Bajo la composición de Eugenio Merino y Darío Adanti, lo que se representa sobre el escenario es un ritual de memoria. ¿Lo curioso de ello? Que te ríes. Una sale del teatro con la sensación de haber vivido algo incómodo pero necesario; como quien asiste a un funeral donde se cuentan chistes porque, después de tanto silencio, al fin se puede hablar en voz alta.
Durante Chistes contra Franco, Adanti y Ana Alonso alternan burlas y pasajes documentales, generando una tensión narrativa constante. Sueltas una carcajada, y de inmediato se te congela la sonrisa. Sin embargo, este contraste no es decorativo, sino la clave para considerar la sobrenaturalidad de la creación de chistes entre pobreza y pérdida.
La obra apuesta por la incomodidad inteligente. No busca desafiar desde el cinismo ni la provocación vacía, sino desde la verdad. Aquí, el humor tiene memoria. Es sangriento.
Humor ético, no cínico
Lo que más admiro de este montaje es su sentido ético. En un tiempo donde algunos defienden la “libertad de ofender”, como si fuera el último bastión de la inteligencia, Chistes contra Franco pone el foco en otro lugar: el humor como herramienta de denuncia, no como coartada para el desprecio.
Otro de los aspectos interesantes de la obra es la selección del repertorio humorístico, cuidadosamente elegida para priorizar los chistes con carga política, evitando aquellos más superficiales o problemáticos desde una perspectiva actual. Sin embargo, este compendio también pone de relieve algo inevitable: no todos los chistes funcionan igual. Algunos arrancan carcajadas sinceras y contagiosas, otros apenas provocan una sonrisa. Incluso hubo momentos en los que el silencio del público evidenció que el chiste no había calado o que, simplemente, no era gracioso. Sin embargo, es en estos momentos cuando la interpretación de Darío Adanti cobra un peso fundamental. Su ritmo, sus pausas, su forma de recitar, entre el sarcasmo y el respeto, logra levantar los chistes más flojos y volverlos efectivos.
Aun así, es evidente que muchos de estas burlas no tendrían sentido sin el contexto histórico que proporciona Ana Alonso, cuya intervención permite al espectador comprender por qué reír en ese momento fue un acto valiente. Sin esa contextualización, algunos chistes parecerían inocuos o incomprensibles. No obstante, al estar enmarcados en una explicación clara y potente, se transforman en testimonios emocionales y políticos.

El dispositivo escénico estaba reducido a lo esencial. Dos atriles, un foco, dos voces. Nada más. En esa desnudez escénica, la verdad se impone sin adornos.
Por otro lado, los intérpretes leen los textos y no los interpretan. No se adueñan de ellos. Esto genera una complicidad especial con el público, que entiende que lo que se está diciendo no es ficción: es historia, y aún duele.
Actos de servicio democrático
Chistes contra Franco cumple además una función que hoy sigue siendo vital: la divulgación cultural y política desde lo escénico. En una sociedad acelerada y sobreinformada, donde la historia se borra con eslóganes de “pasar página”, esta obra frena el tiempo, mira atrás y dice: “espera, hay cosas que aún no hemos contado bien”.
En un país donde la memoria sigue siendo campo de batalla, esta obra planta cara desde la risa. No una risa fácil ni vacía, sino una que brota del compromiso.
Salí del teatro con un nudo en el estómago y una sonrisa tensa. Porque sí, me reí. Pero también recordé algo que nunca había vivido.


