¿Tradición navideña u obligación navideña?
Diciembre llega cada año con luces, villancicos y una pregunta que se repite cada año: “¿Ya has comprado la lotería?” No es una simple curiosidad, es una prueba de pertenencia. Porque en estas fechas, no comprar un décimo parece un pequeño acto de rebeldía social.
La Lotería de Navidad ya no es solo un sorteo, es una tradición tan arraigada que roza lo obligatorio. En el trabajo, en la familia o en el bar de siempre alguien reparte números como quien reparte invitaciones a una celebración colectiva. Y rechazarlo genera incomodidad. “Por si acaso”, “para no quedarte fuera”, “imagínate que toca y tú no llevas”. El mensaje es claro: no participar es asumir el riesgo de ser el único al que la suerte no quiso ni mirar.
La presión es constante. No hace falta que nadie te obligue, lo hacen las miradas, las bromas, el miedo silencioso a ser el único que siga trabajando el 23 de diciembre mientras los demás celebran. No comprar lotería no es solo no gastar dinero, es quedar al margen de una ilusión compartida y, en Navidad, quedarse fuera es casi un pecado.
Resulta curioso que una tradición basada en el azar se haya convertido en una norma social. Da igual si crees o no en la suerte, si tu economía anda justa o si simplemente no te apetece. Comprar lotería parece una prueba de espíritu navideño, como si la ilusión tuviera un precio fijo.
Y lo más paradójico es que la mayoría sabe que no va a tocar. Las probabilidades son mínimas. Pero aun así se compra. No por esperanza matemática, sino por miedo social. Miedo a la frase que duele más que cualquier pérdida económica: “¿Cómo que no has comprado un décimo?”
La lotería se vende como ilusión, pero muchas veces se compra por obligación. La gente compra lotería para no ser el aguafiestas, para no romper el ritual, para que nadie la señale como la que no cree. Y así la sociedad convierte una tradición que debería ser voluntaria en una costumbre impuesta.
Quizá el problema no sea la lotería en sí, sino lo poco que toleramos que alguien decida no participar. Tal vez deberíamos preguntarnos si la Navidad se trata de compartir ilusión o de exigirla. Porque cuando la ilusión se vuelve obligatoria, deja de ser ilusión y se convierte en una norma social más.
Este año, cuando alguien diga que no ha comprado lotería, quizá la respuesta más navideña no sea un “¿y si toca?”, sino un simple “está bien”. Al fin y al cabo, la suerte no debería medirse por un número, ni la Navidad por un décimo.

