El Barça puede defender sus raíces sin dar la espalda a quienes llevaron su camiseta hasta la cima del fútbol mundial
Hay veces en las que una decisión del club que quieres duele más de lo que debería. Esta es una de ellas. Soy culé, profundamente culé, y precisamente por eso me entristece contemplar cómo el FC Barcelona ha decidido no homenajear a sus propios jugadores después de proclamarse campeones del mundo con la selección española.
Una decisión que, más allá de cualquier explicación institucional, resulta difícil de comprender para quienes entendemos que reconocer a nuestros futbolistas por alcanzar la cima del fútbol mundial no debería tener condición alguna.
Lo digo, antes que nada, desde la tristeza. Desde la tristeza de un culé acérrimo que contempla cómo su club, el que siente como propio, ha decidido no homenajear a los jugadores del Barça que acaban de proclamarse campeones del mundo con la selección española.
No hablo desde la indiferencia, ni desde una supuesta superioridad moral, ni desde el desconocimiento de la complejidad identitaria que acompaña al Barcelona. Precisamente porque quiero al Barça, porque conozco y respeto su historia y porque entiendo que en sus gradas caben sensibilidades muy distintas, me duele profundamente esta decisión.
El equipo que más aportó y que menos reconoce
Hay una circunstancia que hace todavía más difícil de comprender la decisión: el FC Barcelona fue el club que más jugadores aportó a la selección española campeona del mundo. Muchos de los futbolistas azulgranas formaron parte de aquella generación que alcanzó la cima absoluta del fútbol internacional y que convirtió un sueño colectivo en una realidad.
Ser campeón del mundo no es un título cualquiera. Es, sencillamente, la mayor distinción a la que puede aspirar un futbolista con su selección. Es el trofeo que millones de niños sueñan con levantar, el que generaciones enteras han perseguido sin conseguirlo y el que convierte a quienes lo conquistan en parte de la historia del deporte.
Por eso resulta difícil entender que el club que más contribuyó a esa conquista no encuentre un momento, un espacio y una fórmula para reconocer a sus propios jugadores. No se les está pidiendo que renuncien a ninguna identidad, ni que abjuren de ninguna convicción política. No se les está pidiendo que conviertan al Barça en algo que no es. Se les está pidiendo algo bastante más sencillo: que feliciten a sus futbolistas por haber sido campeones del mundo.
Una bandera no debería borrar a unos campeones
Quiero ser especialmente claro aquí: respetar la estelada y respetar a quienes la sienten como símbolo de sus aspiraciones políticas no debería estar reñido con celebrar a quienes han alcanzado la gloria deportiva con España.
Hay catalanes independentistas, unionistas, que no quieren saber nada de banderas. Hay barcelonistas que sienten profundamente la identidad catalana y otros que viven el Barça desde una identidad española, catalana, europea o, sencillamente, futbolística. Y todos ellos pueden formar parte de esa extraordinaria amalgama que es el FC Barcelona.
Precisamente por eso me resulta desconcertante que un acto de reconocimiento a los campeones del mundo tenga que ser sustituido por un acto de exaltación de la estelada. Porque una cosa es reivindicar una identidad y otra muy distinta es utilizar esa reivindicación para desplazar a quienes acaban de conquistar uno de los mayores logros deportivos posibles. La estelada merece su respeto. Quienes la defienden, también. Pero los campeones del mundo merecen igualmente un reconocimiento. Una cosa no invalida la otra.
El problema no es la estelada; es el desprecio
Y aquí está el núcleo de mi crítica. El problema no es que el Barça exhiba la estelada, ni que el club reivindique determinadas sensibilidades catalanistas. Tampoco es que quiera expresar políticamente una posición que forma parte de su historia contemporánea. El problema es que, para hacerlo, parezca necesario apartar a sus propios campeones del mundo.
La decisión adquiere así una dimensión que trasciende la mera organización de un acto. Porque cuando se decide que no es el momento apropiado para homenajear a los futbolistas que han conquistado el mundial, pero sí lo es para organizar un acto de exaltación de una bandera política, resulta inevitable preguntarse cuáles son las prioridades del club. Y la respuesta, sinceramente, entristece.
Quizá alguien considere que homenajear a unos campeones del mundo es una cuestión menor. Quizá desde determinados despachos se piense que basta con explicar que «no se da en el contexto» adecuado. Qué expresión tan pulcra, tan institucional, tan cuidadosamente aséptica para describir algo que, para muchos aficionados, se parece demasiado a un desplante.
Porque a veces la retórica sirve para maquillar decisiones que, despojadas de sus palabras solemnes, son mucho más sencillas: había una oportunidad de homenajear a unos campeones y el club ha decidido no hacerlo.

El Barça también es de quienes celebraron esa estrella
El FC Barcelona es, por encima de todo, un club plural. Y esa pluralidad no debería ser una incomodidad que administrar, sino una riqueza que proteger.
Por eso creo que el Barça debería ser suficientemente grande como para entender que homenajear a sus jugadores campeones del mundo con España no lo hace menos catalán, menos reivindicativo ni menos fiel a sus raíces. Al contrario.
Un club verdaderamente universal debería poder celebrar que sus futbolistas triunfen independientemente del escenario en el que lo hagan. Debería ser capaz de reconocer el talento de aquellos que, cuando juegan con la camiseta azulgrana, defienden al Barça y, cuando representan a su selección, escriben también páginas extraordinarias de la historia del fútbol. No hay contradicción alguna.
Lo que sí resulta contradictorio es reivindicar constantemente que el Barça es «més que un club» y, al mismo tiempo, comportarse como si determinadas victorias deportivas solo fueran dignas de reconocimiento cuando encajan perfectamente en una determinada narrativa identitaria.
Porque el mundial también fue un sueño culé
Los aficionados del Barça disfrutamos de aquellos jugadores mucho antes de que levantaran la Copa del Mundo. Los vimos crecer, competir, ganar y hacernos soñar con la camiseta azulgrana. Los hemos ovacionado en el Camp Nou, hemos celebrado sus goles y hemos construido con ellos parte de nuestra memoria futbolística. Y cuando esos mismos futbolistas alcanzan la cima del fútbol mundial, lo lógico sería que su club los recibiera con orgullo. No con reservas, ni con matices, ni con una explicación administrativa. Con orgullo.
Porque un campeón del mundo no deja de serlo cuando vuelve a ponerse la camiseta de su club. Y porque el vínculo entre un futbolista y la institución que lo ha formado, acompañado o convertido en estrella no desaparece cuando representa a su país. Al contrario: en ocasiones, se hace todavía más grande.
Así no, Joan
No cuestiono que quieras defender las sensibilidades que consideres legítimas. Tampoco cuestiono que la estelada tenga un significado profundo para una parte de la familia barcelonista. Lo respeto.
Pero precisamente porque el Barça es de todos sus aficionados, deberías saber que también pertenecemos a esa familia quienes queremos al club y, al mismo tiempo, nos emocionamos viendo a sus jugadores conquistar el Mundial con España. No somos menos culés por ello. No somos menos barcelonistas. Y no merecemos que nuestro sentimiento parezca incompatible con el del club.
El Barça puede defender Cataluña sin despreciar a España. Puede exhibir la estelada sin ignorar la Copa del Mundo, reivindicar una identidad sin negar otras, ser profundamente catalán y, al mismo tiempo, sentirse orgulloso de que sus futbolistas hayan alcanzado la gloria con la selección española.
No hay que escoger
El fútbol, afortunadamente, es mucho más grande que nuestras trincheras. Y quizá por eso resulta tan triste que el club que tantas veces ha presumido de ser «més que un club» parezca, en esta ocasión, empeñado en demostrar que algunas victorias merecen más reconocimiento que otras.
Yo solo quería que mi Barça recibiera a sus campeones como lo que son: campeones del mundo. Ni más ni menos. Y por eso, desde el respeto a todas las sensibilidades que conviven en el barcelonismo, pero también desde el dolor de un culé que no entiende esta decisión, solo puedo decir una cosa: así no, Laporta.


