades que encuentran la manera de seguir adelante?
Naza no ofrece respuestas sencillas ni clausura esas preguntas con una conclusión tranquilizadora. Su mérito consiste en mantenerlas abiertas, en obligarnos a escuchar hasta el final y en recordar que, a veces, el horror no se manifiesta únicamente en aquello que vemos, sino también en la normalidad con la que aprendemos a vivir a su lado.


