En su libro, Amor líquido, Zygmunt Bauman argumenta que nuestra sociedad de consumo es la primera en ser huérfana de Eros
Amor líquido fue publicado en 2003 y reflexiona sobre la naturaleza del amor en la posmodernidad. El sociólogo polaco abarca temas como la fragilidad de nuestros vínculos, la conversión del sexo en bien de mercado o la incapacidad del amor para vencer la incertidumbre. En este caso, nos centraremos en reconocer si es cierto que, la generación posterior a la revolución sexual, se ha quedado sin erotismo.
Zygmunt Bauman (1925-2017) fue un filósofo y sociólogo polaco-británico perteneciente a la Escuela de Frankfurt. Es destacado por haber acuñado el término «modernidad líquida». En sus obras, reflexiona sobre cómo las sociedades posmodernas se caracterizan por su fluidez, incertidumbre y constante volatilidad. En este libro, afirma que las relaciones interpersonales han perdido su carácter a largo plazo y son fácilmente desechables cuando dejan de satisfacernos. Advierte, en esto, una clara tendencia encaminada al individualismo y el consumismo.
El apetito
Bauman, además de deseo o amor, identifica un nuevo concepto fundamental para entender nuestros vínculos afectivos: el apetito. Se trata de un fuerte impulso hacia el consumo que nunca se sacia por completo. Es el interés perpetuo por algo nuevo, nos impulsa a exigir constantemente más gratificaciones. Estos actos de consumo tienen un carácter inmediato y, tan pronto como se desvanecen, siguen deseando algo más. Es consumismo puesto que este no es acumulación de bienes, sino consumirlos y desecharlos.
Tal y como él lo manifiesta: «En el caso de las relaciones de pareja, y en el de las parejas sexuales en particular, guiarse por el apetito más que por los deseo significa dejar la puerta bien abierta a otras posibilidades amorosas». Es decir, en nuestra época cobra mayor importancia el coste de oportunidad que la inversión a largo plazo. Guiarse por el apetito y no por el deseo (que exige una mayor implicación directa) nos lleva a la frustración y al vacío. Estar en constante búsqueda de más experiencias no tiene más consecuencia que la ansiedad y la deshumanización del otro. Es difícil encontrar satisfacción real en un mundo tan cambiante.

Huérfanos de Eros
El deseo (Eros en la mitología griega) es un impulso que nos lleva a asociarnos, a relacionarnos a tratar de convertir la alteridad, el desconocimiento del otro en complicidad. Es una divinidad primordial que regula nuestros vínculos. Se trata de la primera fase del amor romántico, el flechazo inicial, la llamada. Tiene mucha relación con lo sexual, pero desde una perspectiva más significativa. El deseo aparece como un afán de conocer, un querer hacer desaparecer la distancia entre deseante y deseado, conquistando la intimidad. Para Eros lo importante es el otro y no el efecto que nos puede causar.
Según Bauman: «Eros […] ha sido condenado a vagar, a deambular por las calles en una interminable (por eternamente vana) búsqueda de cobijo. Eros se encuentra ahora en todas partes, pero en ninguna de ellas se queda mucho tiempo.». Aparentemente en nuestra sociedad todo es deseo. Sin embargo, es más bien apetito. El apetito es efímero, tanto como su efecto En cambio, el deseo es duradero y persistente, su luz atraviesa el ser en todas sus dimensiones. Eros es existencial y emocional, constitutivo de nuestra identidad. El apetito es circunstancial y pasajero, totalmente irrelevante. Pero, a día de hoy, ya no queda Deseo.
El sexo en la posmodernidad
Según el psicoanalista, Erich Fromm, el sexo en nuestro tiempo «asume un carácter que lo asemeja bastante al alcoholismo o a la afición a las drogas» es «transitorio y periódico». El acto sexual ha pasado de ser una ocasión para la unión entre dos seres humanos a ser una mera necesidad fisiológica, casi higiénica. Se hace común esa idea de «sacarse el veneno». Ya no existe ningún componente emocional, ya no hablamos de una sexualidad interpersonal, sino antipersonal, completamente indiferente de la individualidad del otro.
Dice en Amor líquido Zygmunt Bauman: «Está muy bien que el sexo se haya liberado por fin. El problema radica en cómo contenerlo cuando ya se ha arrojado todo lastre por la borda, en cómo evitar que se desmadre cuando ya no hay marcos dentro de los que encauzarlo. Volar ligero es alegría; volar sin rumbo es angustioso.» Es genial haberle quitado los sacramentos al sexo, poder hablar de él públicamente y dar a nuestros hijos una educación afectivo-sexual a la altura, pero ¿qué hacemos ahora si no hay manera de controlarlo?
¿En serio el sexo se ha hecho libre? ¿Disfrutamos de un mejor sexo ahora que no significa absolutamente nada? La práctica sexual sólo ha evolucionado en estas décadas hacia una sexualidad deshumanizadora. Dos personas no se juntan por afinidades o el deseo de conocerse, sino por la presentación de sus atributos físicos. Nos hemos transformado en bienes de consumo en un mercado de compra-venta sin ningún tipo de inversión a largo plazo. Ya no importa nuestro nombre, ni sueños, ni deseos, ni temores, sólo el nivel de tonificación de nuestros músculos o la turgencia de otras partes.

¿Somos más libres?
La ausencia de represión en cuanto al sexo ha hecho que pensemos que somos más libres. Si le hemos extirpado todos sus componentes «judeocristianos» y castradores, en consecuencia, es libre y perfecto. ¿Entonces por qué, en lugar de satisfacernos, nos angustia? Volvemos a Amor líquido, Zygmunt Bauman nos cuenta: «Cuando el sexo significa una actividad fisiológica en el cuerpo y la «sexualidad» evoca poco más que una sensación física placentera, el sexo no se está liberando de cargas supernumerarias, superfluas, inútiles, engorrosas y limitadoras, sino todo lo contrario: se sobrecarga.»
No es más libre el que puede hacer todo lo que desee, sino el que puede decidir lo que hace. En los siglos anteriores, no se podía elegir nada en materia sexual, el sexo estaba limitado a la procreación tras el matrimonio. Ahora, en cambio, podemos hacer lo que deseemos, pero lo que no podemos controlar son nuestros propios impulsos. Se han ensanchado tanto las reglas del juego, todo está al alcance de la mano y, así, hemos perdido el poder de la voluntad. Dice Robert Musil en El hombre sin atributos: «quien tiene en su mano colmar sus deseos llega pronto a no saber qué desear». Nos abalanzamos a la danza hiper-estimulada sin ser capaces de decidir. Somos esclavos de nuestras pulsiones sexuales y, en consecuencia, creyendo haber conseguido la libertad, la hemos perdido nuevamente.
La Revolución sexual
Todo lo que consiguió la Revolución sexual de los años 60, en cuanto a desestigmatización, normalización de identidades y orientaciones sexuales alternativas o facilitación del acceso a métodos de protección de la salud, lo hemos perdido por la trivialización del acto sexual. Esa revolución, de la que ahora decimos erróneamente ser herederos, se dedicó a ensalzar el sexo, sacralizar a Eros, hacer importante el deseo. Para esos revolucionarios el sexo era algo más que procreación, era una ocasión para unirse espiritualmente, para hacer más profundos los lazos entre las personas. El sexo era una experiencia trascendental y no una mera necesidad fisiológica.
Las férreas relaciones entre sexo y amor no eran tan constrictoras e inútiles como algunos piensan. Durante aquellos años la unión sexual era un regalo, se te daba la oportunidad de fundirte con el otro, entrar en su biografía y dejarle penetrar en la tuya, era una manera de celebrarse mutuamente. Ahora, en cambio, no es más que un provechoso contrato de alquiler por horas. Al sexo lo acompañaba la seguridad, la ternura, la inmortalidad mediante la fusión y, en esencia, el amor. Dice Bauman: «Los anticuados compañeros del sexo eran quizá sus apoyos necesarios (no para la perfección técnica de la actividad, sino para su potencial gratificador). Quizá las contradicciones inherentes al sexo no tengan mayores visos de resolverse en ausencia de «ataduras» que en presencia de estas.»

En definitiva
Final y nuevamente, uno debe leer libros no para estar de acuerdo con su autor, sino para reflexionar sobre sus posturas. En Amor líquido, Zygmunt Bauman, desde su privilegiado balcón sobre el que observar los albores del siglo XXI, nos deja una interesante reflexión acerca de nuestras formas de relación. Vemos cómo, influidos por una sociedad entregada al consumo, hemos hecho de todos los aspectos de nuestra vida (aun los más íntimos) objeto de intercambio mercantil. Si bien no queda duda de que el amor y el deseo son aún posibles, las dinámicas más generalizadas nos hacen apenarnos ante la escasez de ambos.
La reflexión individual es eso, por definición, personal, pero, habiendo visto capitalizadas y banalizadas casi todas las dimensiones de nuestra vida, buen servicio nos daría proteger y dar sentido a las más intimas, permitirnos guardar unos pocos aspectos en los que ser verdaderamente trascendentes, en los que darle sentido a nuestras vidas. El amor y el deseo (en ausencia del voraz apetito consumista) podrían ser dos buenas opciones. En definitiva, si después de follar (y me perdonarán lo soez de la palabra) en lugar de sentir el deseo de quedarse acurrucados, experimentan unas terribles ganas de huir, algo están haciendo horripilantemente mal.


