Hay duelos que no llevan flores ni despedidas, pero pesan igual. Crecer, por ejemplo
Estos días me he descubierto mirando mi vida como quien repasa un álbum que se está quedando corto. He estado pensando que estas son mis últimas Navidades en la universidad, cuando ayer —literalmente ayer— me parecían las primeras. Y de pronto, sin pedir permiso, he empezado a reflexionar sobre el paso del tiempo y sobre lo que duele crecer. Crecer de verdad.
A veces siento que la adultez llega sin hacer ruido, pero con consecuencias. Te das cuenta de que tus padres envejecen, de que tus amigos ya no están a una calle, de que vas tachando asignaturas como si fueran estaciones de un viaje demasiado rápido. Y, aun así, sigues adelante porque crecer no es una elección, es un movimiento natural. Pero es un movimiento que, a veces, duele.
Porque de niñas nos prometieron que hacerse mayor era emocionante: libertad, independencia, futuro. Pero nunca nos contaron la otra parte, la que ahora empiezo a entender en voz baja. Crecer es también ir perdiendo cosas. Perder rutinas. Perder lugares que antes eran seguros. Perder versiones de una misma que ya no encajan. Perder gente, incluso sin guerras ni discusiones; simplemente porque la vida separa lo que un día unió tan fácil.
Lo feo de esto no es solo la responsabilidad; es la soledad que aparece entre decisiones. Es mirar atrás y darte cuenta de que ya no puedes volver a la persona que fuiste, aunque quieras. Es extrañar tu propio pasado mientras intentas construir un futuro que ni siquiera ves claro. Es sentirte orgullosa y asustada al mismo tiempo.
Porque sí, estas son mis últimas Navidades con trabajos a medio hacer, con amigas que vuelven cada una desde una punta distinta del mapa, con ese caos tan nuestro de juntarnos a cualquier hora porque estamos “todas en casa”. También son las últimas en las que digo “cuando acabe la carrera”, porque ya no queda un “cuando” muy largo.
Se mezcla la nostalgia por lo que se va y la gratitud por lo que viene. Echo de menos lo que aún no he perdido del todo, pero celebro haber llegado hasta aquí. Porque crecer duele, sí, pero también enseña.
Así que estas Navidades brindaré por eso: por el tiempo que pasa cuando no lo vemos pasar, por el miedo a lo desconocido. Brindaré por la niña que entró en la universidad creyendo que cuatro años eran una vida… y por la mujer que ahora se despide sabiendo que, en realidad, la vida empieza justo después.


