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El amor propio convertido en una orden

Entre mantras de autoayuda y reels motivacionales, olvidamos que también está bien no estar bien

Durante años, se suponía que el self-love iba a liberarnos. Era la respuesta definitiva frente a los años de comparaciones, a las revistas que dictaban cómo debías verte a los 20 y a las películas que te hacían creer que solo eras completa si alguien te elegía.

Durante un tiempo sonó revolucionario: aprender a quererte, poner límites, priorizarse… Pero siento que, poco a poco, lo que nació como un refugio se ha convertido en otra exigencia. Ahora parece que, además de ser productiva, responsable, buena amiga e hija ejemplar, tienes que amarte a ti misma las 24 horas del día. Como si tu autoestima fuera un examen continuo donde cualquier error es un fallo imperdonable. Y sinceramente, eso agota. Porque quererme no debería sentirse como otra tarea pendiente en mi lista interminable de cosas que hacer.

Lo veo en redes sociales constantemente: publicaciones que dicen “si no te amas, nadie lo hará por ti” o “la verdadera felicidad empieza dentro de ti”. Y sí, estoy de acuerdo en parte, pero ¿qué pasa con los días en los que no te reconoces en el espejo, con los días en los que la inseguridad pesa más que cualquier mantra motivador?

Hay mañanas en las que me levanto y todo me parece incómodo: el pelo rebelde, la piel apagada, la ropa que no me hace sentir bien. Hay tardes en las que no quiero hablar con nadie y noches en las que siento que no encajo ni conmigo misma. Y eso es normal. No significa que no me quiera, significa que soy humana. Porque quererse no es ser perfecta todos los días, es aceptar que hay días buenos y días malos.

El problema es que ahora parece que no puedes decirlo en voz alta. Porque si confiesas que te comparas, que tienes complejos o que un mal comentario te ha dolido, enseguida suena a que “te falta trabajo personal” o que “no has aprendido a quererte de verdad”. Como si quererse a una misma fuera una línea recta y no un camino lleno de curvas, subidas y bajadas.

Y ahí es donde el amor propio deja de ser liberador para convertirse en mandato. Un estándar que, paradójicamente, se parece demasiado a los que queríamos dejar atrás: antes era el cuerpo perfecto, ahora es la autoestima perfecta.

No hace falta estar siempre brillando. No pasa nada por tener días malos, por sentirte insegura o por querer llorar sin explicación. Creo que el verdadero amor propio está más en aprender a sostenerte en esos días grises y en entender que no necesitas estar “bien” para merecer cariño. Al final, no se trata de llegar a un punto en el que jamás dudes de ti, sino de permitirte existir con tus luces y con tus sombras.

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