A 86 años del último parte de guerra
Se cumplen 86 años desde que la voz de Fernando Fernández de Córdoba, leyendo una carta manuscrita de Francisco Franco, transmitió el último parte de guerra. Era el fin de la Guerra Civil Española. Indudablemente, también marcaba el inicio de una nueva era, aunque pocos imaginaban cuán larga sería su resaca. El resultado: cuatro décadas de una férrea dictadura.
Pasadas las 22:00 horas de aquel lejano 1 de abril de 1939, el anuncio dio el puntapié inicial a una borrachera de victoria que no cesó con la rendición del republicanismo ni con sus súplicas de clemencia. Al contrario, la violencia persistió.
Y como una maldición, un eco resonó entre los campos, montañas y mares de España: eran las palabras pronunciadas en un aula de la antigua Universidad de Salamanca, aquellas que el eterno rector de la institución, don Miguel de Unamuno —en paz descanse—, dedicó a Millán Astray.
Vencieron, pero no convencieron.
La poesía como refugio: las casas y los versos
Cabe recordar que, en uno de los periodos más oscuros de la historia española, las casas se inundaron de soledad y cantaron un soneto de Miguel Hernández:
“De nostalgia de las grandes pasiones y desgracias”
En las casas vacías y adormecidas, las habitaciones se llenaron de silencio, los pasillos de recuerdos y las salas de memoria; de luto o de gloria, pero siempre cubiertas de ausencias y de —alguna— esperanza.
La literatura como resistencia: David Uclés y la memoria de un pueblo
En 2024, 85 años después, un libro logró acaparar la crítica española y resonar como un eco de aquellas voces que los ‘hunos’ quisieron tornar en cenizas. La península de las casas vacías, de David Uclés (1990, Úbeda), no solo evocó un pasado marcado por la Guerra Civil, sino que, como el último verso de Hernández, se abrazó a la esperanza.
Mientras el poeta oriolano peleó hasta el final por la República, Uclés luchó por su novela, por la memoria, por el derecho a narrar una obra total sobre la Guerra Civil sin concesiones. Y en ese acto de resistencia y resiliencia literaria, su novela volvió a recordar que, aun entre sangre y fuego, la palabra aún respira.
Los ‘hunos’ vencieron, pero no convencieron. Los ‘hotros’ perdieron, pero no dejaron que la palabra muriera en vano. Y pasó lo que algunos temían: alguna esperanza siguió latente en los cuentos que un abuelo no permitió que se encadenasen al olvido. Las historias y las ideas son esos puzles que nunca suspiran por última vez.
Costumbrismo mágico: una tierra entre el mito y la memoria
En alguna tierra lejana, pero tan cercana de un pueblo llamado Jándula, un aire solano sacudía con furia los árboles. Un nuevo parto se producía en el pueblo, y la naturaleza se manifestaba ante la llegada de un nuevo jandulez, mientras Odisto se daba un paseo, porque en su tierra los hombres no podían presenciar el nacimiento, o el bebé nacería descompuesto.
Era el mismo Odisto que ya presagiaba la necesidad de marcharse de su tierra, aunque aún sin tener idea de la tormenta que se avecinaba sobre el arado de su campo. Y así comienza:
“He aquí pues la historia
de la descomposición total de una familia,
de la deshumanización de un pueblo,
de la desintegración de un territorio
y de una península de casas vacías
Un realismo mágico… con los pies en la tierra
Aunque tildado de realismo mágico, La península de las casas vacías se encaja mejor en lo que podría llamarse costumbrismo mágico, por la monumental descripción que David Uclés ha hecho de la vida cotidiana de los tiempos de la guerra civil:
Las comidas antes, durante y después de la hambruna, las vestimentas, costumbres, giros y expresiones populares, y el delirio español titulado como Guerra Civil, donde unos intelectuales se autoconvencen de luchar por la República con una copa en la mano, mientras otros intelectuales, indignados ante la escena, se largan al campo de batalla.

Es un libro donde las familias se desintegran por los ideales que creen dignos de morir por ellos, donde hermanos dejan la vida por la España que quieren ver de pie. Una novela que respira la adrenalina y el delirio que respiraron los españoles durante tres años, mientras un ‘hotro’ mueve las piezas de su tablero de ajedrez para lograr algo más que una victoria militar: la eternización del silencio.


