El actor ratifica su meteórico ascenso a la cumbre del cine con un personaje antipático en una película frenética, excéntrica y, a la postre, sensacional
Tienen los arribistas, hipócritas y oportunistas un halo de cinismo trágico y seductor que los hace irresistibles en la ficción aun cuando uno jamás desearía cruzárselos en la propia vida. Solo así se explica la fascinación suscitada por infinidad de personajes miserables en el cine, la literatura o la política (¿qué es esta última, sino otra clase de ficción?), siendo España un país prolífico en la producción de este tipo de sujetos, como así lo indica el inagotable cultivo de la picaresca. Se erige el pícaro entonces como espejo deformado de nuestro ser, versión envilecida de nosotros mismos y agudizada en su ingenio por la mendicidad, el hambre o la mera inercia del pillo que no conoce más modo de vida que el pillaje. ¿Acaso existe algún lector del Lazarillo de Tormes que no se haya identificado con el crío que engañaba y utilizaba a su antojo al viejo ciego?

Frenesí en los bajos fondos
A esta clase de personajes pertenece Marty Mauser, protagonista de Marty Supreme y trasunto del jugador de tenis de mesa Marty Reisman, ganador de cinco medallas de bronce en distintas categorías de los campeonatos mundiales de 1948, 1949 y 1952. No obstante, a diferencia del pícaro, que a menudo carece de objetivos vitales más allá de la subsistencia, este tenista de mesa de origen judío, natural del Lower East Side de Nueva York curtido en el mundo de las apuestas y los timos de poca monta, tiene tan clara su meta en la vida que todo cuanto le rodea deviene superfluo y prescindible en comparación. Tal es su confianza en su talento con la paleta de ping pong que está dispuesto a todo con tal de poder exhibirlo, siendo el mejor escenario el Campeonato Mundial de Tokio, para cuya inscripción necesita una importante suma de dinero.
El grueso de la película transcurre, pues, en las azarosas noches neoyorquinas, siguiendo las correrías de Marty en su empeño por hacerse con el pago requerido antes de que expire el plazo establecido, lo que confiere al relato el ritmo de una aventura al límite. Consciente de esto, el director, Josh Safdie, que firma aquí sin su hermano Benny por primera vez desde 2008, ha concentrado sus energías en componer un largometraje frenético, de cadencia taquicárdica e incluso desquiciada, que arrolla al espectador con la fuerza de un vendaval. Así, en los 150 minutos de Marty Supreme no hay lugar para el respiro o el aturdimiento, funcionando el conjunto como el propio protagonista, un tipo antipático y egoísta que se desenvuelve con la determinación de quien no concibe el fracaso bajo ningún concepto (así se lo expresa, de hecho, al personaje de Gwyneth Paltrow, una estrella de cine en decadencia de la que espera obtener algún provecho).

Chalamet consagra su estrellato
Desde luego, hacía falta un intérprete muy versátil para dar vida a un personaje tan detestable como atractivo, un seductor de los bajos fondos revestido de la épica del buscavidas, aquel que no tiene más cartas con las que jugar que las que él mismo consiga. ¿Y quién mejor para el papel que el actor más importante de su generación, alguien que con tan solo 30 años se ha labrado ya una carrera de aúpa caracterizada por el riesgo y la variedad de roles? Timothée Chalamet, omnipresente en pantalla, todo arrojo y carisma, se eleva aquí a la categoría de leyenda viva del cine (opta ya al Oscar como mejor actor protagonista), clavando cada gesto, pose y mirada de este truhán que no se cansa de meterse en problemas, despreciando a quienes lo aprecian (destaca Odessa A’zion como sufrida amante) y engañando al resto (amigos, familiares, policías, empresarios y hasta gánsters de medio pelo).
Poco más que añadir sobre Marty Supreme sin arruinar la experiencia de su visionado, salvo quizás subrayar el punto excéntrico que su director y coguionista ha querido darle a una película que, en otras manos, podría haber resultado clásica y arquetípica. Desde los créditos iniciales, que constituyen un hilarante ejercicio de originalidad, hasta cierto flashback apícola, pasando por una deliciosa banda sonora ochentera que repudia la ambientación en los años 1950, queda claro que esta es una película única.

