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´Ruega por Nosotras´: las mujeres que el franquismo quiso borrar de la historia

El Patronato de Protección a la Mujer sobrevivió a Franco y mantuvo su maquinaria represiva durante una década ya en democracia.

Durante décadas, las instituciones y la sociedad española silenciaron historias de mujeres que sufrieron maltratos y represión bajo el amparo de organismos que debían protegerlas. Sus testimonios apenas encontraron espacio en la memoria colectiva y su sufrimiento quedó relegado al olvido.

La nueva película de Daniel Monzón recupera uno de los episodios más silenciados de la historia reciente de España: el Patronato de Protección a la Mujer.

Esta institución franquista, creada para supuestamente proteger y rehabilitar a jóvenes consideradas descarriadas, sometió a miles de mujeres a vigilancia, castigos, humillaciones y adoctrinamiento moral.

Ambientada en 1974, la película sigue a Ana (Zoe Bonafonte), una joven cuyo deseo de libertad choca con la moral conservadora de la época. Salir por las noches, bailar o mantener relaciones sentimentales al margen de los preceptos católicos lleva a sus padres a internarla en un centro correccional.

Allí descubre que ha perdido su libertad y que, bajo una supuesta labor de protección, la institución pretende someterla y corregir su comportamiento.

Lo que comienza como la historia de una joven que quiere vivir su vida libremente se convierte pronto en un retrato de una maquinaria de represión que fue mucho más allá de los muros de los reformatorios.

Una maquinaria de represión bajo la apariencia de protección

Creado en 1941 durante la dictadura franquista e impulsado por Carmen Polo, esposa de Franco, el Patronato tenía como objetivo oficial vigilar, proteger y regenerar a mujeres consideradas en riesgo moral.

Sin embargo, tras esa apariencia paternalista se escondía un sistema de control destinado a perseguir a quienes se alejaban del modelo femenino impuesto por el nacionalcatolicismo.

Entre sus víctimas había mujeres sexualmente libres, lesbianas, militantes de izquierdas y jóvenes que cuestionaban la autoridad familiar o rechazaban los mandatos de obediencia, castidad y sumisión.

 

La película muestra cómo miles de jóvenes perdieron su libertad sin haber cometido delito alguno. Bastaba con desafiar las normas de una sociedad patriarcal. En muchos casos, eran sus propias familias quienes solicitaban el internamiento, presentando los conflictos domésticos y los deseos de independencia como problemas de conducta.

El honor familiar, la presión social y la moral católica servían para justificar el encierro de jóvenes cuyo único propósito era decidir sobre sus propias vidas.

Monzón recrea este universo represivo mediante una atmósfera asfixiante. Los pasillos, dormitorios y espacios comunes del reformatorio reflejan la vigilancia constante a la que estaban sometidas las internas.

Las religiosas imponían un régimen disciplinario basado en humillaciones, aislamiento, medicación y castigos. Sus métodos buscaban doblegar la voluntad de las jóvenes, lejos de cualquier propósito educativo.

La violencia también adoptaba formas psicológicas. El miedo, la culpa y la intimidación se convertían en instrumentos para anular cualquier intento de rebeldía y garantizar la obediencia.

Foto acogidas
Niñas en un centro de Sevilla dependiente del Patronato de Protección a la Mujer | Fuente: Junta de Andalucía

Entre los personajes destaca la hermana Socorro, interpretada por Adelfa Calvo, cuya autoridad religiosa sirve para justificar prácticas de extrema violencia.

La película evita los estereotipos y construye un personaje lleno de matices, lo que acentúa la inquietud que provoca su comportamiento. La crueldad institucional también se manifiesta en la rutina, los procedimientos y la convicción de quienes justifican sus abusos bajo una supuesta labor de protección.

Las mujeres frente al sistema

Frente a la deshumanización del reformatorio aparece Sole (Manuela Calle), una joven que encuentra en Ana una aliada. Su relación se convierte en el eje emocional de la película.

La amistad entre ambas nace de la complicidad y el apoyo mutuo, convirtiéndose en una forma de resistencia frente a una institución empeñada en aislarlas.

Las religiosas intentan impedir los vínculos entre las internas para evitar cualquier muestra de solidaridad. Por eso, los gestos de afecto adquieren un significado especial. Una conversación a escondidas, una mano tendida o un abrazo se transforman en pequeños actos de rebeldía frente al régimen disciplinario del centro.

Zoe Bonafonte destaca en su interpretación de Ana, una joven que descubre progresivamente la violencia y las injusticias que esconde el reformatorio.

Por su parte, Manuela Calle interpreta a Sole, una joven que ha escapado de casa y conserva una vitalidad que contrasta con la dureza del encierro.

Su espontaneidad y complicidad con Ana, junto al apoyo que encuentra entre las demás internas, la convierten en un personaje fundamental. La relación entre ambas refleja cómo la amistad y la solidaridad pueden convertirse en herramientas de resistencia frente a un sistema diseñado para quebrar cualquier vínculo.

Daniel Monzón rueda Ruega por nosotras - Cinerama
Zoe Bonafonte y Manuela Calle protagonizan la película ‘Ruega por nosotras’ | Fuente: Elastica Films

La perdurabilidad del Patronato hasta 1985

Ruega por nosotras va más allá del sufrimiento individual para denunciar una estructura represiva que sobrevivió a la dictadura. La muerte de Franco en 1975 no puso fin a sus actividades.

El Patronato siguió funcionando durante la Transición democrática hasta su desaparición en 1985, diez años después del final de la dictadura. Su continuidad resulta especialmente significativa: mientras España avanzaba hacia la democracia, miles de mujeres seguían sometidas a mecanismos de control moral heredados del franquismo.

La película plantea una cuestión incómoda: ¿cómo pudo mantenerse una institución de estas características en una sociedad que comenzaba a construir un sistema democrático?

La respuesta exige mirar más allá de los grandes acontecimientos políticos. La Transición no supuso la desaparición inmediata de todas las estructuras de poder heredadas de la dictadura. Algunas prácticas, mentalidades y mecanismos de control permanecieron vigentes, amparados por el silencio social y la falta de investigación sobre lo ocurrido dentro de aquellos centros.

El Patronato refleja una de las contradicciones de aquella España: mientras se reivindicaban la modernización y las libertades, miles de mujeres seguían privadas de autonomía.

Su funcionamiento evidencia cómo el control del cuerpo femenino respondía a intereses políticos, sociales y religiosos. Lo que se castigaba era también la capacidad de decidir sobre la propia vida.

Durante décadas, muchas supervivientes tuvieron que afrontar el estigma asociado a su paso por estos centros. La vergüenza, el miedo y las secuelas psicológicas dificultaron que denunciaran lo sucedido.

A ese silencio se sumó la escasa atención pública recibida por estas historias, que durante años quedaron relegadas a testimonios individuales y trabajos de investigación.

La labor de Consuelo García del Cid Guerra, escritora, investigadora y superviviente del Patronato, ha contribuido a recuperar esta memoria y visibilizar a unas mujeres injustamente señaladas como culpables.

La película de Daniel Monzón trasciende el relato histórico y recupera elementos del cine de género de los años setenta para construir una historia de encierro, tensión y resistencia.

El ritmo narrativo mantiene la inquietud del espectador, mientras la puesta en escena transmite la atmósfera asfixiante que rodea a las protagonistas.

Aunque algunos pasajes recurren a un dramatismo muy explícito, la intensidad del relato responde a la voluntad de mostrar sin concesiones una realidad durante años silenciada.

Uno de los principales aciertos de Ruega por nosotras es mostrar que la represión del Patronato iba más allá de los reformatorios y estaba respaldada por toda una estructura social. La película señala así a una sociedad que toleró los abusos y normalizó el castigo de las mujeres que desafiaban la moral establecida.

Tras el encierro de miles de jóvenes estaban las familias que solicitaban su internamiento, las autoridades que sostenían la institución y una cultura patriarcal que imponía diferentes exigencias a hombres y mujeres.

De este modo, la película amplía la denuncia del franquismo y aborda la responsabilidad colectiva en estas injusticias, al mismo tiempo que recuerda que los derechos conquistados nunca deben considerarse irreversibles.

Ruega por nosotras recupera la historia de unas mujeres a las que durante décadas se negó el derecho a contar lo sucedido. Su sufrimiento merece reconocimiento y justicia.

La película deja una profunda sensación de indignación y una certeza: aquellas jóvenes no necesitaban corrección ni redención, sino libertad. La vergüenza fue de una sociedad que las castigó por querer decidir sobre sus vidas.

Porque las instituciones desaparecen y los regímenes terminan, pero el silencio puede perdurar durante generaciones. Recuperar estas historias es una deuda de memoria y justicia con todas aquellas mujeres silenciadas.

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