El eclecticismo presenta un espantapájaros de fanatismo para disimular su falta de proyecto
Desde el principio de los tiempos, se encuentra impresa en la psicología colectiva la frase que nuestro afable cuñado suelta con su debida puntualidad en la cena de Nochebuena: aquello de que «todo extremismo es malo», y que todas estas terminologías de derecha, de izquierda, de conservadores, de aristocracia o democracia, son terminologías escolásticas vacías, sirviendo para distinguirnos algunas veces, o para confundirnos a menudo.
Y con ello, tan plácidamente, habrá citado en la misma frase a Vladimir Ilich Uliánov (también conocido como Lenin) en un discurso con un título tan tibio como el de Tareas de los destacamentos del ejército revolucionario y a Benito Mussolini en el discurso que dio al Senado el 27 de noviembre de 1922, poco después de llegar al poder.
Hoy más que nunca, en plena precampaña electoral española, el adjetivo «extremo» se presenta como un descalificativo compartido por todo el espectro político español. El actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, punteaba en su entrevista de La Revuelta (La 1) el tan manido «los extremos se tocan». Mientras que Miriam González, de Democracia21, comentaba en este medio cómo a Sánchez solo podía sacársele desde el centro, no de los extremos.
Por no hablar de cómo las —autodenominadas— izquierdas pregonan sobre los peligros de la «extrema» derecha, etiqueta que reservan a Vox, o extienden, según convenga, al PP. O de cómo estos últimos se erigen como profetas del apocalipsis al vaticinar el hundimiento definitivo —ahora sí que sí, de veras— de la gloriosa civilización occidental, grecorromana, cristiana viejísima y milenaria que habría sobrevivido a bárbaros, cismas, imperios y revoluciones para sucumbir ante un nuevo gobierno de izquierdas.
Es evidente que nadie, y menos en elecciones, quiere ser visto como extremo, aunque sea para arrancar algunos votos situados al margen del nicho electoral del adversario. Pero, ¿qué es, en rigor, eso que parece situarse entre los «extremos» de la política española y de lo que todos se erigen en acérrimos defensores?
Observado con la debida atención el espectro político-parlamentario español, no se halla ningún proyecto político sustantivo, sino una vasta amalgama de eclecticismo. En todos los partidos hay un poco de socialdemocracia en materia de prestaciones, de keynesianismo cuando la coyuntura aprieta, y un mínimo de progresismo en lo social. También, cierto atlantismo en lo internacional, algo de conservadurismo en lo referente a la nación y un liberalismo de mercado que nadie se atreve a nombrar pero que todos administran. El proyecto de país está, dado el mestizaje, ausente y, por ello, es en todos el mismo.
El aclamado antiextremismo no es, por tanto, una posición, sino la ausencia del mismo elevada a virtud. Se invoca el término medio aristotélico, olvidando que para el filósofo la virtud no era la media aritmética entre dos opiniones cualesquiera, sino aquello que la recta razón determina en cada caso, y que nada tiene que ver con repartir la diferencia entre las encuestas.
Lo que se presenta como moderación se parece más bien al juste milieu que Victor Cousin ofreció como filosofía oficial a la moderada monarquía francesa de Julio del 1830. Esto es, en esencia, un eclecticismo que tomaba de cada sistema lo que en apariencia tenía de verdadero, y acababa por no afirmar nada con absoluta convicción. De ahí su trágica desembocadura en la dictadura bonapartista de cuatro lustros de Luis Napoleón.
No es casual que fuera un español, el conservador radical —¡este sí!— Donoso Cortés, quien retratara a la burguesía liberal como una clase que discute indefinidamente para no tener que decidir. El centro de nuestra política responde a la misma composición: no delibera para resolver, sino para aplazar.
No compone un proyecto de país coherente, sino un catálogo del hipermercado de ideas yuxtapuestas. De ahí la necesidad del «extremo» en su discurso, pues solo frente a un adversario presentado como fanático puede la indefinición disfrazarse de prudencia. La moderación necesita de la polarización en el discurso, porque el extremista es la condición de posibilidad del moderado. Sin él, el moderado quedaría expuesto como lo que es: un administrador de lo existente sin otro programa que su propia permanencia. Y en esas estamos.


