El director retoma una temática recurrente en su obra para armar, con un reparto de ensueño, un nuevo clásico instantáneo de la ciencia ficción
Cronología de una obsesión
Si bien el mundo empezó a conocer su nombre con el estreno en cines de El diablo sobre ruedas (1971), una película para televisión que acabó saltando a la gran pantalla en Europa, no sería hasta el abrumador éxito de Tiburón (1975) que Steven Spielberg se convertiría en uno de los cineastas más importantes sobre la faz de la tierra, al nivel de sus coetáneos Lucas, Coppola o Scorsese. Sin embargo, antes del estrellato, el joven Rey Midas de Hollywood ya había hecho sus pinitos como director en distintas series de gran audiencia (véase Colombo) y aun en el ámbito doméstico, con la Kodak 8mm de su padre y, más tarde, con la mítica Super 8. A esa época inicial pertenecen sus cinco primeros cortometrajes (uno de ellos, Amblin, daría título a su productora), así como el largometraje fundacional en la obra del maestro, un filme de casi dos horas y media de duración, hoy perdido pese a haberse proyectado en un pequeño teatro de Phoenix, Arizona, el 24 de marzo de 1964, a un dólar la entrada.
De aquel proyecto seminal sabemos, no obstante, que se titulaba Firelight, estaba protagonizado por amigos del director y versaba sobre la temática extraterrestre. Trece años después, con la libertad que confiere el éxito en todo oficio, llegaría Encuentros en la tercera fase (1977), magnífico retrato de una obsesión, la búsqueda de vida alienígena, que no era sino la del joven que la filmaba; después vendrían ET, el extraterrestre (1982) y su actualización de la obra homónima de H.G. Welles en La guerra de los mundos (2005), centradas en la amistad y la guerra con lo extraordinario respectivamente. Por su parte, el estrambótico apunte final de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008) confirmaría que ni las aventuras de Indy se libran del contacto con seres de otra galaxia.

No estamos solos
El día de la revelación, que así se titula la nueva propuesta del cineasta, viene, pues, a apuntalar una certeza en la filmografía de Spielberg, por si aún quedaran dudas: no estamos solos en el universo. En la película, una joven atraída en el pasado por la vida novicia (Eve Hewson) le pregunta a una monja al respecto, temiendo renunciar a Dios si esto último se revela cierto, y la religiosa le cita el Génesis: «Somos su más perfecta creación en la Tierra». En la Tierra, no en otros planetas, en otros lugares, en otros mundos. La duda, el misterio, queda abierta, por mucho que el principal antagonista, nada menos que Colin Firth en un registro inusual en su carrera, parezca tener las cosas claras: hay verdades que es mejor no conocer.
Con todo, el misterio vertebra toda la narración, desde el extraño dispositivo robado por el personaje de Josh O’Connor (¿aún es pronto para sostener que estamos ante el mejor actor de su generación?) hasta el convulso contexto geopolítico que rodea la trama, presagiando la descomposición de una sociedad, la nuestra, que parece haber olvidado algo tan elemental como la empatía, una «ventaja evolutiva» en palabras del científico que interpreta Colman Domingo en otro papel secundario que le viene como anillo al dedo… y ya van unos cuantos.

Compañeros de lujo
Sin embargo, si de alguien es El día de la revelación es de su protagonista, Emily Blunt, y de su mayor responsable, aquel chaval que hizo una película perdida con sus amigos hace más de sesenta años. La primera, aspirante a gran estrella si es que no lo es ya, se luce aquí con un sinfín de registros que van de lo cómico a lo dramático, de la torpeza a la agilidad, de la duda a la convicción, experimentando todas las emociones que acompañan al espectador a lo largo del metraje. El segundo, Spielberg, demuestra a sus casi ochenta primaveras que sigue en forma, filmando con la pericia que sólo él conoce, haciendo fascinante lo discreto (atención a dónde sitúa la cámara en el plano inicial) y manteniéndose fiel a ese inmaculado y prístino humanismo que ya es marca de la casa, por mucho que les pese a quienes ven el cine como un ejercicio racional cuando transita, como todo arte, por el sendero de lo emocional.
Como anécdota, el director firma aquí su enésima colaboración con John Williams, a quien ha extraído de su retiro musical. Sin duda, no figurará la banda sonora de El día de la revelación entre las más memorables de su trayectoria, pero si acaba por ser la última, se antoja una digna despedida. La partitura tiene brío, estilo, y acompaña muy bien las imágenes de este nuevo clásico de la ciencia ficción con el que Spielberg, a falta de una verdadera invasión extraterrestre, ha vuelto a abducirnos a todos.


