Que una entrada para ver al equipo de tu ciudad cueste 40 euros o que la camiseta de un equipo de media tabla de Segunda División valga 80 no es casualidad. En los últimos años, el deporte rey se ha vendido al mejor postor: el dinero
En un fútbol cada vez más globalizado y capitalizado, el deporte en sí ya no es el factor más importante. Todas las decisiones tomadas por las grandes organizaciones de esta disciplina dependen de las inversiones y los beneficios que puedan conseguir.
La Ley Bosman y el aumento de los fichajes
La Ley Bosman del año 1995 se considera el comienzo del fútbol moderno. Fue la gota que desequilibró la balanza entre el anterior fútbol, en favor de los aficionados, y el actual, en favor de los grandes empresarios.

¿Y quién gana si se producen políticas como las de la Ley Bosman? Pues los de siempre. Los Real Madrid, Manchester United o Juventus que pueden tener en ficha a una cantidad enorme de jugadores para después quedarse con los más destacados. ¿Y quién pierde? Los de siempre, también. Los equipos más pequeños, con una cantera más ajustada y de la que los mejores jugadores, que en otra época jugarían en su primer equipo, son fichados por una mejor entidad con apenas 14 o 15 años.
La década de los 90 también dio lugar a que las marcas de ropa, como Nike o Adidas, comenzaran a hacer spots de marketing. El gasto en cada mercado de fichajes comenzaba a subir y jugadores como Ronaldo o Shevchenko ya tenían precios superiores a los 20 millones de euros actuales.
Corrupción en la FIFA
Otro ejemplo de la importancia de los billetes verdes son los mundiales recientes y sus sedes. Corea y Japón, Rusia o Qatar no son lugares en los que el fútbol sea un deporte demasiado importante, pero todos estos países querían darse más a conocer a cambio, obviamente, de mucho dinero para la FIFA. No sirvieron los más de 6500 trabajadores fallecidos en las construcciones de los estadios qataríes ni las continuas amenazas a las mujeres o a la comunidad LGTB por parte del país anfitrión para que la organización mundial diese marcha atrás a celebrar, por primera vez, el Mundial en un lugar en el que no se cumplen los derechos humanos.
Michael Platini, Joseph Blatter o Ángel María Villar fueron piezas fundamentales en las elecciones de las sedes de los mundiales del siglo XXI. Digo fueron porque, tras conocerse que estaban implicados en casos de corrupción, estuvieron inhabilitados de sus cargos como presidentes de la FIFA, de la UEFA y de la RFEF, respectivamente.
¿De qué equipo tienes que ser?
En el fútbol moderno es más difícil que haya sorpresas y, por lo tanto, siempre suelen ganar los mismos. ¿Quién se puede imaginar que un equipo mediocre de la Liga pueda luchar por algo grande? Yo no y espero que tú tampoco, porque no va a pasar.
Al provocar esto, lo más común es que la gran mayoría de las personas que sigan este deporte se aficionen a los equipos con más títulos, porque “es lo fácil”. Si asumimos que cada vez hay más aficionados de estos equipos y le sumamos que hay muchos periodistas predicando que es mejor ser del Madrid o del Barcelona a ser del Rayo o del Espanyol, las aficiones de equipos históricos de lugares con poca población están en decadencia.
😯🌟 "Si no eres de ningún equipo; un consejo… HAZTE DEL MADRID y serás MÁS FELIZ"
📺 Tremendo inicio de @jpedrerol en #ElChiringuitoDeMega pic.twitter.com/LhN5uiHmvy
— El Chiringuito TV (@elchiringuitotv) February 21, 2023
No dudo que sea muy bonito ganar una Champions League o conseguir tres ligas consecutivas, pero no es mejor que ascender de categoría en el último minuto o salvarte del descenso porque tu rival directo no haya conseguido ganar. Emociones como esas no se consiguen en los grandes equipos.
No parece que la esencia del viejo fútbol se vaya a recuperar nunca, ni que el dinero deje de ser en algún momento lo más importante. Lo único que está en nuestra mano es seguir apoyando a los equipos humildes y salir a las canchas de los barrios a jugar una pachanga con los amigos. Contra eso, el dinero no va a ganar nunca.


