¿Quién decide lo que consumimos? El peso invisible del algoritmo cultural
Vivimos en una época en la que el algoritmo cultural condiciona no solo lo que vemos, leemos o escuchamos, sino también la forma en la que nos relacionamos con la cultura. Series, libros, canciones o temas de debate aparecen en nuestras pantallas sin que los hayamos buscado. Y aunque parece que decidimos, la verdad es que casi todo ya ha sido filtrado antes por una lógica invisible: la del algoritmo.
Desde Spotify o TikTok hasta Netflix y Google, los algoritmos se han convertido en quienes nos dicen qué ver, leer o escuchar. Ya no hace falta buscar sugerencias ni preguntar a alguien: las plataformas nos las dan directamente. El problema es que esa recomendación no responde a criterios de calidad, profundidad o diversidad, sino a interacciones, tendencias, clics y datos de comportamiento.
Al final, todos acabamos consumiendo lo mismo. Lo que no sigue esa lógica algorítmica simplemente desaparece. ¿Cuántas veces hemos empezado una serie solo porque salía en el top 10? ¿Y cuántas canciones escuchamos solo porque se hicieron virales y aparecen en las listas del momento? En parte lo hacemos para no quedarnos fuera: ver lo que ven los demás asegura poder participar en la conversación, comentar en redes o simplemente sentir que formamos parte de algo común.
El algoritmo prioriza lo que genera más atención en el menor tiempo posible. Eso significa que la cultura, para sobrevivir en ese ecosistema, debe adaptarse a las reglas de la inmediatez. Un vídeo de 15 segundos tiene más impacto que un ensayo. Un titular polémico circula más que un artículo reflexivo.
Incluso los libros que se convierten en virales lo hacen más por su estética en TikTok que por su contenido. Este fenómeno no solo afecta a qué consumimos, sino a cómo lo consumimos. Se pierde la posibilidad de descubrir desde la curiosidad, de elegir desde el interés real. El algoritmo cultural alimenta un circuito cerrado que replica lo que ya funcionó y reduce el riesgo de encontrar lo nuevo, lo diferente o lo incómodo.
Cuando todo lo que conocemos sobre cultura viene de los mismos algoritmos, nuestro modo de pensar también puede volverse predecible. Los debates se vuelven menos interesantes, vemos menos puntos de vista y perdemos detalles importantes. Aunque parezca que tenemos más contenido que nunca, en realidad estamos viendo siempre lo mismo, repetido y pensado para captar nuestra atención rápido.
Debido a esto, hace falta una alfabetización digital que no solo enseñe a usar plataformas, sino a comprender cómo funcionan sus algoritmos, cómo influyen en nuestras decisiones y cómo moldean nuestra experiencia cultural. El algoritmo no es neutral, y entender su lógica es clave para no perder el control de lo que pensamos, consumimos y compartimos.
El algoritmo cultural ha cambiado las reglas del juego. No se trata de rechazarlo por completo, sino de ser conscientes de su influencia. Elegir lo que consumimos, buscar voces nuevas, volver a lo que no está de moda: todo eso también es un acto político. Porque solo si recuperamos cierta autonomía frente a los algoritmos, podremos seguir construyendo una cultura rica, diversa y verdaderamente nuestra.

