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Los algoritmos deciden lo que los jóvenes creen

El 70% de los jóvenes españoles ha dado por cierta al menos una noticia falsa

Cada vez que un adolescente abre TikTok, Instagram o X, no accede a la realidad. Accede a una versión de la realidad cuidadosamente construida por un algoritmo diseñado para mantenerle enganchado el mayor tiempo posible. Este sistema, aparentemente inocente, está en el centro de uno de los grandes problemas informativos de nuestra época: la desinformación y las burbujas de filtro.

Según un estudio elaborado por la agencia de comunicación Evercom con la colaboración de la fundación FAD Juventud y la Universidad Complutense de Madrid, el 80% de los jóvenes españoles de entre 15 y 24 años asegura encontrarse con desinformación en redes sociales de forma frecuente, siendo TikTok la plataforma donde más abunda, seguida de X e Instagram. Y sin embargo, siete de cada diez reconocen haber creído como cierta alguna noticia falsa. No hay contradicción en esas cifras: detectar la desinformación en abstracto es fácil; resistirse a ella cuando refuerza lo que ya creemos es otra cosa.

Amigos usando redes sociales y viendo los likes | Magnific

El problema no es la mentira, es el algoritmo

Las redes sociales no son medios de comunicación en el sentido tradicional. Son plataformas de maximización de la atención. Sus algoritmos aprenden qué tipo de contenido mantiene al usuario más tiempo en pantalla y lo amplifican, independientemente de su veracidad. Los algoritmos basados en la atención tienden a favorecer contenidos de naturaleza impactante, sensacionalistas o con tendencia a la radicalización, generando lo que se conoce como «burbujas de filtro» y «cámaras de resonancia»: entornos donde el usuario deja de estar expuesto a opiniones distintas y construye silos de verdades autorreferenciales que incrementan la polarización.

El concepto de burbuja de filtro, acuñado por el activista digital Eli Pariser hace más de una década, describe exactamente este fenómeno. Cuanto más interactúas con un tipo de contenido, más te muestra el sistema de ese mismo tipo, hasta que tu feed se convierte en un espejo que solo refleja tu propia visión del mundo.

Una generación que se informa, pero no verifica

El 70,3% de los jóvenes utiliza las redes sociales como su principal canal informativo, por encima de la televisión y muy por encima de la prensa escrita. Sin embargo, más de la mitad reconoce que solo lee los titulares y que contrastar la información no forma parte de su rutina habitual.

Este es el nudo del problema. No se trata de que los jóvenes sean crédulos o desinteresados: alrededor del 71% de los ciudadanos jóvenes europeos afirma sentirse capaz de reconocer la desinformación cuando se la encuentra, el porcentaje más alto de todos los grupos de edad. La confianza existe, pero la práctica falla. Creer que uno es inmune a las noticias falsas puede ser, paradójicamente, lo que hace más vulnerable a quien así lo piensa.

Las temáticas donde más circula la desinformación entre jóvenes son la política, los conflictos internacionales, la migración y la salud. Y el 87% de los encuestados considera que este tipo de contenidos ha dañado la calidad democrática del país. Son conscientes del daño colectivo, pero no siempre logran evitar el individual.

Polarización como subproducto

La burbuja de filtro no solo distorsiona los hechos: moldea las identidades. Cuando un joven consume durante meses un tipo de contenido ideológico sin apenas exposición a perspectivas contrarias, no solo cambia lo que sabe, sino lo que siente. Las plataformas convierten el debate público en un campo de trincheras donde el matiz desaparece y la indignación es la moneda de cambio.

Las redes sociales han desplazado el protagonismo informativo desde los medios tradicionales hacia los individuos, transformando la construcción de narrativas colectivas en un proceso fragmentado donde los algoritmos refuerzan las creencias previas del usuario. En ese ecosistema, la verdad compite en desventaja frente al contenido que genera emoción.

¿Qué se puede hacer?

La respuesta no pasa por demonizar la tecnología ni por alejar a los jóvenes de ella: las redes sociales también son espacios de cultura, creatividad y comunidad. La solución está en reaprender a usarlas, en construir una cultura digital donde el algoritmo sea una herramienta y no una jaula.

Eso implica, a nivel individual, desarrollar el hábito de ir a la fuente, buscar perspectivas contrarias y resistir el impulso de compartir sin verificar. Y a nivel institucional, exige una apuesta real por la alfabetización mediática en las aulas y una regulación que obligue a las plataformas a ser más transparentes sobre cómo funcionan sus sistemas de recomendación.

Porque mientras los algoritmos sigan optimizando para la atención y no para la verdad, la burbuja seguirá creciendo, y con ella, la distancia entre lo que creemos y lo que es.

 

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