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La tristeza y sus metáforas

Sònia Hernández vuelve a librerías con Ejercicios de inmovilidad, donde indaga acerca de la incapacidad del lenguaje para recoger el dolor y para presentarnos ante el otro

Sònia Hernández vuelve a librerías con Ejercicios de inmovilidad, donde indaga acerca de la incapacidad del lenguaje para recoger el dolor y presentarnos ante el otro

«Constantemente sucede algo ahí fuera» concluye Sònia Hernández en uno de los relatos que componen Ejercicios de inmovilidad. Y sin embargo, la tristeza en muchas ocasiones nos aleja de ese mundo que sigue funcionando aun cuando nosotras no. Ese aislamiento, esa inmovilidad es la que reina en el nuevo libro de Hernández.

Hay un miedo insondable y profundo en la tristeza. Un miedo que adquiere forma de certeza, que se inscribe en el cuerpo como confirmación; la seguridad de que ese estado de aletargamiento, esa inmovilidad, durará para siempre. Cuando Angelica Liddell escribió “Hay días tristes que duran meses. Hay días tristes que duran toda la vida” en Solo te hace falta morir en la plaza firmó ese miedo que invade los cuerpos insomnes, incapaces de sentirse sujetos de ningún enunciado y acorralados entre palabras que parecen nunca acertar que habitan los relatos de Ejercicios de inmovilidad de Sònia Hernández.

En sus trece ejercicios, Sònia Hernández logra plasmar la ausencia que es el lenguaje, la frustración del nombrar, el esfuerzo que resulta mostrarse ante el otro y, a su vez, el esfuerzo que supone controlar la percepción de ese otro mediante la palabra exacta. Una búsqueda de la palabra exacta, un cara a cara con el abismo que supone no encontrar palabras que sin metáforas irrumpan en el dolor, en la soledad, en esa tristeza que lo inunda todo y que te deja aislada, pringosa y sin capacidad de nombrar.

Ante la tristeza

Cuando la tristeza avanza y arrasa con todo, una intenta señalar el hueco, la ausencia, lo que no llega a llenarse e irremediablemente recurre a la metáfora y, de nuevo, huecos, ausencias y abismos. O dientes de león, ventanas como trampantojos, cuadros, sombras, llaves que no llevan a ningún sitio, un continuo espacio limítrofe, un estado carencial, arañas que invaden Ejercicios de inmovilidad:

“Me pareció como si la araña esperase mis pensamientos para moverse o para crecer, como si se alimentara de mi actividad cerebral. Simplificaría mucho si dijera que, de alguna manera, esa araña era yo.”

Cuando Susan Sontag abordó las metáforas que rodean y construyen el imaginario colectivo en torno a la enfermedad, llegó a una conclusión clara: no es posible pensar sin metáforas. Sin embargo, las metáforas y figuras que se configuran en torno a la enfermedad, a menudo, incluyen una fuerte carga moralizante, punitivista y de intención individualizadora. Hay una intención en la metáfora del malestar y la tristeza en recluir el dolor, aislarlo, señalarlo como una consecuencia de la acción individual. No obstante, como señaló Sara Ahmed, “aunque la experiencia del dolor pueda ser solitaria, nunca es privada”. 

Sònia Hernández en Ejercicios de inmovilidad logra plasmar la soledad de la tristeza pero también, el acompañamiento o, al menos, su intento por parte de la familia y de las amistades. Si bien, la tristeza tiende a aislar, a dejarte inmóvil. Hernández llama ejercicios de inmovilidad a esa quietud corporal a la que lleva la tristeza, una quietud de músculos a la que acompaña la quietud del lenguaje, la incapacidad para seguir el ritmo del mundo y en consecuencia, la culpa:

«Movimientos. He ahí mi mal. Mientras mi cuerpo apenas si fue capaz de realizar ninguna acción […], en mi pensamiento no dejaba de crecer el abismo. El universo entero estaba en mi mente. Y, al contrario de lo que se dice en algunas ocasiones, eso no me hacía consciente de mi insignificancia, no me disolvía en nada; al contrario: me dotaba de una gran responsabilidad, demasiado grande para gestionarla desde mi inmovilidad.»

El peso de la tristeza resulta apabullante y paralizador. El espacio, el tiempo y el cuerpo propio parecen ponerse en pausa. Pero, la vida sigue. El mundo sigue. Y el mundo golpea una y otra vez recordando que ese dolor es culpa de una, que debe adelantarse, sobreponerse a la pena y salir, porque el mundo sigue pero, sobre todo, golpea y señala. Marta Sanz en Clavícula trata de presentar la tristeza y la ansiedad como algo más que una desregulación química, como algo más allá del trauma. Habla de síntomas colectivos, de dolores que se sustentan en la precariedad. Y pese a esta herida colectiva, a las personas que sufren de «enfermedades imaginarias» -como ella misma denomina- se las tacha de egoísta:

«Las enfermedades imaginarias nos postran de una manera ensimismada que destruye a los otros. Con desconsideración. Nos olvidamos del mundo y sus urgencias»

Aun las metáforas y las figuras del malestar y la enfermedad no recogen la colectividad del dolor. Aun se habla de enfermedades imaginarias. Aun se habla de egoísmo en la tristeza, en el abismo entre el mundo y el cuerpo herido. Y sin embargo, Hernández en Ejercicios de Inmovilidad se apodera de la metáfora del dolor, se posiciona del lado de la imagen para expresar lo que un cuerpo inmovilizado no puede. De esta forma, parte de la incapacidad -corporal y lingüística- para enfrentar la búsqueda de nuevas combinaciones, de nuevas metáforas y figuras desafiando los límites del cuerpo triste y desafiando la metáfora aisladora del malestar.

Somos el discurso de los demás

Sònia Hernández consigue, además, plasmar cómo se refleja la enorme responsabilidad y culpa que genera la tristeza en el discurso del sujeto que carga con este peso. A lo largo de Ejercicios de inmovilidad, Carolina, la protagonista, se enfrenta continuamente a situaciones en las que se siente obligada a regular su discurso, a controlarlo con el fin de poder controlar la percepción que tienen los demás de ella. Esta necesidad de control muestra, a su vez, un intento de frenar la tristeza ante el otro.

La Chinoise | Jean Luc Godard

Hernández en Ejercicios de inmovilidad señala el poder que tiene en la concepción de una misma el discurso de los demás. Las relaciones e interacciones que se muestran entre los distintos personajes parecen seguir esa máxima que mueve a los protagonistas de algunas películas de Jean-Luc Godard, como La Chinoise: «Somos el discurso de los demás». Y por ende, Carolina, como otros personajes, se muestran dispuestas a renunciar a mucho, incluso a convertirse en sombras, por dar con la palabra que consiga acertar en aquello que el otro espera:

«Ella teme cualquier palabra que pueda decir él, que, como por arte de magia, la convierta en alguien que no sabe cuál va a ser o cuál tiene que ser su próximo movimiento»

Sin embargo, este control del lenguaje lleva, a su vez, a un control del cuerpo; de sus gestos, de sus movimientos, de sus formas, del espacio que puede ocupar. De esta manera, la imagen que una construye de sí misma responde a un discurso tanto corporal como oral. La presión, la responsabilidad y la culpa parecen derivar en esa inmovilidad hasta tal punto en que resulta imposible identificar si la inmovilidad viene antes que el control o si el control lleva a la inmovilidad. No obstante, Hernández en Ejercicios de inmovilidad trata de sobreponerse al control del gesto y de la palabra mediante la narración del y desde este control. Trata de hacerse cargo de la imagen propia porque, como ella misma narra, «Carolina no está enferma, solo tiene miedo de vez en cuando», miedo a la inmovilidad perpetua, miedo a ser un producto del discurso de los demás, miedo a no alcanzar la palabra exacta pero, ¿quién no?

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