El escritor peruano presentó su nueva novela en octubre de este año
Periodista y escritor, el peruano Renato Cisneros siempre ha hablado de la realidad que rodea en sus proyectos. El mundo que vimos arder es su última novela, y en ella narra una historia auténtica y compleja sobre la guerra y sobre la identidad. Un relato que a pesar de ser ficticio, envuelve muchos aspectos de la realidad. Orígenes, emigración, y sentimiento de no pertenencia son algunos de los aspectos por los que nos guía la novela, a través de dos historias muy diferentes pero que cierran un relato perfectamente complementado.
¿Siempre habías querido ser escritor? ¿Qué es lo que hace que tomes este camino en la vida?
Sí, aunque mi vocación, más que con la voluntad, tiene que ver con la herencia. Provengo de una familia de gente vinculada a las letras. Es un legado, una maldición. Aunque quizá la verdadera respuesta es: no sé hacer otra cosa.
¿Quiénes son tus referentes a la hora de escribir?
No tengo referentes fijos. Cambian según qué libro estoy escribiendo.
También eres periodista de forma intermitente, y esto se puede notar en tu nueva novela, en la que a pesar de narrar una historia de ficción se habla de situaciones reales de la actualidad que tú has visto o vivido. ¿Cómo de importante es para ti que tus historias estén conectadas a la realidad?
Me importa que las historias dialoguen con la contemporaneidad, que aborden temas y preocupaciones vigentes, que retraten el tiempo del que soy testigo. Pero me importa más que el lector crea lo que estoy contando, sea real o ficticio.
¿Qué es lo que hace que dejes a un lado las novelas testimoniales y te embarques en una ficción?
Lo decidió la pandemia. La amenaza de la enfermedad, la cercanía con la muerte, la incertidumbre respecto de cuándo acabaría aquella epidemia hizo que durante el confinamiento mucha gente tomara decisiones radicales. O se viera forzada a tomarlas. Algunos se reinventaron laboralmente, otros se enamoraron, se divorciaron, iniciaron el emprendimiento que siempre habían postergado, etcétera. Mi ‘decisión pandémica’ fue girar el tono de mi escritura 180 grados y escribir ficción convencional.
En varias de tus novelas tratas el tema de la emigración, ¿es este un aspecto muy importante en tu vida? ¿Hablas en tus libros de forma indirecta de lo que has vivido?
De forma indirecta y a veces de forma muy directa. No concibo la escritura como un oficio que se ejerce al margen de la experiencia vital. Al revés, pienso que es en la escritura donde nuestra vida cobra el sentido que en realidad no tiene. La migración ha sido muy importante en mi biografía familiar. Mi madre nació en una ciudad de los andes peruanos y migró a Lima siendo adolescente y eso le cambió la vida. Mi padre nació en Buenos Aires, pero era hijo de peruanos. Mis abuelos le dijeron desde niño que era peruano, que algún día tendría que irse al Perú. Y se fue a los veinticuatro. Mi árbol genealógico está plagado de desplazamientos como esos. No es raro, al revés, es completamente lógico que yo viva ahora fuera de mi país.
En el libro hablas de que en Perú la opinión política crea una gran brecha en la sociedad. ¿Alguna vez te has sentido rechazado por tu ideología igual que le sucedió al protagonista?
He aprendido a convivir con la antipatía que mis opiniones políticas despiertan en algunos usuarios de redes sociales. No son tantos tampoco. Es infinitamente mayor el número de gente que me quiere y valora mi trabajo. A los otros, los que insultan, no les hago caso. Los más agresivos, en el fondo, son tipos muy inseguros que viven reclamando atención, afecto.
El protagonista del libro habla del proceso de mudarse a España y echar de menos su tierra natal, ¿es esto algo que hayas experimentado en primera persona?
Lo que uno extraña, me parece, no es un territorio, sino ciertos afectos, ciertas personas, ciertos lugares. Cada vez que vuelvo a Perú lo encuentro cambiado. Cada vez se parece menos al país donde crecí y viví durante casi cuarenta años.
También se menciona un sentimiento de no pertenencia en España, independientemente de los años que lleve un extranjero allí, “Aquí siempre vamos a ser extranjeros”. ¿Qué puedes contar sobre esto?
Julio Ramón Ribeyro lo decía mejor: vivir en el extranjero implica un sentimiento de libertad y de fatalidad. Para mí es como vivir en un limbo permanente. Ya no estás allá, pero tampoco estás del todo aquí. No hay ningún mérito en vivir fuera, pero tampoco ninguna falta. Es un sentimiento extraño. Tengo el pasaporte español, pero me sé extranjero. Lo que más me liga a España es mi hija, que nació aquí hace seis años. Pasarán las décadas y España será para siempre el país donde me convertí en padre.
Hablando de procedencia, en el libro se habla de una gran división de clases en cuanto a pobreza según el lugar en el que se nace. También se habla de una superioridad moral al nacer en una zona más privilegiada. ¿Este es un sentimiento común que se mantiene a día de hoy?
El Perú es un país excesivamente centralista y racista. Los limeños son especialmente discriminadores; lo que sucede fuera de su burbuja les importa poco o nada. Esa indiferencia es nuestra falla de fábrica, nuestra herida de nacimiento. Se hacen muchos esfuerzos por combatir el racismo y el clasismo, pero nunca será suficiente para erradicarlos.
Uno de los temas centrales de la novela es la identidad. ¿Qué papel tiene esta en tu vida?
Un papel central. En mi vida y en la de todos, creo. Es, por cierto, el gran asunto de la modernidad: quiénes somos y cómo nos definimos ante el otro, pero principalmente ante nosotros mismos. La pregunta sobre la identidad es incómoda, porque a veces supone discutir o cuestionar ciertas decisiones paternas, el nombre, la educación, la ideología, decisiones que nos han marcado, que no nos fueron consultadas y que han definido un alto porcentaje de nuestra personalidad.
¿Cómo surge la idea de escribir la novela a través de dos espacios temporales tan distintos? ¿Cómo crees que se complementan?
Esos espacios se complementan de forma natural, espero. Dentro y fuera de las novelas el pasado y el presente están en un diálogo constante. La dinámica de la humanidad es circular, repetitiva, carente de originalidad. A menudo creemos que hemos dejado el pasado atrás, pero enseguida viene la literatura –el arte, en general– a recordarnos que no, que el hombre recrea situaciones de forma inconsciente, porque no puede, no sabe cómo desprenderse de su memoria (aunque lo niegue a rajatabla).
¿Cómo fue el proceso de documentación para poder narrar la realidad de las guerra desde dentro?
Arduo, pero muy enriquecedor. Centré mi foco de interés en los bombardeos sobre Alemania durante la Segunda Guerra Mundial y leí y vi todo cuanto pude para luego tratar de describir con la mayor precisión posible desde asuntos técnicos relacionados con los aviones de la segunda guerra hasta la forma cruenta en que morían las víctimas de las bombas que esos aviones arrojaban.
¿La temática de tus novelas siempre ha seguido una línea parecida. ¿Tienes pensado cambiar esto, o tus proyectos de futuro son similares?
Quiero seguir escribiendo ficción. Por el momento no quiero volver a las historias familiares; cosa que mi familia agradece.
Hablando de esto, ¿Cuáles son estos proyectos de futuro, como escritor y como periodista?
Respondo con uno de los refranes piadosos de mi madre: se dice el milagro, pero no el Santo.


