El festival que transforma
Cada vez está más claro que la forma en que consumimos cultura está cambiando. Ya no basta con ir a un concierto, ver una película o pasar la tarde en un museo: buscamos algo más. Queremos experiencias que dejen huella, que nos hagan sentir parte de algo más grande que nosotros. Aquí entra en juego la idea de la cultura con propósito, donde el arte y el entretenimiento se mezclan con valores, comunidad y crecimiento personal.
Un buen ejemplo es el Rototom Sunsplash, un festival que empezó centrado en la música reggae y que, con el tiempo, se ha convertido en un referente de cómo la cultura puede ir más allá de lo artístico y abrazar lo social, lo educativo y lo espiritual. Rototom no solo ofrece conciertos, sino también debates, espacios de activismo, talleres de salud emocional, charlas sobre ecología, rituales colectivos y actividades que fomentan el encuentro humano.
Este cambio muestra otra forma de ver la cultura. Durante mucho tiempo, la cultura se veía solo como entretenimiento: algo para distraerse, para desconectar de la rutina. Hoy, más personas buscan en lo cultural una oportunidad de conexión, aprendizaje y transformación. El festival responde a eso al presentar la música no como un fin, sino como una puerta hacia una experiencia completa.
Aquí se mezclan ocio y conciencia. ¿Puede un festival ayudarnos a repensar nuestra relación con el planeta? ¿Puede la música y la danza servir también para sanar? ¿Qué pasa cuando lo cultural se convierte en un espacio donde el disfrute se une al compromiso?
La cultura con propósito se ve cuando la experiencia va más allá de lo inmediato y abre un camino hacia algo más. En Rototom, los asistentes no solo escuchan música; participan en un entorno que promueve respeto, diversidad y convivencia. Lo que antes podía ser un plan de verano se convierte en una experiencia que transforma cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.
Este modelo plantea un reto: si los grandes festivales, exposiciones o eventos culturales pueden incluir valores y experiencias así, ¿por qué no lo hacen más? ¿Es suficiente dar entretenimiento o deberíamos pedirle a la cultura un papel más activo en la sociedad?
Lo interesante es que Rototom no es un caso aislado, sino parte de una tendencia más amplia. Cada vez más festivales, ciclos de cine o exposiciones exploran esta idea de cultura que no solo entretiene, sino que educa, conecta y transforma. No es raro que surjan espacios donde se mezclan música, espiritualidad, ecología y comunidad: la sociedad parece pedir otra forma de vivir la cultura.
Quizá por eso hablar de cultura con propósito es hablar también de futuro. Vivimos en un tiempo donde lo inmediato lo domina todo: lo viral, lo rápido, lo efímero. Pero hay quienes buscan lo contrario: experiencias que duren, que trasciendan y que dejen algo más allá de la anécdota.

