La presión académica que sufren los jóvenes reabre el debate sobre la organización del sistema educativo
«Mamá, ¡no aguanto más, de verdad!» Eso se oía, una y otra vez, en un tren atiborrado de gente camino a Atocha. Yo, que estaba escuchando Pressure de Billy Joel, bajé el volumen para asegurarme de que, esa muchacha que lloraba desconsoladamente, al menos no se encontraba en peligro de muerte.
«Verás que no voy a llegar ni al 13», decía. Desconcertado, miré el móvil. ¿13 de junio? El 13 es un número de mal agüero, pero no entendía a qué se refería exactamente. De pronto, el destino quiso que, ahora que en mi móvil sonaba Under Pressure de Queen y Bowie, la chica terminara por despejar mis dudas. «Estoy harta de la Selectividad», sentenció. Por eso, avergonzado, al no haber sacado fuerzas para animar a uno de los tantos jóvenes que sufren esa maldita presión, decidí escribir este artículo para compensar mi cobardía.
La joven del cercanías quería estudiar Neurociencia en Leganés. Busqué su nota de corte: un desorbitado 13,1. Su margen de error es cero. Tiene que ser perfecta. Infalible. Inhumana. Pero las personas no somos robots; somos lo opuesto a lo que se puede evaluar en una simple plantilla de corrección. Somos imaginación, duda y creatividad. ¿Acaso nos enfadaríamos si lanzásemos una gallina desde un quinto piso y fracasara estrepitosamente al intentar alzar el vuelo?
Aparte del desacertado diseño de las pruebas de acceso, las desmesuradas notas de corte se yerguen como muros infranqueables que cercan las aspiraciones de los jóvenes. Aunque este tema encierra incontables aristas como para analizarlo detenidamente, tan solo aportaré un dato: en los últimos diez años, la nota media de admisión sobre 14 ha subido del 8,67 al 10,14 según el SIIU (Sistema Integrado de Información Universitaria).
Una inflación académica que alimenta y acelera el sorpasso de lo privado a lo público. A estas alturas, no nos debería sorprender que la educación se haya convertido en un bien de consumo. Sin embargo, cuesta creer la pasividad institucional mostrada ante esta calamidad; más deprimente es aún saber que existen sectores de la población que jalean esta sangría social.
La presión también se debe a la importancia que cobra nuestra imagen personal. Poco a poco, alimentamos al monstruo llamado expectativas. Cuando entramos a redes sociales, al mirarnos al espejo, al compararnos con el resto. Sin darnos cuenta, vamos delineando la persona en la que nos gustaría convertirnos. No obstante, tras ese difuminado esbozo, no se encuentra el verdadero yo.
Al igual que Pigmalión, anhelamos desesperadamente la absoluta perfección. Cincelamos nuestra identidad con esmero, esperando que el mármol cobre vida. Lástima que, al retirar las manos destrozadas por el esfuerzo, la realidad no nos devuelva a la bella Galatea, sino a un adefesio que imita el «quiero y no puedo», como el Ecce Homo de Borja o el busto de Cristiano Ronaldo.
Porque la perfección solo existe en los libros y películas. Y a veces ni eso, como ejemplifica Nina —el personaje de Natalie Portman en El cisne negro— quien, asfixiada por una amalgama de etiquetas, perfeccionismo y presiones, fue esculpiendo una peligrosa imagen de lo que ella creía —o debía— ser. Y pagó por ello el precio más alto.
A la chica del cercanías y a todos los que sentís la asfixiante presión que os estrangula en ocasiones, os propongo el antídoto que el propio Mercury y Bowie me ofrecieron al rato de que ella bajara en Méndez Álvaro. Es simple —y quizás ñoño—, pero creo que funciona:
Why can’t we give love that one more chance
Why can’t we give love?Give love, give love, give love
Give love, give love, give love
Give love, give love


