Una pareja poco habitual. Una comedia romántica. Una película del comienzo de la vida adulta, de las adversidades que esta supone y de los obstáculos impredecibles. Todo envuelto en el marco de los años 70 en el San Fernando’s Valley de Los Ángeles. Así es la nueva película de Thomas Anderson.
Paul Thomas Anderson ha vuelto a las pantallas este 2022 con una película algo diferente. La historia de Licorice Pizza -cuyo título queda a la interpretación del espectador- nos sumerge en el mundo de Gary Valentine (Cooper Hoffman), un adolescente de 15 años que sin haber acabado el instituto triunfa como actor y Alana Kane (Alana Haim), una joven de 25 que no deja de buscar algo que le motive en la vida.
La pareja, que a lo largo de la película fluctúa entre la amistad y el amor, se encuentra en el instituto de Valentine, el día de las fotos del anuario en el que Kane trabaja como asistente de fotografía.
Gary y Alana se hacen socios y forman una pequeña empresa de colchones de agua que comienza a tener mucho éxito. Ya entonces empezamos a ver los sentimientos de ambos jóvenes. Sin embargo, debido a la crisis energética que tuvo lugar en los Estados Unidos en 1973, el negocio se vio obligado a cerrar.

Y es que cuando antes decía que nos sumergimos en los setenta, lo decía de verdad, pues durante toda la película podemos ver eventos como la creciente inflación de los precios, la crisis del petróleo, el paso del cine clásico a la nueva era hollywoodiense y la emergente popularidad del Rock and Roll. Sin embargo, el optimismo seguía existiendo. Y nuestra pareja protagonista lo encarna con los diferentes proyectos en los que se embarcan.
Impredecible y brillante
El guión es impredecible. Lo que comienza como una historia de amistad entre dos jóvenes va desarrollándose como un viaje hacia la vida adulta, en la que ambos buscan el amor, la prosperidad, la amistad… siempre el uno a la vera del otro, para bien o para mal. Nunca dejan de abrirse pequeñas ramas narrativas que parece que cambiarán el rumbo de la historia pero que no pierden el hilo de la relación entre Gary y Alana.
Vemos por ejemplo a Bradley Cooper interpretando a Jon Peters, pareja de Barbara Streisand en aquella época, con una perspectiva plena de humor. O también aparece Sean Penn interpretando a una vieja gloria de Hollywood.
Cuando llega el momento en el que los jóvenes finalmente van a besarse, se caen al suelo. Inicialmente, esto no estaba en el guión, pero visto lo bien que funcionaba en conjunto con el resto de la estructura narrativa, el director decidió dejarlo dentro del montaje final. Y describe muy bien la relación de Alana y Gary. Desastrosa pero pura e inocente.
Color, sol y años setenta
Y cómo no hablar de la estética. Grabada en 35 mm, con los colores y la ropa de los setenta, el sol de California, la puesta en escena con las largas filas de coches en las gasolineras. Las luces de colores, los decorados, los planos secuencia y la elección de los planos. La impecable elección de la banda sonora con nombres como Nina Simone, David Bowie o The Doors.

En definitiva, una película para amantes del cine, para cualquiera que no pierde la esperanza ante las adversidades propias de la adultez. Para quien no quiere ser adulto. Para los niños de los 70 y los de hoy en día. Para los románticos y los que se quieren dejar sorprender. Para los nostálgicos.

