La vuelta del ciclo de Jonás Trueba a Filmin conforma el ambiente idóneo para revisitar y divagar acerca de su obra más influyente
La reconquista, estrenada en 2016, supone, en palabras del cineasta, un cambio estructural en su carrera debido a que, en dicho filme, comienza a trabajar con algo más de presupuesto. Mas la clave reside en nunca abandonar el espíritu de su cine. Si bien se aprecia una depuración más exhaustiva en la imagen, las ideas fluyen, vuelan y se dejan caer. Por ello, diez años después conviene repensar esta cinta, sobre todo con la irrupción de Los años nuevos (2024)
Jonás Trueba, a quién claramente no se le ha prestado la atención debida, es uno de los directores-autores más interesantes del cine español. Al son de Madrid, de sus calles solitarias y su noche infinita, sus películas se nutren de la cotidianidad. Del ahora, pues es en el ahora cuando se piensa en el pasado. Precisamente todos estos elementos mentados concurren en el filme que este año cumple una década. Aquel en el que Olmo y Manuela se reencuentran en una gélida noche de invierno en la capital, bajo la luz de los neones y el olor del fernet. Una velada que nutre de conversaciones rohmerianas plagadas de miradas, rememorando el primer amor por medio de las cartas que se escribían hace quince años.
Precisamente es en esta comparación donde se mezclan el ayer y el hoy surge la tónica más evidente de la cinta. El amor, como en el primer romance, cuando menos se conoce más genuina resulta. De hecho, este mantra parece replicarse a lo largo de su carrera. Sin ir más lejos, su más reciente ficción, como es Volveréis (2024) realiza el fin de una relación a modo de celebración. Algo que, catorce años antes, en Todas las canciones hablan de mí (2010), parecía imposible. Por ello, el recorrido de Trueba es una larga conversación sobre las preguntas que nunca tienen respuesta.

En el núcleo de La reconquista nace el testigo que posteriormente sería recogido por Sorogoyen en el piloto de Los años nuevos. Incluso llega a tener su propia aparición metacinematográfica en el universo donde los divorcios terminan con una fiesta. Y enfrentado las dos obras emerge un diálogo maravilloso.
De Rodrigo Sorogoyen a Jonás Trueba
Justo cuando el reloj marcaba las doce en punto de la nochevieja de 2015, dando paso al año nuevo, el treinta cumpleaños de Ana se convierte en el inicio de una historia de amor. Dos solitarias personas iban a cruzar sus caminos. Óscar, exactamente el mismo Francesco Carril que intercambia la baraja de tarot de Bergman con Itsaso Arana en Volveréis, haya en la barra de un bar un síntoma de esperanza ante su tristeza. A partir de aquí, da comienzo una noche que ni los rayos de sol terminarán con ella. El gesto de Óscar, cuando las palabras no pueden expresar su sentir, confrontan con el silencio que guardaba el joven Olmo durante los paseos por el parque.
La comparación se presta a debate pues ambas relaciones difieren en su propia naturaleza. El primer encuentro y el reencuentro con el hilo musical de Nacho Vegas. Por el contrario, la cronología de la noche eterna se dispone en función del mismo impulso. La libertad del miedo a decir lo equívoco, como Jeese y Celine.

Pero el contraste más notorio se produce en como las mismas ganas de perderse se reflejan en ambos momentos, siendo participes del inicio de un final. Mientras que Ana y Óscar sienten las mariposas, Olmo y Manuela perciben la melancolía de las mismas, tratando de no pensar en un futuro con ellas. En la nochevieja de 2024, diez años después de su primera vez, los primeros se ven arrastrados a la situación de los segundos.
La mirada de Francesco, y su silencio, son las mismas señas en la habitación del hotel con Ana, cuando mantiene la conversación de su vida, y cuando Olmo llega a su hogar con Carla (Aura Garrido). Con el rostro descompuesto, dicha conversación no ha llegado a producirse, sino que se ha intuido, que es peor.
El cine entregado al momento
Este ensayo sobre el primer amor, fragmentado en dos partes que separa el tiempo, expone el espíritu nouvellesco con el que el joven Trueba construye sus películas. Pese a estar mucho más guionizada que sus trabajos previos, como se aprecia en la página de Inside Cinema, todo parece estar hecho sobre la marcha. El instinto del cineasta es lo que verdaderamente aporta peso y poso a cada una de sus imágenes.

Como en el cine de Rohmer, los actores hacen la película mientras sus personajes naufragan en sus contradicciones personales. Las mismas que hacen que el amor cambie de lugar pero, cuando llega el momento, siga en el mismo sitio. Pero todo esto lo consigue el autor a través de conformar el cine en imágenes que realmente cuenten con un sentido propio. Tal y como él afirma, la cámara cambia de posición en el momento preciso, cuando la propia obra lo reclama.
La intimidad que crea para con el espectador, en quien deposita su confianza, se estructura con la densidad de los planos, como en la escena del restaurante. Otro ejemplo es el momento en el que se funde la imagen con el sonido a ritmo de Rafael Berrio y su guitarra. Donde el silencio, cubierto por la Arcadia en flor, trae al presente la infancia desnuda, en la que piensan los dos. Se establece una conversación sin contacto visual con la simple palabra que escribe su padre en el diapasón de su instrumento. Ellos siguen comiendo castañas. Los rostros del resto de asistentes son sometidos al destello de las luces de bohemia y a la melancolía que desprende el micrófono.


