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Intermitencias entre la nada y el todo, el antes y el después

 

¿Por qué coño la felicidad se empeña en ser tan retroactiva?

Antes que nada se presenta al mundo con la portada de una caricatura de un bigotudo tecleando sobre su ordenador. Es la figura de Martín Caparrós, sentado con la mirada puesta sobre nosotros, los lectores, en plena oscuridad, ante un reloj que se derrite e invoca los espíritus del surrealismo. Un reloj que deforma y reinventa la realidad, transformándola en líquida.

En el mes del centenario de la publicación del manifiesto escrito por André Breton, Caparrós nos dice lo que les dicen esos otros que se visten con una túnica blanca y se hacen llamar doctores. Esos otros que nos preguntan qué nos pasa, sacan una receta en blanco y nos mandan un medicamento para —prácticamente— todo lo que le sucede al ser humano. Pero, en el caso del cronista argentino, hubo algo distinto. Le dieron la noticia más surrealista posible: no hay receta médica.

Entonces, Caparrós, en un acto caparrosiano, hace de la memoria una ficción y nos ficciona una vida, su vida.

En aquellas primeras líneas de aquel manifiesto escrito el siglo pasado por Breton, comenzaba así: “Tanta fe se tiene en la vida, en la vida en su aspecto más precario, en la vida real, naturalmente, que la fe acaba por desaparecer”. Y si esto fuera una respuesta al mítico inicio del manifiesto publicado en París, Caparrós parece responder como si su pluma danzara al ritmo del tecleo, creando un soundtrack de cadencia y ritmo envolventes. Una más para el vals de su prosa, porque no hay nada más allá que vivir del intento —en su caso, exitoso— de escribir.

Y Antes que nada comienza por la patria —en términos caparrrosianos, es un helado («La patria, ay, si la hay, es un helado de dulce de leche»)—, los primeros pasos y la militancia.

Estela de lecturas de Mopi

«Mopi» no tiene una definición en la RAE ni en el diccionario de María Moliner, pero significa Martín Antonio Caparrós para sus más cercanos. La etimología de la palabra proviene de «morocho». Desde temprana edad, Mopi ya tenía un libro en la mano, empecinado en la lectura. Desde entonces, no solo hizo camino al recordar todo lo leído, sino que trazó estelas de lecturas que comienzan con Julio Verne y Emilio Salgari. Posteriormente, daría paso a lecturas que serían el preámbulo de su vida como escritor, periodista y trotamundos: John Dos Passos, Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia (un libro suyo le «convenció —cuando ya vivía fuera de Argentina— de que ese país lejano todavía existía»), Thomas Bernhard, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y su amigo («A mí -decretó Caparrós- me seguía maravillando que un tipo que admiraba tanto hubiera decidido que fuéramos amigos») Carlos Fuentes.

Y Antes que nada…

Buenos Aires, año 1957, la cuna de Martín Antonio Caparrós. Hijo de un exiliado español —de abuelos de la Guerra Civil española—, Antonio Caparrós, y de una argentina, Martha Rosenberg. Ambos estudiantes de medicina, inteligentes y comunistas. Caparrós contó que, durante el embarazo, su madre tomaba una combinación de solución de fósforo porque suponía que haría a su bebé inteligente. Era el mandato: debía ser inteligente. 

Su casa estuvo vinculada a la intelectualidad porteña de la época. Su padre, narró Caparrós, envió un trabajo titulado «Los incentivos morales y materiales de la producción« a un excompañero universitario que se encontraba en Cuba, un tal Ernesto Guevara de la Serna. El «Che» Guevara, al leer el ensayo, lo subrayó y lo comentó con lapicera roja. Lo mandó de vuelta a la capital argentina e invitó a su autor a trabajar con él en Cuba.

Con la ilusión de sentarse a conversar con el Che, los padres de Caparrós viajaron a la isla, pero no se encontraron con Guevara. Ni siquiera estaba en Cuba en ese momento. Sin embargo, quien apareció en el hotel donde se alojaba la pareja fue otro personaje histórico cubano: Fidel Castro.

Retrato de Martin Caparrós Antes que nada
Retrato de Martin Caparrós | Foto: Random House

Los padres de Caparrós regresaron a Argentina con un vinilo del músico cubano Bola de Nieve para su hijo y un encargo especial de Castro. Pero este no sería el único personaje histórico en darle alguna que otra tarea. En otro viaje, esta vez a España, llevaron a sus hijos a Madrid para un encuentro con el hombre más determinante de la Argentina en el siglo XX: Juan Domingo Perón.

«Yo le dije que no me interesaba conocer a un ‘bonapartista que había traicionado a los trabajadores argentinos y arruinado cualquier posibilidad de revolución social'», afirmó haberle dicho a su padre. Pero la autoridad paterna se impuso. Finalmente, conoció a Perón en su residencia en Madrid. De aquella visita, contó el autor, su hermano se llevó un somier de recuerdo.

La militancia y exilio, antes que nada

Los años que siguieron fueron tiempos de militancia montonera, que recapitulan algunos de los momentos más (in)tensos de su vida: el convencimiento de que la violencia era el medio para lograr un cambio, el recuerdo del secuestro de su padre, el retorno de Perón a su país y sus primeras frases escritas en la redacción del periódico ‘Noticias‘. En la plantilla de redacción estaban Paco Urondo, Juan Gelman y Rodolfo Walsh, autor de la primera novela de no ficción, Operación Masacre. «En esos tiempos en la Argentina —decretó Caparrós— no había escuelas: al periodismo se llegaba así, por relaciones, por azares».

También fue en esos años cuando la organización en la que militaba —Montoneros— decidió pasar a la clandestinidad y «proletarizarse». Las decisiones de la organización desencantaron al escritor ñamericano, quien se fue alejando de su cuadro. Se mantuvo al margen… y eso terminó siendo un problema para Caparrós, o Santiago (su nombre de guerra dentro de la organización). Su vida dio un giro completo a partir de un encuentro casual en la calle con un amigo, el Pato.

«Mopi, en serio. Tenés dos opciones: o volvés a militar o te vas del país«, afirmó su amigo, el Pato Fellini (por su parecido a un personaje de Fellini). Martín Antonio Caparrós era un objetivo político de los paramilitares de extrema derecha argentina. Según el Pato, los extremistas buscaban a retirados de la militancia porque «supuestamente no había soportado la presión», por lo que era más fácil hacerlos hablar.

Idas y venidas, un pie en el mundo y otro en la Argentina

Antes que nada, también rememora los intensos años viviendo como un estudiante argentino exiliado. Los años en París, viviendo con 200 dólares, el Mayo francés, alguna deuda sin pagar a la République, la trágica muerte de su padre, amigos desapareciendo en la dictadura de Videla, el pasar de España a Francia indocumentado y algo de periodismo. O mucho periodismo.  Entrevistas con Eduardo Galeano en la Costa Brava catalana, otra (con alguna caricia) con Juan José Saer Fernando Savater en su casa. Fueron los tiempos de su primera estancia en España, hasta que decidió volver a Argentina y ponerle punto final al exilio.

Desde entonces, se han revelado las distintas facetas de un periodista hábil y versátil, y una carrera extensamente conocida como escritor. Antes que nada, narra sus vidas y sus muertes; sus libros y reportajes; sus tropezones y levantadas; y sus amores. Es un constante recordar de las intermitencias entre la nada y el todo de Martín Caparrós, hasta la recepción de la noticia de que su vida tiene una fecha de caducidad. Todo comenzó cuando el dedo gordo de su pie dejó de funcionar tras una caída en bicicleta. Es desde ese momento que se explican los catorce capítulos de La Enfermedad, una digestión lenta y dolorosa de su ELA.

Fragmentos de amores y pausas reflexivas

La ELA ocupa un todo del cuerpo del libro. Porque si es el recuerdo presente de Caparrós quien narra esta historia, la enfermedad vuelve por fragmentos, pero está en todas partes.  Repleta de frases que se atribuyen una pausa reflexiva y retrospectiva como: «La clave es la ignorancia, tan útil, tan gauchita».  «Posible es la palabra, le mot/ d’ordre. Posible/ es la frontera». «…ahora el sueño es el lugar donde soy el que era era, el que pensé que sería siempre». «La pesadilla es la vigilia». «Es raro haber vivido en la posmodernidad para morirme en la Edad Media». 

Y si recordar es vivir entonces hubo aventuras y reportajes que pasan por los niños prostituidos en Sri Lanka o la vez que generó un silencio de muerte entre guerrilleros de las FARC, los amores de Martin Caparrós también rememoran lo mejor de sí. Como pétalos en distintas estaciones Fernanda, Patricia, Margarita y Marta auguran lo mejor y lo peor de cada vida y cada muerte que ha experimentado Caparrós. Y es saliendo del armario, con Marta Nebot, que se darán las últimas veces y con la visita de su hijo Juan a cada tres meses.

Crítica, ironía y una mirada hacia el presente

Y a pesar de todo, y antes que nada, sigue reflexionando ese curioso pedazo de tierra productora de alimentos y «máscaras» llamada la Argentina:

Un país que sigue imaginando que tiene un lugar en el mundo. Un país que trata de no ver lo que es. Nos ayuda, si acaso, ese mérito que no nos abandona: seguimos poniendo caras en la camiseta universal. Si antes fueron Ernesto Guevara o Eva Perón, después Borges o Maradona, ahora Messi o Bergoglio: la cantidad de personajes globales que produce la Argentina no tiene proporción con su papel en la cultura y la economía del mundo. Ahí hay algo que quizá nos defina: ser grandes de la máscara.

Su acentuada crítica del kirchnerismo y la izquierda argentina, sus intentos fallidos de combatir el hambre con los gobiernos de Mauricio Macri y Alberto Fernández, también forman parte de este libro en el que Caparrós no pierde su tono, su voz, su sentido crítico e irónico consigo mismo, su mundo y la memoria.

Con permiso al olvido

Y si hay algo de lo que se le puede criticar es su inicio:

«A quienes me quisieron,
para que aprendan a olvidarme«.

A los dichos que una aprendiz suya, Leila Guerriero, hizo en el primer llamamiento a la revolución en su columna: «Es tu primera enseñanza fallida, Caparrós. No creo ser la única que no lo va a aprender nunca».

Y quien escribe esta nota pide perdón por romper la estética y ese algo de rigor periodístico para cumplir con ese mandato. No harán falta ni veinte ni treinta años para que algún escritor o periodista o estuviera en un taller suyo le reconozca por lo que es; como el propio cronista dijo en su momento que sus primeros jefes fueron Juan Gelman y Rodolfo Walsh, sin perdón a alguna diferencia. Con tener un libro caparrosiano en nuestros estantes, recordaremos al hombre con marca registrada de algo más que un bigote y una voz elocuente. Que más que algunos recordaremos con orgullo por haber sido contemporáneos suyo. Y, porqué no, haber compartido alguna palabra o alguna mesa redonda con lectores sobre los escritos de un Tintín ñamericano.

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