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Baleares, al borde del colapso por el turismo masivo

La llegada masiva de visitantes dispara las tensiones sociales, económicas y ambientales en las islas, mientras crece la preocupación ciudadana por un modelo insostenible

Baleares vuelve a mirar de frente al abismo de la saturación turística. Con previsiones que auguran cerca de 20 millones de visitantes en 2025, las tensiones entre residentes y el modelo económico actual son más evidentes que nunca. Bajo la postal de playas de aguas turquesa, el colapso del transporte, la inaccesibilidad de la vivienda y la pérdida de identidad cultural suponen un escenario de creciente preocupación.

La presión turística ha reavivado el debate político. El Govern balear propone subir el Impuesto de Turismo Sostenible en temporada alta; restringir nuevas plazas de alquiler vacacional en edificios plurifamiliares; y gravar los vehículos turísticos. Sin embargo, muchos sectores consideran que estas medidas son parches que no afrontan la raíz del problema. Incluso desde el propio sector hotelero, tradicional motor de la economía isleña, se empiezan a reclamar soluciones estructurales para evitar que el destino pierda su atractivo.

Mientras tanto, en las calles, la ciudadanía empieza a movilizarse de manera coordinada. La imagen de unas islas abarrotadas y tensionadas por el turismo masivo ya no solo preocupa a colectivos ecologistas o asociaciones vecinales: es un clamor social que atraviesa generaciones y clases sociales.

Protestas ciudadanas y exigencia de límites

Entidades de Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera han unido fuerzas bajo la campaña «Cambiamos el rumbo: ponemos límites al turismo». El objetivo es coordinar un calendario de movilizaciones. La Plaza Biosfera de Maó, las calles de Palma y otros espacios públicos se han convertido en escenarios de protestas ciudadanas. Exigen medidas reales para garantizar el derecho a la vivienda, los servicios públicos y la conservación del medio ambiente.

Iniciativas como «Menos turismo, más vida» en Mallorca o la plataforma «Cambiamos el Rumbo» reclaman que no se trata únicamente de regular el turismo, sino de reequilibrar la relación entre el beneficio económico y la calidad de vida de los residentes.

Estas reivindicaciones alertan también sobre la precarización laboral que genera el actual modelo. El empleo turístico, estacional y a menudo mal remunerado, incrementa la vulnerabilidad social de amplias capas de la población.

Cartel de manifestación por la masificación turística en Mallorca
Cartel de manifestación por la masificación turística en Mallorca | Fuente: @sos_residents (Instagram).

Consecuencias sociales de un modelo agotado

El último informe del Fòrum de la Societat Civil señala que el crecimiento económico basado en el turismo masivo está agravando los desequilibrios sociales en Baleares. El portavoz del Fòrum, Jaume Garau, fue contundente: «Estamos trayendo cada vez más turistas para generar menos riqueza de la que teníamos».

Entre las principales consecuencias destacan la crisis de acceso a la vivienda. Provocada tanto por la presión inmobiliaria como por el auge de la oferta de alquileres turísticos ilegales. Otra de las grandes preocupaciones son las elevadas tasas de abandono escolar. La facilidad para incorporarse tempranamente al mercado laboral turístico lleva a muchos jóvenes a abandonar los estudios, condenándolos a empleos precarios y sin proyección.

El informe también advierte de que el actual modelo repite los patrones de todas las crisis económicas anteriores desde 1973. Hay una excesiva dependencia de un único sector que, cuando se tambalea, arrastra consigo al conjunto de la sociedad balear.

¿Turismo de volumen o de valor?

La pregunta clave sigue en el aire: ¿qué tipo de turismo quiere Baleares? ¿Un modelo basado en el volumen, que busque atraer cada año más visitantes, o un modelo de valor, que apueste por la calidad y la sostenibilidad?

Las islas miran cada vez más hacia ejemplos internacionales de destinos que han sabido regular su flujo turístico para garantizar una convivencia más equilibrada. Los expertos coinciden: hace falta visión de futuro, voluntad política y un diálogo real entre todos los actores implicados.

Mientras tanto, la saturación turística sigue dejando huella. La transformación paulatina de pueblos y ciudades en simples decorados turísticos, el deterioro de los recursos naturales y el aumento de la tensión social son señales de alarma que ya no se pueden ignorar.

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