90 años después, la España democrática mantiene una deuda pendiente de encontrar el cuerpo de Lorca y recuperar al hombre tras el mito
La madrugada del 18 al 19 de agosto de 1936, Federico García Lorca salió de La Huerta de San Vicente rumbo a un lugar que no volvería a abandonar con vida. Tenía tan solo 38 años cuando apenas había comenzado la Guerra Civil Española y Granada ya estaba sometida a la violencia de los sublevados.
Lorca, que había buscado refugio en casa de la familia de su amigo Luis Rosales, fue detenido y trasladado al Gobierno Civil. Después vendrían las horas de incertidumbre, los interrogatorios y, finalmente, el traslado hacia un paraje entre los pueblos de Víznar y Alfacar, donde se terminó con la vida de uno de los grandes poetas españoles del siglo XX. No hubo juicio. No hubo despedida. Tampoco hubo una tumba.
A Federico lo mataron en una España en la que ser identificado con la izquierda podía convertirse en una condena, y en la que su homosexualidad era también motivo de desprecio y persecución. Lo mataron, en definitiva, por todo aquello que el nuevo orden que comenzaba a imponerse consideraba intolerable: por sus ideas, por sus amistades, por lo que representaba y también por ser un hombre cuya forma de amar escapaba a la norma de una sociedad que no estaba dispuesta a tolerarlo.
En la actualidad sabemos casi todo de aquella vida, pero seguimos sin saber dónde está nuestro aclamado poeta granadino. Sabemos dónde nació, dónde escribió, dónde vivió, dónde estrenó sus obras y dónde pasó sus últimos días. Sabemos quiénes fueron sus amigos, conocemos sus cartas, sus amores, sus versos, sus fotografías.
También hemos recordado su nombre en calles, teatros, festivales, películas y homenajes. Cada generación vuelve a leerlo y encuentra en él algo distinto. Sin embargo, seguimos sin poder señalar un lugar y decir: «aquí está Federico».
Como sociedad hemos fallado al no poder encontrar su cuerpo, darle por fin descanso y ofrecerle el homenaje que merece. Noventa años después, seguimos teniendo pendiente ese último gesto con el hombre al que tantas veces hemos celebrado. Y quizá ahí surja la pregunta incómoda: ¿qué significa realmente mantener viva la memoria de Lorca si todavía tenemos pendiente encontrar al hombre que quedó detrás del mito?
Un Lorca que nunca se fue
Federico García Lorca vuelve a los escenarios, a las pantallas, a los documentales, a las librerías y, de nuevo, a la conversación cultural. Noventa años después de su asesinato, el poeta vuelve a ocupar un espacio que, en realidad, nunca terminó de abandonar. No parece casualidad, y es que a pocos meses de que se cumpla el centenario de la Generación del 27, Lorca vuelve a situarse en el centro de la cultura española.
Nuevas películas, documentales y proyectos recuperan su figura. Aparecen imágenes inéditas, se revisan episodios de su vida y Los Javis llevan a escena La bola negra, uno de sus proyectos inconclusos del que tan solo conocemos cuatro páginas. En definitiva, Federico vuelve a ser, una vez más, un acontecimiento cultural. Sin embargo, quizá la cuestión no sea por qué vuelve, sino si alguna vez se fue.

Federico nunca ha dejado de estar presente. Está en Granada y en Madrid, en las aulas, los teatros y las bibliotecas; en las plazas que llevan su nombre y en las representaciones de sus obras. En definitiva, forma parte de la memoria colectiva de un país que todavía intenta comprender cómo uno de sus poetas más universales nos fue despojado en ese trágico agosto de 1936. Sin embargo, que Lorca siga presente en nuestra cultura no significa necesariamente que sea conocido en toda su dimensión.
Por un lado, existe un Lorca convertido en monumento: el de la fotografía en blanco y negro, el de Granada, el de Romancero gitano o Poeta en Nueva York, y el que muchos conocimos en el colegio y dejamos atrás después del examen. En resumen, un Lorca convertido en patrimonio cultural y celebrado con la comodidad que acompaña a los clásicos cuando dejan de incomodarnos.
Por otro lado, no podemos obviar que existe otro Federico: un hombre preocupado por las desigualdades, la libertad, las mujeres y las convenciones sociales de su tiempo. Un hombre homosexual en una sociedad que difícilmente aceptaba su forma de amar y un poeta que utilizó la poesía y el teatro para hablar de realidades que muchos preferían ignorar. Ese hombre sigue siendo incómodo y, precisamente por eso, sigue siendo necesario.
Más allá del mito
Quizá este nuevo interés por Lorca sea también una oportunidad para recuperar todas las dimensiones de su figura y mirar más allá del mito en el que, con el paso del tiempo, lo hemos convertido. Tal vez sea el momento de devolverle algo que hemos perdido: su capacidad de interpelarnos, de incomodarnos y de seguir hablándonos desde el presente.
Porque recordar a Lorca no debería consistir únicamente en conmemorar su muerte. Tampoco en llenar un calendario de homenajes cuando se cumplen noventa años de su asesinato o cuando llegue el centenario de la Generación del 27. Recordarlo debería ser sinónimo de leerlo, estudiarlo, discutirlo y permitir que sus palabras vuelvan a encontrarse con generaciones que todavía no lo han descubierto.

Encontrar su cuerpo no consiste solamente en encontrar el lugar donde fueron enterrados sus restos, sino también en encontrar al hombre que hay detrás del mito. En volver a mirar a Federico y no solamente a Lorca. Por ello es fundamental recordar que antes del poeta universal hubo un hombre de 38 años al que una noche le arrebataron la posibilidad de seguir escribiendo, de seguir amando, de seguir viviendo.
Y ahora que, dentro de unos meses, se conmemorará el centenario de la Generación del 27 y el aniversario se vislumbra ya en el horizonte, no puedo dejar de pensar que será, sin duda, una oportunidad para celebrar una de las generaciones más extraordinarias de nuestra cultura.
Pero también será una prueba. Podemos llenar teatros, museos y librerías, multiplicar los homenajes y los titulares sobre Lorca y, aún así, quedarnos en la superficie de lo que fue y de lo que todavía significa. Quizá mantener vivo a Federico consista, más bien, en permitir que vuelva a incomodarnos, a emocionarnos y a plantearnos preguntas. En dejar que su obra siga interpelándonos, no como una pieza intocable del pasado, sino como una voz capaz de hablarnos, todavía hoy, desde el presente.
Porque después de noventa años todavía podemos buscar a Lorca en la tierra. Podemos exigir que se encuentre su cuerpo, que se le devuelva un lugar, una sepultura y el descanso que le fue arrebatado. Esa deuda no se salda con homenajes, con placas ni con escenarios llenos; sino con memoria y sosiego. Al mismo tiempo, también podemos buscar a Federico donde siempre estuvo: en sus poemas, en sus obras, en sus cartas y en todo aquello que escribió antes de que dos balazos silenciaran su voz.
En definitiva, noventa años después, España todavía tiene que encontrar a Federico. Y, mientras lo busca, tiene una responsabilidad mucho más sencilla: no dejar de escucharlo. Porque encontrar su cuerpo sería devolverle a la tierra que le pertenece, pero volver a leerlo es devolverle la voz. Y quizá ambas cosas sean necesarias para poder decir, algún día, que finalmente hemos encontrado a nuestro querido Federico.


