En un mundo que lo fotografía todo, ¿qué queda de lo auténtico?
Ayer me dio por ordenar mi galería. No porque tuviera mucho tiempo libre, sino porque mi móvil empezó a avisarme con esa alarma pasivo-agresiva de almacenamiento lleno. Lo abrí con la intención de borrar unas cuantas capturas de pantalla inútiles y terminé viajando por los últimos cinco años de mi vida en imágenes.
Me encontré con más fotos de las que puedo contar. Ahí estaba yo, bailando en una fiesta a la que no recuerdo haber ido con las mejillas rojas y los ojos entrecerrados. O en una tumbona de plástico con un libro que probablemente no terminé, y una sonrisa que —viéndola ahora— no sé si era de felicidad o de protocolo. También aparecía en fotos con personas con las que ya no hablo, en planes que ni me acordaba de haber hecho. Todo parecía de anuncio. Pero ¿cuánto de eso fue real?
Hubo un tiempo en el que los recuerdos se guardaban en la cabeza, no en la galería. Un olor, una canción, un lugar… bastaba con eso para activar la memoria. Ahora, cada momento tiene su foto. Varias, en realidad. Una para el story, otra para el feed… A veces hasta vídeos que jamás volveremos a ver. Y lo más curioso es que empiezo a dudar de si viví lo que recuerdo… o si solo lo viví porque lo fotografié.
No sé si me lo pasé tan bien aquella noche, o si simplemente salí bien en las fotos. No sé si esa puesta de sol me emocionó de verdad o si solo me preocupaba el encuadre. Tampoco sé si aquel viaje fue tan perfecto como lo pintan mis historias destacadas o si me esforcé demasiado en que pareciera perfecto. La duda no es existencial, pero sí incómoda: ¿cuántos de mis recuerdos son míos y cuántos están fabricados por la cámara?
Nos pasamos tanto tiempo intentando capturar momentos que a veces se nos olvida vivirlos. Porque mientras enfocas, posas, revisas y repites, la magia ya pasó. La risa espontánea no salió en la foto. La conversación buena no tiene grabación. El abrazo real no se puede encuadrar.
No tengo nada en contra de hacer fotos. Las adoro, de hecho. Pero me asusta un poco pensar que quizás, dentro de unos años, cuando quiera recordar un verano, un amor, una amistad, lo único que me venga a la cabeza sea una imagen en modo retrato y no lo que sentí.

