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Dos artistas y una obra: El Infierno de Dante llega a Fundación Canal

Descubre cómo Gustave Doré y Robert Rauschenberg (re)interpretaron La Divina Comedia de Dante y su universo infernal

“Abandonad toda esperanza, los que entráis”. A las puertas del Infierno, el poeta Dante Alighieri detalla así el mensaje que todos los condenados deben leer antes de aceptar su destino: ser castigados por los pecados que cometieron en vida.

La Divina Comedia, escrita en el siglo XIV, presenta un universo en el que cada castigo refleja una decisión y cada condena revela una verdad sobre quien la sufre. Sin embargo, el descenso oculta el único camino para alcanzar la transformación, y para alcanzar la luz, el protagonista debe conocer primero la oscuridad. 

Este mensaje hace del poema de Dante una de las obras más importantes de la literatura universal. Siglos después de su publicación, La Divina Comedia ha dejado su huella en el arte y en el cine para reconstruir el descenso a los infiernos desde diferentes perspectivas. 

Para reflejar cómo el universo dantesco ha sido reinterpretado en diferentes contextos, la Fundación Canal ha inaugurado una nueva exposición dedicada a dos de los artistas que utilizaron La Divina Comedia como temática para sus creaciones: Gustave Doré y Robert Rauschenberg. 

Vista de la exposición El Infierno de Dante. Doré y Rauschenberg. | Fuente: Fotografía de Almudena Polo en Fundación Canal

La muestra recoge 111 piezas divididas en dos series y elaboradas con un siglo de diferencia. Las obras de Doré, xilografías detalladas, reflejan la visión medievalista del artista sobre la obra en pleno siglo XIX. Por su parte, Rauschenberg ofrece una mirada más contemporánea y crítica con la sociedad estadounidense de mitad de siglo XX a través de nuevas técnicas como la litografía. 

La exposición, que podrá verse hasta el 5 de enero, propone acompañar a Dante en la primera parte de su obra, Infierno. A través de las obras de Doré y Rauschenberg, el narrador y protagonista se sumerge en un viaje cargado de miedo y sufrimiento, donde se encuentra a personajes de su tiempo, autores clásicos y personajes literarios. Todos ellos reflejan que el castigo es un medio para que el alma alcance la salvación divina. 

Dos artistas y una obra

La muestra pone a dialogar a dos artistas muy diferentes entre sí, tanto por su técnica como por su enfoque. Gustave Doré, contemporáneo de Manet, fue conocido por ilustrar obras literarias universales, como la Biblia o El Quijote. Aunque abarcó muchas disciplinas, destacó en ilustración desde joven. A los 15 años ya tenía contratos con varios periódicos para hacer litografías semanales en las que ilustraba textos de su época, desde Balzac a Rabelais. 

Canto XXX. Mirra (1861). Gustave Doré. | Fuente: Fotografía de Almudena Polo en Fundación Canal

La muerte fue un tema que interesó al artista durante toda su vida. Habiéndose labrado una carrera como dibujante, se lanzó a ilustrar obras universales, entre las que escogió La Divina Comedia, a partir de 1861. Le siguieron Shakespeare, Edgar Allan Poe y Cervantes, este último en 1863. Aunque la crítica no le arropó del todo en su tiempo, tuvo mucha influencia sobre sus sucesores, los pintores impresionistas. Incluso en el siglo XX, fue considerado el padre del cómic, con mucha influencia en el mundo cinematográfico y en la cultura visual. 

Por su parte, Robert Rauschenberg vivió la transición entre el expresionismo abstracto y el Pop-Art a mediados del siglo XX. Sus obras, consideradas neodadaístas, mezclan diferentes disciplinas e introducen objetos y desechos de la sociedad de consumo para reflejar la realidad estadounidense.

Canto XIII. Séptimo círculo, anillo intermedio: los violentos contra sí mismos. (1965). Robert Rauschenberg. | Fuente: Fotografía de Almudena Polo en Fundación Canal

Durante su trayectoria, primero en París y luego en Estados Unidos, conoció a artistas como Josef Albers, John Cage y Marcel Duchamp, que influyeron en su mirada crítica y experimental. En sus obras mezcla pintura, collages o serigrafías, gracias a la obra de Warhol. Eso hace que, a diferencia de Doré, opte por una mirada híbrida de La Divina Comedia a partir de litografías, realizadas entre 1958 y 1960. Los personajes y escenas se construyen a partir de recortes de periódicos y revistas que muestran políticos o atletas de su época, además de dibujos, acuarelas y gouaches.

Doré no concede la misma importancia a todos los cantos, pero sí a ilustrar las escenas de forma fiel al relato de Dante. Las obras de Rauschenberg, por su parte, obligan al espectador a adoptar una mirada contemporánea para entender la sucesión de personajes y momentos del descenso. 

Un reflejo de su tiempo 

Las lecturas de Doré y Rauschenberg reflejan cómo se pudo (re)interpretar La Divina Comedia 500 años después de su publicación, si bien para Dante el viaje por el Infierno supuso también una forma de juzgar el mundo en el que vivió. La exposición abre con la serie de Doré, donde se muestra este primer canto de los 34 que componen la primera parte de la obra.

Canto I. La pantera (1862). Gustave Doré. | Fuente: Fotografía de Almudena Polo en Fundación Canal

No se sabe la fecha exacta en la que Dante Alighieri, hijo de familia acomodada, escribió el poema. Durante su juventud, Florencia estaba dividida entre el bando de los guelfos, partidarios del papa, y gibelinos, del emperador. Dante, apodo de Durante, ocupó cargos ejecutivos importantes, elegido prior de la ciudad en el año 1300. No obstante, su enemistad con el papa Bonifacio VIII le llevó al exilio. Estos episodios explican que en La Divina Comedia entremezcle la doctrina católica con sus propios ideales de moral y castigue a quienes representaron pecados y traiciones en su vida. 

La crítica no solo se ajusta a su tiempo, ya que también incluye a personajes de otras épocas para representar lo que él consideraba condenable u honorable. Al inicio de la obra, Dante se encuentra con el autor Virgilio en la entrada de una cueva cerca de Jerusalén, quien le acompaña durante su viaje. Su compañía aumenta con Beatriz, mujer de la que estuvo enamorado en vida hasta su prematura muerte, quien encarna la fe. 

El descenso del héroe 

El simbolismo entre Dios y la salvación humana es lo que ha convertido al Infierno dantesco en uno de los lugares literarios más representados. La Divina Comedia está compuesta por nueve círculos descendientes, ordenados según la gravedad del pecado. Así, el recorrido empieza en El Limbo, donde vagan todos los que no cometieron malas acciones, pero tampoco se comprometieron con buenas causas. 

Canto V. Paolo y Francesca. Gustave Doré (1862). | Fuente: Fotografía de Almudena Polo en Fundación Canal

En el primer círculo, al que pertenece el propio Virgilio, Homero, Sócrates o Aristóteles, se encuentran las almas no bautizadas, mientras que en el segundo un fuerte viento molesta a los lujuriosos sin pausa, como Francesca da Rimini y Paolo, dos cuñados enamorados. 

En el tercer círculo, el perro de tres cabezas, Cerbero, desgarra a los glotones, y en el cuarto, los avaros levantan piedras pesadas como Sísifo y los iracundos se pelean en la laguna Estigia, que lleva directamente a la capital del Infierno, Dite. Los herejes yacen enterrados en tumbas que arden en el sexto círculo, donde está Farinata degli Uberti, enemigo real de la familia de Dante. 

Los tres últimos círculos son los más crudos. En el séptimo están los violentos contra sí mismos, la naturaleza, el arte y los derrochadores. El octavo se divide en diez fosos con castigos físicos terribles: los infieles son azotados por demonios, los corruptos hierven en alquitrán y los ladrones se transforman en serpientes. Aquí, Ulises, Mahoma o Caifas pagan por sus pecados. La salida está en el noveno círculo, pasando por los traidores, donde Lucifer, Judas y Bruto reciben al protagonista. Finalmente, Beatriz le ayuda a volver al mundo y a ver las estrellas. 

Representación del séptimo y octavo círculo. Los violentos contra Dios y los simoníacos. Robert Rauschenberg. | Fuente: Fotografías de Almudena Polo en Fundación Canal

Este descenso supone una reelaboración medieval del viaje del héroe, pero no se centra en conquistar el mundo, sino en transformar el alma. Dante esconde entre estrofas que el enemigo no siempre es la fuerza exterior, sino la incapacidad de comprender los propios errores. Así, La Divina Comedia se convierte en una obra destinada a la transformación, donde el viaje del héroe acaba siendo uno para el lector.

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